¿Por qué los odiamos tanto?

Cada Argentina-Inglaterra reactiva una memoria que excede al fútbol. De Malvinas a Maradona, de Rattín abollando un banderín a Milei colaborando con la censura en el choque de hoy, y de la soberbia imperial a las tardes mundialistas, un duelo que nunca fue apenas un partido.
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Publicado originalmente el 15/07/2026

Por Leo Vázquez | “El mensaje ante Inglaterra es que es un partido de fútbol. No busquemos otra cosa. Tienen un gran entrenador, que aprecio, pero repito: es un partido de fútbol”, dijo Lionel Scaloni después del triunfo ante Suiza. La conclusión instintiva es que, si hay que aclarar que es solo un partido, es porque no lo es…

Por supuesto que la pregunta que da título a este artículo es más una provocación que una declaración de principios. Sin embargo, si hubiera que ensayar una respuesta corta, sería: porque nunca fue sólo fútbol. Ni puede serlo.

Sin dudas el caudal emocional que envuelve al encuentro que disputarán esta tarde nuestro combinado nacional con su par inglés es mucho más grande que el que implica cualquier clásico futbolero. 

Además, al choque de hoy se le suman aditamentos nuevos:

Primero, se cumplen 40 años de aquel, el de Diego, el de todos los tiempos, el del gol definitivo. Esta vez sin el 10, ahora infinito…

Segundo, la realidad política local.

Tercero o cuarto, Francia.  

El contexto actual

El enfrentamiento futbolero de hoy se da con el gobierno argentino más cipayo de la historia democrática, con un presidente lamebotas de Trump y fanático de Estados Unidos, hincha de Margaret Thatcher.

“No sólo admiro a Thatcher, admiro a Ronald Reagan en EEUU y a Winston Churchill. He escuchado muchos discursos de Thatcher, es brillante. Entonces digo, ¿cuál es el problema?”, declaró Javier Milei a la BBC de Londres en mayo de 2024. Antes, en el debate contra Sergio Massa previo al balotaje de 2023, el entonces candidato había calificado a la ex primera ministra británica como “una gran líder”.

En su despacho de la Casa Rosada también tiene una foto de la baronesa “Dama de Hierro”, la hundidora del Belgrano, junto a otra de Reagan.

Pero su anti nacionalismo pareciera ser una cuestión inherente a su personalidad: El periodista Juan Luis González, en su libro sobre la vida del mandatario, reconstruye un episodio de la infancia de Milei vinculado a la Guerra de Malvinas.

Según relata, el 2 de abril de 1982, cuando tenía 11 años, expresó en su casa que el conflicto terminaría con una derrota argentina, lo que provocó una violenta reacción de su padre, Norberto Milei, quien lo golpeó.

Pero para que esta nota no se conforme con manifestaciones previas, el Gobierno hizo gala de su desprecio hacia la Argentina y la causa Malvinas con una acción concreta:

La ministra Monteoliva participó de una reunión entre la FIFA y las autoridades norteamericanas, en la que funcionarios de Seguridad de Reino Unido y Argentina pudieron aportar recomendaciones, y contó que “estará prohibido el ingreso de elementos que tengan algún tipo de mensaje provocativo, ya sea de contenido político, contenido racial o un contenido provocativo. No van a poder entrar carteles, banderas o mensajes de ese tipo”, dando a entender que entre esos objetos están aquellos que incluyan la imagen o proclamas sobre las Islas.

Mucho condimento

El resentimiento no nació en una cancha. Tiene raíces mucho más profundas. La ocupación británica de las Islas Malvinas desde 1833, las invasiones inglesas, el peso que tuvo el Imperio Británico sobre la economía argentina durante décadas y, sobre todo, la guerra de 1982, dejaron marcas que ninguna generación terminó de borrar.

