Por Carlos Fanjul | “La Plaza de Mayo y la zona céntrica de la ciudad de Buenos Aires estaban  cercadas por las fuerzas represivas, los manifestantes no pudieron acercarse a la plaza y hubo enfrentamientos y corridas en las calles que conducen a la casa Rosada con numerosos heridos y detenidos. A la tardecita distintas columnas de trabajadores giraban alrededor de la plaza, queriéndose adueñar de la misma, mientras la policía uniformada y de civil reprimía con balas de goma, gases lacrimógenos, desde patrulleros, carros de asalto, camiones hidrantes, helicópteros, caballos, más los servicios y los infiltrados en las columnas. La respuesta popular frente a la agresión fue responder con lo que se tenía a mano, piedras, botellas, bolitas. Los grupos de manifestantes avanzaban, retrocedían, se agrupaban en las esquinas y se disolvían rápidamente para reagruparse nuevamente y avanzar hacia la plaza”.

Relato de época sobre lo vivido aquel 30 de marzo de 1982, hoy hace ya 35 años, cuando la movilización popular le dejó en claro a la dictadura que ya no le temía, que la iba a enfrentar y que, en consecuencia, se preparara para desandar la cuenta regresiva hacia el retorno de la democracia.

La de ese martes, fresco y soleado, no fue la primera expresión de un pueblo en la calle que debió soportar el gobierno de facto, a esa altura a cargo de Leopoldo Fortunato Galtieri. Casi desde el mismo golpe de marzo del ’76, diversas organizaciones sociales y de trabajadores de variados puntos del país, habían hecho escuchar por separado sus protestas, más allá del entramado ‘legal’ que la dictadura había montado para ilegalizar cualquier expresión masiva.

En abril del ’79, una de las líneas internas de la CGT, la ‘Comisión de los 25’ –impulsora de lo que luego derivaría en la división de la representación obrera, entre la CGT Brasil, liderada por Saúl Ubaldini, y la oficialista CGT Azopardo de Jorge Triaca, padre del actual ministro de Trabajo, y el interminable Armando Cavalieri- había construido el primer paro nacional y a mediados del ’81 el segundo.

Pero ninguno de esos antecedentes, como así tampoco la movilización a la iglesia San Cayetano a fines de ese año, pudo lograr la masividad de más de 50 mil almas que sí registró el grito popular de ese 30 de marzo.

Víctor De Gennaro siempre recuerda que, por entonces, la fuerza mediática que sostenía al régimen cívico, militar y eclesiástico que ejecutó un genocidio que costó la vida a 30 mil compañeros desaparecidos, trató de hacer creer que lo que derribó al gobierno ilegítimo fue la derrota en las Islas Malvinas, y no la creciente organización popular lanzada desde mucho antes para ponerle fin a su mandato.

Esa convicción de muchos construyó un escenario callejero que esa tarde de martes no hizo caso a las variadas advertencias lanzadas desde los medios de comunicación más cómplices de la dictadura, ni mucho menos a la fuerte presencia de uniformes militares que desde muy temprano a la mañana rodearon a la plaza de todos.

 

“Se va a acabar…..”

Trabajadores y jóvenes estudiantes, hombres y mujeres, partidos políticos y organizaciones de derechos humanos, aportaron su presencia detrás de las banderas del ‘Luche y se van’, que resultaron un símbolo de esa jornada que quedaría para todos los tiempos.

Para un oído joven tal vez fue la primera ocasión en que el ‘se va a acabar, se va a acabar….la dictadura militar’ se hizo canto masivo.

Mientras que el marino Astiz cambiaba por las mismas horas su sonrisa asesina, por la de quien comandaba el desembarco a las Islas Georgias e iniciaba la toma de Malvinas de tres días después, la calle se pobló de lucha popular frente a un gobierno tambaleante.

Saúl Ubaldini, líder de la CGT Brasil

Con Ubaldini a la cabeza, la marcha que clamaba por ‘paz, pan y trabajo’, intentó llegar hasta la Casa Rosada para entregar un petitorio, pero fue brutalmente reprimida por las fuerzas militares, con el pretexto de que la CGT no había solicitado la autorización necesaria y que los actos podían ser utilizados para producir alteraciones en la seguridad y el orden público.

