Por Carlos Saglul | Si el ex ministro de Trabajo, Jorge Triaca viviera, seguramente se sentiría orgulloso de su hijo, actual jefe de la cartera laboral. Vandorista de la primera hora, secretario General del Sindicato del Plástico desde finales de la dictadura militar, alineado en el sector “oficialista” no dudó en colocarse en la vereda opuesta al líder de la CGT, Saúl Ubaldini, que sí supo enfrentar al gobierno del Proceso. “Papá Triaca” no era lo que se dice un hombre pobre. Mansión en la Horqueta –San Isidro–, otra para el verano en la costa, casa en Miami, estancia en Tandil, y una pasión: los caballos de carrera. Había invertido miles de dólares en su haras. Tenía un sueño que le costó cumplir (unos cuantos miles de cuota inicial): ingresar en el selecto Jockey Club, el mismo que “los grasas” del peronismo habían quemado como represalia a los bombardeos de la Marina en Plaza de Mayo durante 1955. Pero al fin lo logró y se convirtió en el primer sindicalista argentino en tener el carnet de la aristocrática institución. Por esos días, su hijo Jorgito acudía a clase –como no podía ser de otra manera– en esa “usina de cuadros” del PRO que es el Colegio Cardenal Newman de San Isidro. De tal palo, tal astilla.

Triaca hijo salió un calco de papá. Seguramente la historia le reconocerá una de las gestiones más pro-patronales. Se podrían llenar carillas repletas con casos de obreros desprotegidos, derechos pisoteados, convenios violados pero, lo de su encargada de estancia, a la que tenía en “negro”, y despidió por WhatsApp y entre insultos, merece capítulo aparte. Pero lo que es peor, hacerla nombrar como interventora en uno de los sindicatos emblemáticos del macrismo en su “combate contra la corrupción”, el SOMU (Sindicato de Obreros Marítimos Unidos), es demasiado. Además de inmoral, es “trucho”.

Ese argentinismo que nace por los ’80 también debería servir para calificar las maniobras con la compra y venta de parques eólicos que le significaron al Grupo Macri ganancias por 48 millones de dólares. Para algunos medios se trata de una más de las “torpezas” de Leonardo Maffiolo, el CEO del Grupo. Ya no hay blindaje mediático que pueda cuidar la imagen de algunos CEO del gobierno. El Poder marea, y algunos creen que es sinónimo de impunidad.

Los agujeros cada vez más grotescos del relato: el largo veraneo de fin de año presidencial en tierras donde la ministra de Seguridad, Patricia Bullrich pelea su Campaña al Desierto con los mapuches mientras –con la ayuda de policías y gendarmes– despiden miles de obreros y estatales. El vaciamiento de los medios públicos con la excusa de los salarios altos de los trabajadores a la par que –queda documentado– los funcionarios meten en el Estado a sus familiares con sueldos altísimos, la absoluta insensibilidad social demostrada con los familiares de los desaparecidos del submarino ARA San Juan.

Los despidos en el Hospital Posadas son otro ejemplo. Uno no deja de ser el ajustador más insensible del mundo si a la par que pone en la calle decenas de trabajadores de la salud, respeta el puesto de la única especialista en cáncer, Karina Almirón. En ese caso seguiría siendo un insensible pero con cierta inteligencia. Es decir, habría un plan. Por todos lados, el relato hace agua. Y evidencia cada vez más, lo que pasa en el fondo: no existe plan. Como si todo se resolviera en una planilla Excel, los CEOs no tienen la más mínima sensibilidad social pero tampoco lo simulan.

En lo económico, se evidencian las peleas entre los grupos internos del poder: están los que quieren seguir manteniendo una supertasa y los que demandan devaluar para aumentar sus ingresos. Un día hacen publicidad con los créditos para viviendas, al otro meten las tasas por las nubes. Cada uno de los CEOs maneja su área de acuerdo a los intereses del grupo privado que representa. Hoy ganan unos, mañana otros. Los codazos son permanentes, aunque siempre pierda el país y los trabajadores.

“En realidad esa ansiedad y endeudarse no responde a una pasión desarrollista sino a la presión de los grupos de negocios que han acumulado superbeneficios en los últimos meses (exportadores, bancos) y que necesitan convertirlos en dólares y no en inversión productiva”, opina el economista, Jorge Beinstein. Envían al Congreso el Presupuesto 2018 con una estimación inflacionaria que cambian a la semana siguiente. Todo es tan trucho que pocos estiman una inflación menor a una cifra que dejará atrás cualquier promesa oficialista. Más inflación, menor poder adquisitivo. Al tiempo apuestan a ponerle techo a las paritarias. Esto significa menor actividad económica y toma de préstamos, que al no generarse dólares por el balance ruinoso del comercio exterior, se pagaran con más préstamos. Alejandro Vanoli, ex presidente del Central, recuerda el fin de semana pasado en un artículo que la reforma impositiva que se aplica este año en Estados Unidos significará aumento del déficit fiscal y mayores tasas, a la par que recuerda que Argentina es uno de los países más vulnerables a los shocks externos. Vivir de prestado no es tener un plan.

La gente se intranquiliza, comienza a sospechar que el problema no es que el plan tiene errores sino que en realidad no existe. O en todo caso, en caso de existir, no los contiene. Son desocupados, jubilados, maestros, actores, científicos. Ellos, los que gobiernan, se siguen enriqueciendo y por las dudas compran más balas de gomas, gases antidisturbios, pistolas paralizantes.

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