Por Clarisa Gambera* | Hace un poco más de diez años, realizamos una charla para trabajadores y trabajadoras de niñez sobre el derecho al aborto legal, seguro y gratuito. Como máximo, éramos veinte personas. La invitada era Zulema Palma, médica especialista en ginecología e integrante de Mujeres al Oeste. En ese momento la pregunta era como reaccionar cuando una piba nos decía que estaba embarazada y si valía preguntarle “¿qué querés hacer?”. Una pregunta tan simple que nos hacíamos entre amigas y compañeras pero que, en la tarea con adolescentes, nos llenaba de incertidumbre. La ilegalidad, el riesgo en el que podían quedar las chicas -mayormente pibas pobres- nos hacían dudar. Cuando el planteo era que no querían seguir con ese embarazo también nos estremecía el miedo.

En aquel momento, una compañera del sindicato (ATE) me había acercado a la Campaña por el Derecho al Aborto Legal Seguro y Gratuito. Apoyábamos y militábamos el proyecto de ley y el desafío era dar este debate en el gremio con el conjunto, aunque ya se había votado a favor en el Segundo Congreso Nacional de la CTA, en 1999, por el activismo de una minoría intensa de mujeres militantes este debate estaba pendiente.

A nosotrxs, aquella tarde, lo que nos resultaba urgente era compartir ideas, propuestas o estrategias de política pública de niñez porque a eso nos dedicamos. Y en aquella charla, en el Auditorio de ATE Capital, Zulema nos dejó planteados algunos argumentos: dijo que la interrupción legal del embarazo era un derecho de las mujeres desde 1922, cuando entró en vigencia el aborto no punible; y subrayó que en el trabajo cotidiano debíamos plantearnos el desafío de hablar de interrupción legal del embarazo, y de construir en los territorios articulaciones con centros de atención primaria donde hubiera aliadas que pudieran garantizar la calidad de la atención posaborto, y estrategias para reducir riesgos y daños.

En la memoria de aquella actividad aparecen, a modo de punteo, algunos subrayados que se volvieron pilares para estos años de lucha.

  • Una pregunta puede habilitar o restringir un mundo de ideas, derechos posibles o imposibles.
  • Esa pregunta no era respecto de la legalidad de la práctica, sino de la legitimidad y el derecho a decidir sobre sus cuerpos, sus deseos y sus proyectos vitales.
  • Los datos concretos dan cuenta de que la práctica ya sucede, que no hablar es una forma de ocultar esa realidad y que las cifras de muertes por abortos clandestinos son de mujeres pobres. Si hablamos de justicia social, no podemos obviar esto.
  • El índice de abortos no depende de su legalización sino de otras condiciones como el acceso a servicios de anticoncepción, la implementación de educación sexual para toda la población y la eliminación de las asimetrías de poder entre hombres y mujeres. Países donde se ha legalizado el aborto tienen tasas mucho más bajas de aborto que las estimadas en países donde éste es ilegal.
  • La penalización del aborto lleva a las mujeres a realizarlo clandestinamente en condiciones inseguras, provocando daños para su salud y su vida, pero no disminuye su práctica.
  • El aborto integrado a un buen sistema de atención en salud no es una práctica peligrosa
  • Negarle la interrupción voluntaria de un embarazo a una mujer cuando ella lo requiere por propia decisión le produce consecuencias negativas en su salud mental y agrava la condición de aquellas que padecen enfermedades mentales. La condición de ilegalidad, y la clandestinidad consecuente, son las causas principales de sufrimiento. Aun así, las mujeres manifiestan que sienten un gran alivio cuando realizan un aborto de un embarazo no buscado, o no planeado, o producto de la violencia.

Por supuesto que ya sabíamos que lo urgente, cuando se habla de derechos de las mujeres, de justicia social y de niñez pobre, siempre es demorado. Pero ese tiempo se había puesto en marcha cuando Dora Coledesky, en el retorno de la democracia, había convocado a un puñado de mujeres para conformar la Comisión de Aborto que fue la encargada de sembrar, primero en soledad, el debate con las consignas traídas del exilio: “anticonceptivos para no abortar, aborto legal para no morir”.

