Publicada el 20 de agosto de 2026
Redacción Canal Abierto | “Si una característica del crecimiento es el rendimiento del capital, también tiene importancia lo que pase en el mercado del trabajo y la población. De hecho, estamos pagando muy cara la locura de los pañuelitos verdes”. Con esa afirmación durante su discurso en el Council of the Americas, el presidente Javier Milei vinculó hoy la caída de la natalidad en Argentina con la legalización de la interrupción voluntaria del embarazo.
Si bien la declaración del título de esta nota es una simplificación de la idea formulada por el jefe de Estado, la expresión literal es infinitamente más brutal y falaz:
“Hoy, la Argentina no llega a una tasa de crecimiento de la población y de la natalidad que permita la reposición. Por lo tanto, esa pasión por asesinar niños en el vientre de la madre también nos cuesta caro en términos de crecimiento, y ni les cuento en términos de sistema previsional”.
“En temas de aborto la sociedad argentina hizo un desastre. Para que vos tengas semejante caída en la tasa de reproducción vos hiciste un desastre”, había dicho en una entrevista de hace unas semanas en Carajo haciendo gala de una supina desinformación o de una siniestra estrategia de engaño.
Pero los datos disponibles plantean una discusión bastante más compleja. La caída de la fecundidad comenzó varios años antes de la sanción de la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo y se inscribe en una transformación demográfica, económica y cultural mucho más amplia.
La primera Encuesta de Intenciones Reproductivas, elaborada por el Fondo de Población de las Naciones Unidas en Argentina (UNFPA) y la agencia VOICES!, consultó a 1.515 personas de entre 18 y 70 años. El informe “Deseos reproductivos en la encrucijada” muestra que la tasa global de fecundidad llegó a 1,2 hijos por mujer en 2024, muy por debajo de los 2,1 necesarios para el reemplazo poblacional. Pero también revela algo que suele quedar oculto detrás de los nacimientos: cuántos hijos quieren tener las personas y cuántos efectivamente pueden tener.
Deseos y posibilidades
El ideal de dos hijos continúa siendo el más extendido: lo elige el 34% de las personas encuestadas y, en total, el 59% desea tener entre uno y tres hijos. Entre quienes tienen entre 18 y 45 años, el 57% todavía tiene una brecha reproductiva abierta: quiere más hijos de los que tiene.
La pregunta, entonces, cambia: si una parte importante de la población todavía quiere tener hijos, ¿qué impide transformar ese deseo en realidad?
Las condiciones materiales aparecen entre las principales respuestas. Las limitaciones financieras representan el 47% de los motivos para tener menos hijos de los deseados; la inseguridad laboral, el 29%; y las dificultades de acceso a la vivienda, el 27%. También aparece una dimensión menos discutida: el tiempo. El 74% afirma que no podría ocuparse de un hijo como debería por falta de tiempo u otras obligaciones; el 65% considera que la crianza requiere demasiado tiempo y energía y el 60% señala las dificultades para compatibilizarla con el empleo remunerado.
No se trata solamente de cuánto cuesta criar un hijo. También se trata de cuánto cuesta construir una vida en la que la crianza pueda entrar.
La vivienda propia es considerada condición para una vida plena por el 95% de las personas, apenas por debajo de la seguridad económica (96%). La salud alcanza el 97%, el desarrollo profesional el 92% y convivir con las personas amadas también el 92%. Tener hijos aparece en el puesto 13, con un 65%.
En las últimas décadas, acceder a una vivienda, sostener un ingreso suficiente y proyectar estabilidad se volvió una tarea cada vez más exigente para amplios sectores de las sociedades capitalistas. Cuando el alquiler absorbe una parte creciente del ingreso, el salario pierde capacidad de compra y aumentan los costos de consumo y crianza, formar una familia deja de ser solamente una decisión afectiva para convertirse también en una decisión económica de enorme magnitud.
Postergar, pero ¿hasta cuándo?
El 41% considera necesario postergar la maternidad o paternidad para cumplir antes otros objetivos personales. La edad considerada ideal para el primer hijo se ubica en 27,2 años para las mujeres y 28,7 para los varones, aunque el 36% sostiene que directamente no existe una edad ideal.
La consecuencia es visible: maternidad y paternidad se desplazan hacia edades mayores. Mientras tanto, la fecundidad adolescente cayó de manera pronunciada: entre 2014 y 2020 descendió un 55% entre las menores de 20 años y un 58% entre las menores de 15.
El contraste con la explicación de Milei es particularmente relevante por una cuestión cronológica. La caída de la fecundidad argentina se aceleró a partir de 2014, mientras que la interrupción voluntaria del embarazo fue legalizada recién en diciembre de 2020. La reducción de los nacimientos ya llevaba años produciéndose cuando se sancionó la ley.
Una desigualdad reproductiva
El informe no muestra simplemente una sociedad que quiere tener menos hijos. Muestra una sociedad en la que conviven deseos reproductivos diferentes y, sobre todo, posibilidades muy desiguales para concretarlos.
Entre las personas de 18 a 45 años, el 57% está por debajo de la cantidad de hijos que declara desear. Entre quienes tienen de 46 a 70 años, el 40% terminó su trayectoria reproductiva con menos hijos de los que hubiera querido. El déficit reproductivo, entonces, no es solamente una característica de las generaciones jóvenes.