El desbande y las corridas fueron inevitables. Los manifestantes corrían entre gases lacrimógenos y caballos por las calles porteñas, mientras desde las casas y los negocios se asomaban para expresar su simpatía por la pueblada, pero también para ofrecerles escondite a los perseguidos.

“Me parece que el sentimiento que tenía no era de miedo, sino, paradójicamente, de euforia. Corriendo por las calles de San Telmo, huyendo de los gases lacrimógenos, las balas de goma y los bastones de la Caballería de la Federal, un viejo me habló de Saúl Ubaldini a quién yo desconocía, mientras me explicaba cómo ir a Constitución para volverme a La Plata”, recuerda ahora un veterano militante de la lucha sindical, que se iniciaba en la pelea por ese entonces.

Hubo al menos tres horas de violentos enfrentamientos entre los manifestantes, que intentaban llegar hasta la Plaza de Mayo, y centenares de policías. Las fuerzas de seguridad no sólo arremetieron contra quienes integraban las columnas, sino que detuvieron también a tres periodistas (uno de ellos de una cadena de televisión norteamericana) y a tres reporteros gráficos, por lo que las imágenes rápidamente comenzaron a recorrer el mundo.

Según datos de la época, la jornada arrojó más de 2500 heridos y unos 4000 detenidos en todo el país. Entre los ellos figuraban el propio Ubaldini y cinco integrantes de la comisión directiva. También el Premio Nobel de la Paz, Adolfo Pérez Esquivel, junto a un grupo de Madres de Plaza de Mayo.

Por la noche los noticieros informaron del asesinato en Mendoza, de José Benedicto Ortiz, trabajador y sindicalista textil.

Pocas horas más tarde, la CGT elaboró un documento afirmando que el proceso militar estaba “en desintegración y desbande” y reclamando una transición hacia la democracia, pero ese texto nunca llegó a los medios que, en pocas horas más, se dedicaron por completo al desembarco en Malvinas.

Rememorando lo vivido, De Gennaro reconoció que los organizadores “no esperábamos ni tanta gente ni tantos palos cuando enfilábamos para Plaza de Mayo” y que, más allá de que los grandes medios solo reflejaron los disturbios, el saldo resultó más que positivo para los tiempos por venir: “La dictadura ya venía en caída, y el año anterior probamos lo que significaba ganar las calles, con la caminata a San Cayetano; esa vez incluso trataron de frenarnos en la cancha de Vélez, pero se terminó doblegando a la fuerza policial. Pero ahora la cosa sería distinta porque el rumbo era la Plaza de Mayo, el mayor símbolo del poder del pueblo en la historia y la cultura nacional. Y sí, hubo disturbios, que fue lo único que aceptaron mostrar los medios, porque siempre tienen que mostrar lo que nos debilita. Lo que oculta el poder popular. Esa vez solo querían que veamos la represión, pero, como en aquel día, siempre hay otra realidad que descubrir y amar hasta enorgullecernos. Por ejemplo, una de las cosas que más recuerdo de todo lo que viví ese día es la solidaridad de la gente, que nos abría la puerta de los edificios, para “guardar” a los que quería “cazar” la cana, la solidaridad y acción en cada comisaría, entre los presos, o la de los abogados o la de los organismos de derechos humanos. A esa marcha, la tenían que parar, como fuera, pero ya los días de la dictadura estaban contados”.

 

Un viento imparable

Alguna vez el especialista en boxeo Osvaldo Príncipi describía, durante una larga sobremesa, que en una pelea cualquier aparecía de pronto un gesto o una mirada en alguno de los contendientes, o un grito que partía desde las tribunas, que instalaba una sensación distinta a la preexistente. Y que hasta, generalmente, con ese viento opuesto en la dirección, se terminaba cambiando el destino final del combate, como si se tratara de un efecto dominó imparable.

Ese 30 de marzo del ’82, el cambio de rumbo del viento ya no pudo ser ignorado por los militares gobernantes, más allá incluso del nuevo clima que, de inmediato, se instaló con la guerra en el sur.

Ellos sabían desde esa tarde, que las cartas estaban echadas.

Que desde ese instante, serían ellos los que debían resistir ante la capacidad de lucha que abiertamente ya se les oponía.

Y también que se iban a ir, como se lo exigían las banderas….

 

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