A diez años de ese gesto rebelde, apasionado, militante, nosotras estábamos en proceso de formación. Buscábamos puntos de intersección entre el gremio y el feminismo. Sin duda, la Campaña Nacional potenció esa formación. El derecho a decidir de las mujeres fue la punta del hilo para hablar de la opresión sobre nuestros cuerpos, las violencias, los roles hegemónicos, la desigualdad entre varones y mujeres en todos los ámbitos de nuestras vidas. Y también en el sindicato.

La historia tenía ya mucho camino recorrido pero las relaciones entre ATE y este debate no dejaban de ser complejas. En ese momento las compañeras de la Campaña ya habían armado artesanalmente listados de efectores de salud amigables y se proponían como red nacional. Esa información fue haciéndose accesible y compartida en ese sinfín de relaciones que solemos conformar quienes estamos en niñez, salud, educación, y en las organizaciones sociales. Muchas veces creando articulaciones que suelen ser deficientes o inexistentes.

Acompañar este debate nos llevó a tener una participación más activa en los talleres de legalización en los Encuentros Nacionales de Mujeres y allí nos fuimos haciendo compañeras y dejamos de sentirnos en soledad.

Con la Campaña y los Encuentros, ambas experiencias de una enorme potencia pedagógica, aprendimos a encontrarnos con mujeres de diversas tradiciones políticas y organizaciones sociales, priorizando puntos de acuerdo sin necesidad de disolver identidades, a crear agendas transversales, a planificar estrategias de acción e intervención, a dar batallas de contrahegemonía cultural para generar una masa crítica que permita empujar los cambios necesarios, a tener vocación de masividad aunque muchas veces fuéramos pocas. Aprendimos -en esa enorme articulación social, política y cultural que se configuraba como movimiento- a encontrarnos con organizaciones de todo el campo popular; y en los debates y tensiones, a enriquecernos. Hoy asumo que ese movimiento era un moverse hacia el feminismo de cientos de mujeres. Una se olvida, por el entusiasmo, pero no era posible hablar de feminismo en el sindicato hasta hace muy poco tiempo. Y tampoco había mucho lugar para las sindicalistas en el feminismo.

Respecto del derecho al aborto legal, seguro y gratuito hubo muchos avances: existen los Protocolos ILE (interrupción legal de embarazos), la red de profesionales de la salud de la Campaña ha desplegado estrategias de consejerías de pre y post aborto, nuevas experiencias de militancia han desarrollado estrategias de comunicación de uso de misoprostol con la premisa de salvar vidas y democratizar el acceso. También fueron años de contraofensivas de los antiderechos, desconociendo las reglamentaciones, judicializando cuando no es necesario, impidiendo el acceso con diversas estrategias. La desigualdad entre sectores siguió marcando el acceso a una práctica segura, el mercado continuó haciendo negocios con la clandestinidad.

Lo que cambió rotundamente, en este proceso de acumulación múltiple y diverso de feminismos populares que se manifiesta como una ola verde y violeta que no para de crecer, es que el debate es abierto y atraviesa fronteras, sectores y organizaciones.

Así está siendo: un proceso de largo aliento, a treinta años de aquel 1988 fundacional. El debate se está dando en todas las trincheras, sus ecos se replican en cada lugar de trabajo, en cada escuela, cada barrio, cada colectivo. Y en espacios de confianza, la hipocresía con la que algunos quieren evitar la discusión… desaparece.

Hace unos días, la CTA -la misma en la que Dora y la abogada feminista Nina Brugo habían logrado que se votara a favor del derecho al aborto legal, seguro y gratuito- realizó un Pañuelazo en su Congreso Nacional. Esta vez masivo, con enormes niveles de consenso y acuerdo, con lxs congresales de pie. Nina se dio el lujo de homenajear a Dora contando cómo esa mujer clasista había sembrado este tiempo feminista en el que tenemos la posibilidad de que esta ley sea aprobada en Diputados después de muchos intentos.

La única lucha que se pierde es la que se abandona. Ellas lo sabían y nos lo enseñaron.

 

* Trabajadora de niñez, militante gremial de ATE, secretaria de Acción Social de la CTA Autónoma Capital, integrante de la Escuela de Feminismo Popular “Nora Cortiñas”, feminista.

Foto: Luciano Dico

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