Publicado 24/09/2026
Por Inés Hayes | “Dicen que esta casa es muy grande para mí sola para no decir que yo soy muy grande para estar sola en esta casa. El problema no es el tamaño y nunca fue la soledad. Si fuera un problema de habitante por metro cuadrado se acordaron casi 40 años tarde. Les cuesta tanto nombrar la vejez que se hacen hipócritas por accidente, como en un descuido”, se lee en la novela No sé de quién son mis manos (Mandrágora) de Aylin Pitluk. La vida de Clara, la protagonista, adquiere una nueva tonalidad con el paso de los años. Los recuerdos se entretejen con su cotidianidad, e hilvanan una trama sólida de afectos y cuidados. Con humor, lucidez y ternura se despliega esta novela sobre la vejez.
¿En quién te inspiraste para crear el personaje principal?
-Clara no es nadie, no está inspirada en una persona ni personaje en particular. Fue siendo a medida que avanzó la escritura. Me pasó que ya llegando al final de la novela, revisando y corrigiendo volvía a leer alguno de los primeros textos que había escrito y decía “no, ella no haría/diría esto de esta manera”. Me daba cuenta de que cuando escribí ciertas partes ella no era tan ella todavía, el personaje no estaba tan definido aún.
Uno de los disparadores de esta historia, una vez que tomé la decisión de que la protagonista y narradora sería una vieja, fue una serie de preguntas que le hice a mi abuela; pero de ninguna manera Clara es mi abuela (ni se le parece) aunque haya algunas cuestiones más generacionales que coincidan o anécdotas puntuales de su vida.
Los únicos personajes que están más directamente inspirados en personas reales son los padres de Clara, que sí están inspirados en los padres de mi abuela, pero es una manera de decir porque yo a ellos no los conocí, así que en esa inspiración también hay más literatura que otra cosa.
¿Cómo recreaste la vida de una mujer adulta mayor?
-Tampoco su vida ni su cotidianidad están basadas en nadie que yo conozca. Es un intento de ponerme y pensarme en el lugar de una persona de esa edad, viviendo en una casa así, viendo como avanza algo de la imposibilidad y se va limitando la posibilidad de hacer (pero no la de sentir, pensar, recordar, etc.)
Es una belleza cuando habla de las canciones de cuna para dormir a sus hijos pero también para relajarse ella, ¿es una experiencia propia?
-No, para nada. Cuando empecé a escribir este libro recién terminaba de escribir un libro de autoficción, absolutamente íntimo y autorreferencial, y en general muchas de las búsquedas que llevaron a la construcción de esta historia y de estos personajes partieron del desafío de explorar universos que me resultaran bien ajenos (la vejez para empezar). Creo que uno de los pilares principales de esta novela son los refugios a los que Clara acude para sobrellevar lo que le toca vivir y las canciones son uno de esos refugios. Acá hubo una suerte de desafío que me propuse a mí misma que fue que a Clara no le gustara leer, porque ese es mi propio refugio y para poder inventarle a ella los suyos necesité sacar a la lectura del medio. De hecho en un momento Clara dice explícitamente que a ella no le gusta leer, quizá es medio caricaturesco que lo diga así ya que fue una especie de regla que me puse para motorizar la escritura. Es casi un guiño a mí misma que haya quedado así dicho en la novela.

Es interesante como narrás lo difícil de cuidar la autonomía pero a la vez hasta dónde hacerlo, la disyuntiva en la que se encuentran sus hijos
-Si bien la perspectiva del libro es siempre la de ella, es su voz y es su punto de vista aún cuando empieza a confundirse y a perder cierto registro, yo me imagino que los lectores de este libro coincidirán más en edad y en posición con sus hijos o con sus nietos que con la protagonista. La novela busca que quienes pertenecemos a esas otras dos generaciones nos veamos un poco espejados ahí, en eso que en esta historia funciona como la otredad: los que no comprenden, los que subestiman, los que no empatizan lo suficiente. Los que ven su propia libertad coartada por la obligación de ocuparse de otro. Hay un determinado equilibrio entre la autonomía y la intimidad que en cierto momento se rompe; deja de ser sostenible. Esta tensión que va creciendo a lo largo de la novela es una invitación a pensarnos y a reconocernos allí; porque la vejez forma parte de la vida y a todos nos tocó o nos tocará alguna vez estar de ambos lados de esta disyuntiva.
Y lo de los recuerdos propios y ajenos cuando ya no tenés a nadie más grande que vos que cuente los tuyos…
-Es una de las cosas que me interpelan, acá sí en términos más personales, de imaginar mi propia vejez. Ahora que me traés este pedacito del libro pienso que quizá esta es una de las zonas en las que esta ficción se toca más con mi libro anterior (que cuenta mucho de mi maternidad pero también de mi vínculo con mi abuelo). Te comparto una pequeña cita del otro libro que anda muy cerca de esto que mencionás: “Al final le quedaban pocos amigos, ningún hermano, casi nadie de su edad alrededor. Es el precio de llegar a viejo. Cómo será vivir en un mundo despoblado de testigos de la propia infancia. Un mundo vacío de la posibilidad de cotejar ciertas historias.”.
¿Cómo está siendo tomada la novela?
-¡Muy bien! Hay gente a la que le resulta muy angustiosa la lectura y esto al principio me generó mucha sorpresa. Otra gente conecta más con la ternura; con esto me siento un poco más cómoda, creo que intenté escribirla más desde ese lugar.
El comentario que recibo todo el tiempo es sobre lo llamativo de que alguien tan joven haya podido encarnar la voz de una persona vieja. Me cuesta dar una respuesta a esto, pero me interesa pensar por qué es una pregunta que insiste tanto. En parte pienso que tiene que ver con lo ajena que nos resulta la vejez (quizá sea la necesidad de tenerla lo más lejos posible). La literatura está llena de narradores niños, varones, mujeres, científicos, astronautas, animales y otras miles de cosas que los autores que construyeron esas voces no son, pero algo de la vejez pareciera abrir una pregunta distinta; como si la imposibilidad de comprender a la vejez fuera una obviedad. Y tal vez sea así, también de eso se trata esta novela. Yo no tengo idea cómo es ser vieja, por supuesto. De lo que no tengo dudas es de que escribir sería muy aburrido si solo pudiéramos escribir sobre aquello que sabemos con certeza cómo es.

