Por Inés Hayes | A sus veinte años, Antonia parece tenerlo todo. Sin embargo, tras la caída de Yrigoyen y ante la inminencia del golpe de Uriburu, comienza a sentirse una extraña en su propia casa. Impulsada por un deseo que no logra descifrar y por la conflictiva relación con su padre, decide romper con el camino que le fue trazado. De la búsqueda por la identidad trata Antonia (Planeta), la nueva novela de la escritora Graciela Ramos.
Siguiendo los pasos de Zoltán, joven trabajador que se transforma en su confidente, se une a un grupo de anarquistas y cruza el océano. Su odisea la conduce a Barcelona, donde la Segunda República intenta nacer entre sueños y violencia. Pronto Antonia teje alianzas con una red de mujeres que luchan por sus derechos, mientras crece un sentimiento desconocido por ese hombre hipnótico y esquivo que la condujo hasta allí. Su búsqueda desentierra una herida abierta décadas atrás, durante la Semana Trágica de 1909. Cuando Antonia era una niña, Dolors y Apolonia no se rendían a pesar del caos sembrado por la represión. Ellas son el hilo invisible que la guiará hasta una casa en los Pirineos y una mujer quebrada por un pasado que nadie se atreve a nombrar.
Graciela Ramos ha escrito una novela conmovedora sobre identidades inventadas y destinos robados. Antonia es una historia profundamente humana acerca del anhelo de pertenencia y el poder sanador del amor.
¿Por qué se te ocurrió ambientar la novela en la Buenos Aires del primer golpe de Estado en 1930?
-Yo tengo una novela que se llama La patria en Enriqueta que transcurre en esa época. Es una novela escrita en primera persona, muy especial, muy psicológica. Y en mis otras novelas siempre está el tema de la inmigración y la política y cómo eso influye en la sociedad. Mis personajes suelen habitar el Hotel de Inmigrantes. Esta vez empiezo la novela con un personaje de la clase acomodada, como dirían ellas ahí en la novela, y voy desde Buenos Aires a España porque quiero llegar a la Segunda República.

Antonia va en búsqueda de su origen…
-Sí, cuando la construyo a ella, quería poner todo lo que nosotras tenemos en la cabeza, que no lo ponemos siempre sobre la mesa: nuestros miedos, inquietudes, inseguridades, esta identidad que ella está buscando, que la siente, que no sabe, que desconoce. Es un personaje complejo, pero real.
Es muy interesante la manera que tenés para describir las cuestiones de clase…
-Es algo que me inquieta mucho. Creo que mientras siga teniendo preguntas voy a seguir escribiendo. Me inquieta mucho la humanidad, la pobreza, la inmigración. Mis abuelos vinieron de Italia, mi hijo vive en Estados Unidos entonces son cuestiones que están siempre dando vueltas en la cabeza y terminan en mis libros. Me gusta también mostrar de qué manera la política influye en la vida cotidiana.
En el libro hablás sobre la Semana Trágica en Barcelona, ¿podrías contarnos?
-Me sorprendió que en ese momento en la Barcelona de fines de los años 20 del siglo XX había millones de motivos para luchar, sobre todo por la educación, para poder acceder a ella porque hasta ese momento sólo la clase alta podía educarse.
Sin adelantarnos podemos decir que la novela tiene un final feliz después de mucho sufrimiento…
-Después de lo que las hago sufrir, pobrecitas mis chicas y mis chicos, que terminen con una sonrisa, con el poder sanador y de los vínculos.
¿Qué relación tenés con tus lectores y lectoras?
-Tengo una relación preciosa: vivo agradeciéndolos porque sin lector no hay escritor. No hay forma que exista un escritor si no hay un lector. Nos escribimos por las redes y lo lindo de encuentros como el de la Feria del Libro es poder conocernos cara a cara. Me cuentan cosas como “leí todas tus novelas” o “mi mamá tiene 85 años y leyó todas tus novelas”. También te enterás que vienen de todo el país para verte, es muy emocionante.
¿De qué manera te convertiste en escritora?
-Yo soy licenciada en Administración de Empresa y he trabajado en empresas los últimos 20 años. Pero dejé de trabajar cuando mi hija era chiquita para dedicarme a ella. Toda mi vida escribí como desahogo, siempre tuve un diario íntimo. Mi primer libro fue Malón de amor y muerte que ahora se va a reeditar y para mí la escritura y la lectura siempre fueron mis grandes compañeras. La lectura me salvó la vida porque tuve una infancia muy complicada y luego, la escritura. Y luego empecé a explotarlas comercialmente cuando comencé a publicar los libros. Mi primera novela la publiqué con el Emporio en Córdoba y ahora la voy a re publicar con Planeta, así que estoy muy feliz.

¿Cómo eran tus días en la empresa?
-Trabajaba muchas horas y viajaba mucho. Me costó dejar ese trabajo porque no venimos de familias con herencias, pero mi marido es muy compañero y en seguida me apoyó para que pudiera dejar ese trabajo. Con mucho esfuerzo, luego nos fuimos a vivir a Villa Allende hace unos 15 años y fue ahí cuando comencé a escribir para vivir. Y pude ir a buscar a mis hijos a la escuela, estar con ellos, cocinar, ahí recordé a mi abuela Rosa y empecé a disfrutar de la cocina. Era muy infeliz con el trabajo anterior porque no me permitía estar con mi hija, me acuerdo de que mi marido me escribía por carta que se le había salido un dientito. Yo digo que mis hijos son mis ángeles que me ayudaron a encontrar mi camino porque siempre quise ser escritora, pero tenía tantos mandatos que no me lo permitía. No nos enseñaron que podemos hacer lo que nos gusta o que la felicidad puede ser una actitud, por eso yo trabajo mucho con mis hijos sobre todo esto.
¿Vos venís de una familia trabajadora?
-Sí, y pasé una infancia muy difícil, por eso digo que los libros me salvaron: iba siempre a la biblioteca popular de Villa Devoto. Creo que por todo lo que pasé en mi infancia, la pobreza y la desigualdad son temas que me inquietan muchísimo. Y la escritura es mi granito de arena. Creo que leer siempre fomenta el pensamiento crítico y la posibilidad de pensar en otros mundos viables.