La desigualdad socioeconómica introduce otra diferencia decisiva. Entre los sectores de menor nivel educativo aparece con mayor frecuencia el fenómeno inverso: el exceso reproductivo. En las personas de 18 a 45 años alcanza al 18%, frente al 11% del promedio. Entre quienes tienen de 46 a 70 años llega al 32%, contra un 19% general.
El embarazo no intencional también presenta una fuerte desigualdad según nivel educativo. La encuesta muestra, así, que la autonomía reproductiva también está condicionada por el acceso desigual a información y herramientas para decidir. En ese punto, el informe plantea la necesidad de reforzar la Educación Sexual Integral (ESI), con perspectiva de género, e involucrar especialmente a los varones jóvenes en la prevención y la corresponsabilidad.
Hay quienes tienen dificultades para tener los hijos que desean y quienes enfrentan dificultades para evitar embarazos que no desean. La libertad reproductiva no se distribuye de manera homogénea: depende también de los recursos materiales, el acceso a información, la salud y las condiciones sociales.

La crianza también tiene género
El 62% de las mujeres declara hacerse cargo exclusivamente de bañar y vestir a sus hijos; el 61%, de cuidarlos cuando se enferman; y el 60%, de llevarlos al médico. Entre los varones, la responsabilidad principal se concentra en actividades como jugar con los hijos o trasladarlos.
Una sociedad puede reconocer formalmente la igualdad entre varones y mujeres y, al mismo tiempo, distribuir de manera profundamente desigual el trabajo que permite sostener la vida cotidiana. Cuando la crianza recae mayoritariamente sobre las mujeres, tener hijos puede implicar para ellas un costo profesional y económico mucho mayor.
El 18% de las mujeres señala el bajo involucramiento de su pareja en las tareas domésticas como una razón para tener menos hijos, más del doble que entre los varones, donde llega al 7%. Detrás de la cantidad de nacimientos aparece otra discusión: quién cuida, quién resigna tiempo de trabajo y proyectos personales y quién absorbe el costo cotidiano de reproducir la vida.
Transformaciones culturales y autonomía
La cultura también cambió. Entre las mujeres de 18 a 24 años, apenas el 34% considera importante tener hijos para alcanzar una vida plena y el 22% expresa que no quiere tenerlos. Entre los varones de la misma edad, el 56% considera importante tener hijos y el 64% sostiene que es “la mejor vivencia que se puede tener”.
También perdió centralidad el matrimonio: apenas el 37% lo considera importante para una vida plena, mientras el 78% aprueba la convivencia sin casamiento y el 79% considera válido divorciarse ante un matrimonio infeliz.
Hay, por lo tanto, una transformación cultural real. Maternidad y paternidad ya no funcionan necesariamente como destinos inevitables. Pero reconocer esa transformación no implica asumir que toda reducción de la fecundidad responde a una preferencia libremente elegida.
El 92% conoce al menos un método anticonceptivo y el 71% utilizó alguno alguna vez. Sin embargo, el 22% declara que en algún momento no pudo utilizar el método elegido. Entre las mujeres, el 38% señala haber tenido dificultades para decir que no frente a relaciones sexuales no deseadas.
La caída de los embarazos no intencionales y de la fecundidad adolescente puede leerse también como una ampliación de la capacidad de decidir. No todo nacimiento que deja de producirse representa una pérdida social. Para una adolescente, evitar un embarazo no deseado puede significar continuar estudiando; para una mujer, completar una formación o consolidar un trabajo; para una pareja, decidir cuándo y en qué condiciones tener hijos.
El límite de la biología
La postergación de la maternidad, sin embargo, tiene límites biológicos. El 19% de las mujeres y el 18% de los varones atravesó alguna situación de infertilidad. El 70% aprueba las técnicas de reproducción asistida y el 61% avala el congelamiento de óvulos, porcentaje que llega al 74% entre las mujeres menores de 45 años.
La tecnología aparece así como una herramienta para intentar resolver individualmente una contradicción que también es social: se posterga la maternidad y la paternidad para estudiar, trabajar, conseguir vivienda o alcanzar estabilidad, pero la biología no necesariamente acompaña los tiempos de una economía que exige cada vez más años de formación y acumulación antes de permitir imaginar una vida estable.
El informe completo
La pregunta que dejan los datos
Reducir la discusión a la legalización del aborto no solo deja afuera una parte importante de la evidencia. También desplaza la mirada de las condiciones concretas en las que las personas toman decisiones reproductivas.
Argentina tiene menos nacimientos. Eso es un hecho. Pero otro hecho, quizá menos visible, es que una mayoría de las personas que todavía está en edad reproductiva no alcanzó la cantidad de hijos que declara desear. La baja fecundidad convive con una brecha entre deseo y posibilidad.
La discusión demográfica, entonces, no debería empezar preguntando cómo conseguir que las personas tengan más hijos. Debería comenzar preguntando por qué tantas personas no pueden tener los hijos que dicen querer.
Hay transformaciones culturales, mayor autonomía, cambios en los vínculos y decisiones legítimas de no tener hijos. Pero también hay salarios que pierden capacidad de compra, viviendas cada vez más difíciles de alcanzar, empleos inestables, jornadas extensas, costos de crianza crecientes y una distribución desigual de los cuidados.
Si tener hijos debe ser una decisión libre, también debería existir la posibilidad material de llevarla adelante.

