Por Inés Hayes | Montando el cambio de siglo como a un animal en llamas, Gustavo Di Mario viajó a Nueva York siendo parte de esa estela de arte y diseño que ardió en Buenos Aires en los 80 y 90. Y ya en NY conoció a su gente, a sus amores, a sí mismo. Durante seis años explosivos, en plena juventud en estallido, fue partícipe y testigo de una ciudad cosmopolita, repleta de gente de todo un mundo anhelando llegar, siempre buscando alguna hendija por la que colarse, ahí donde convoca la luz.
Up and down 185 St. 1998-2004 | NY es el primer título de Rodeo ediciones.
“En las calles que vemos en las páginas deUp and down 185 St., donde ranchan lxs pibes para amar y bailar y desear aunque el mundo estalle, todo aroma a presente que se perciba tendrá que ser defendido del olvido y de la pena. Y también, siempre, de la policía. Con alegría furiosa, con nuestrxs muertxs bailando en la calle, disputando el terreno a la vigilancia, a todo o nada. Como hicimos siempre”, dijeron el fotógrafo y los editores el día de la presentación.
Di Mario y su cámara 6×7 también fueron inmigrantes en Nueva York. Su nido –dos ambientes cinco pisos arriba entre 185th St. y St. Nick en una colina de Washington Heights– se convirtió en su centro de operaciones entre 1998 y 2004. Subía y bajaba, iba y venía por toda la ciudad en su bicicleta con el bolso de la cámara colgando del hombro. “Gustavo se ganó su bienvenida como nuevo miembro de la familia: un vendedor, un peluquero, un favor, una sesión de fotos, una broma, un malentendido, un desfile, un picnic, un partido de básquet a la vez. Di Mario fue parte de todo eso. El vértigo de la ciudad y las raíces de su gente lo dieron vuelta; conoce muchas de estas vidas por su nombre y por las vueltas de su historia. Son sus colaboradores, sus compañeros de piso, sus pibes de la esquina, sus protectores. Son sus ayudantes, sus flechazos, sus amores. Son sus permitidos. Son y serán siempre sus amigos”, dijo el poeta y performer Brad Walrond en el prólogo.
Gustavo Di Mario (1969) es un fotógrafo argentino de amplia trayectoria, con recorrido diverso entre arte, editorial, moda, publicidad y tapas de discos. Publicó Interior (edición Remota, 2011) y Potrero (Retina, 2007). Su trabajo se expuso en diversos espacios y galerías y forma parte de colecciones como The J. Paul Getty Museum (LA, USA), Malba (BA, ARG), Palacio Dionisi (CBA, ARG) y Fundación Migliorisi (ASU, PAR). Fue cocreador y codirector de la revista virtual Lunfarda (2010-2013) y es creador y director de la revista virtual El plumero (desde 2016). Fue responsable de la recuperación del material del fotógrafo paraguayo Tiburcio González Rojas (Asunción-Buenos Aires, 2017), junto con Virginia Giannoni y es coeditor de RODEO ediciones.
“Teníamos este libro diagramado hace mucho, ya habíamos estado jugando con las fotos y siempre aparecían más en los archivos interminables que guarda Gustavo. Son imágenes que estuvieron guardadas por 25 años y ahora salen juntas a la luz. Somos amigxs desde la adolescencia: todos los veranos jugamos a hacer libros, nos encontramos en ese deseo. El año pasado, como modo de armarnos una trinchera y un horizonte de deseo en medio de este momento tan duro, nos decidimos a empujar el proyecto editorial Rodeo”, cuenta Virginia Giannoni, editora del libro.
Y detalla: “Rodeo como el que dimos lxs dos para llegar hasta acá y decidirnos a editar nosotrxs mismxs después de trabajar para editoriales por decenios. Rodeo como el nombre del paraje donde vive Gustavo, en medio de las sierras de Córdoba, cerca de San Javier. Estos días estamos con un proyecto de fotos pintadas de Río (Brasil) en los 80 y 90 y con otro del mundo de la moda experimental y el diseño en Buenos Aires de los 90”.
La idea con este libro, explica Virginia, es “hacer un puente entre temporalidades, entre espacios: fines de los 90/2000 y Nueva York/Buenos Aires, en un intento por conversar sobre resistencias y reverdeceres, sobre vivir la calle como espacio común, sobre la potencia del encuentro que se produce cuando salimos incluso en medio del horror y el miedo. En este tiempo, entendemos que construir y defender un espacio y un momento para detenernos a mirar(nos en) imágenes es necesario. Y bancarnos la conversación que disparen”, dice.
“A mitad del año pasado nos parecía que era difícil hacer el puente, o que era todo pasiones tristes, porque era una NY que no existía más, que había desaparecido, la de esa vivencia callejera que muestran las fotos. Y porque acá estábamos siendo expulsadxs de las calles. Pero después, apenas salió el libro, ganó Mamdani y los colores volvieron a aparecer en las imágenes que exuda hoy la ciudad. Hoy me parece que es esa justamente la potencia del libro, la de evidenciar ese salto temporal para estar hoy volviendo a tomar las calles. A la vez que acá quizás resuena como un pasado delante de los ojos que recuerda que es posible, que fuimos acá y allá animales callejerxs en llamas y que podemos volver a serlo en cualquier esquina, en cualquier octubre”, señala Giannoni.
En sus palabras: “Gustavo siempre logró algo muy difícil: que personas que no lo conocen confíen en él de manera instantánea y lo miren así, con esos ojos directo al corazón que logra en encuentros que –soy testigo– muchas veces duran menos de un minuto. Ese interés por lxs otrxs, ese deseo genuino de encontrar un momento y un lugar en común, es una herramienta muy potente para este presente”.