Cuando Argentina e Inglaterra se enfrentaron en el Mundial de México 1986 apenas habían pasado cuatro años desde el conflicto bélico. Para miles de argentinos, aquellos noventa minutos se vivieron como una revancha simbólica. No militar. Futbolística. Entonces apareció Diego Maradona para convertir dos de los goles más famosos de la historia: la Mano de Dios y el Gol del Siglo. En apenas cuatro minutos escribió una página que todavía hoy define la identidad futbolera del país.

Desde entonces, cada cruce alimentó la leyenda. La victoria en 1998, la derrota con penal de Beckham en 2002, las eternas discusiones inglesas sobre la mano de Maradona –que incluyen el  llanto cringe de Peter Shilton de la semana pasada-, y los cánticos de una tribuna a otra fueron manteniendo viva una rivalidad que atraviesa generaciones.

Y no puede faltar en esta enumeración el duelo de 1966, con el banderín pirata abollado por Rattín en la cara de la reina. Tal vez, su partida al cielo en estos días sea una señal para intentar adivinar desde dónde vendrán las energías positivas. Elegimos creer…

No es solo fútbol, y nos gusta…

Pero también es pertinente hacer una distinción necesaria. El rival deportivo no es el enemigo de guerra. En las últimas horas, incluso organizaciones de veteranos de Malvinas recordaron que este cruce debe entenderse como un acontecimiento deportivo y no como una revancha bélica.

“Una semifinal del mundo ya es gigante por sí sola; sumarle el rival que está enfrente la vuelve histórica. Pero no se olviden de algo: sigue siendo solo un partido de fútbol. Nada más y nada menos”, dijeron desde el CECIM-La Plata en su “Carta a la Scaloneta”.

“Sobre los enfrentamientos contra los ingleses, queremos decirles algo con el corazón en la mano: Diego ya nos vengó. No quedan deudas deportivas que saldar con ellos”, agregaron los soldados, que sin embargo declararon luego: “Sabemos que ustedes entienden perfectamente que para nosotros no es un partido cualquiera. Pero les pedimos que mantengan la calma”.

“Nosotros, los Pibes de Malvinas, estamos con ustedes. Un partido no define una causa que es, fue y será permanente. Pero sabemos quiénes son: sabemos que crecieron en nuestra tierra, que se formaron en nuestras escuelas públicas y que allí aprendieron sobre el territorio que nos usurparon y sobre los pibes que se quedaron custodiándolo para siempre”.

Ganar o ganar…

La memoria del conflicto sigue siendo parte de la identidad argentina, pero no reclama convertirse en odio hacia un pueblo que, sin dudas, no se define por un sentimiento antiargentino. Ni mucho menos hacia deportistas que nacieron décadas después.

Como siempre, todas las culturas tienen sus luchas y sus resistencias. Del otro lado del Atlántico también hubo y hay trabajadores, antifascistas, artistas y militantes que enfrentaron a sus propias élites.

Por decir algo, el movimiento sindical en Inglaterra es uno de los más importantes de la historia mundial. No solo por su tamaño, sino porque muchas de las formas de organización nacieron o se consolidaron allí.

Además, Beatles, Rolling Stones, Sex Pistols, The Clash, Pink Floyd, George Orwell, Chaplin, Hitchcock, Danny Boyle, Guy Ritchie, Tolkien, Bowie…

Lennon y su “Working class hero”…

Eso no significa que el partido pierda su carga emocional. Todo lo contrario. Inglaterra representa para el imaginario argentino mucho más que un seleccionado de fútbol. Es un espejo donde se proyectan heridas históricas, orgullo nacional, memoria y también algunas de las mayores alegrías deportivas que dio la camiseta celeste y blanca. Y la azul, claro.

Por eso, cuando rueda la pelota, nadie necesita explicar demasiado. No es un partido más. Nunca lo fue.

Y aunque pasen los años, aunque cambien los jugadores y los entrenadores insistan en que “es sólo fútbol”, cada Argentina-Inglaterra vuelve a demostrar que hay encuentros capaces de condensar décadas de historia en apenas noventa minutos. O en 120.

Hoy, sea como sea…