Por Clarisa Gambera*

Violencias I

¿Quién es esa piba? Es Agustina una nena que murió a los 13 años los primeros días de noviembre, mes de la acción contra la violencia hacia las mujeres. Llegó al hospital con anemia, desnutrición crónica y neumonía. Embarazada de 30 semanas.

Esa piba estaba sola. Sola de familia, porque su mamá había muerto el año anterior y nunca tuvo papá. Sola porque el pibe de 19 años con el que vivía nunca fue a verla y de esa relación prematura resultó un embarazo. Esta nena estaba sola porque el Estado le negó el derecho a todo. Le tocó nacer en El Sauzal, paraje sin caminos, ni agua potable, ni médicos salvo cada dos semanas, cuando atendían en una posta sanitaria. No iba a la escuela. Nunca tuvo Educación Sexual Integral. No accedió a un servicio de salud. Nadie le dijo que tenía derecho a una interrupción voluntaria de embarazo (ILE) por causales.

La indiferencia genera desamparo y para una piba wichi del Impenetrable chaqueño el desamparo es destino porque nadie la ve.

El Estado es responsable. El Estado les niega todo a las niñas de comunidades originarias. La única puerta a los servicios de salud suele el embarazo. Porque para los pibes, el Estado aparece con el sistema penal, y para las pibas el control social más eficaz parece ser la maternidad. Una maternidad no planificada, temprana, adolescente, no deseada, en condiciones que les cuesta la vida de muchas formas y también de la forma literal. En este caso las dos vidas son el costo. Pero a quién le importa. Nadie sabe bien quién es ni dónde queda ese lugar que dicen tan inhóspito.

¿Quién es esa piba? Es Agustina y murió de muerte violenta porque siempre son violentas las muertes tempranas y no esperables. Una muerte por abandono es violenta. Ella murió cinco días después de que se le practicara una cesárea de urgencia debido al deterioro de la salud materna y fetal. Su bebé murió a las dos horas de nacer: prematuro extremo, no llegaba a un kilo de peso.

En el país, 3.000 niñas menores de 15 años tienen un hijo o hija cada año. De los 109.000 embarazos en adolescentes de entre 15 y 19 años, los datos indican que siete de cada diez no son intencionales, que ocho de cada diez embarazos de niñas menores de 15 años no son intencionales, y que la mayoría es consecuencia de situaciones de abuso sexual y violación.

 

Violencias II

Nordelta es el barrio privado más costoso de la Argentina. Viven allí más de 35.000 personas y cada día entran 10.000 a trabajar. La mayoría de estas últimas es de Las Tunas, un barrio lindero sin cloacas que se inunda cada vez que llueve fuerte porque Nordelta cierra las compuertas y les vierte el agua y la mugre.

En Nordelta, el barrio de famosos, empresarios, funcionarios y también de narcos, trabajan 8.000 empleadas del servicio doméstico y la mitad está en negro. Trabajadoras disponibles y multiuso que suelen estar a cargo de todo servicio porque pocos cumplen con la clasificación por tipo de tarea.

El trabajo doméstico y de cuidado es invisible e ilimitado, está mal pago y va acompañado de maltrato. Y sobre todo es de mujeres, en este caso de mujeres con dinero que lo tercerizan en mujeres de sectores populares.

A esta situación de explotación laboral supimos hace poco que se sumó el desprecio: algunos propietarios comenzaron a generar presiones para que las combis que recorren el barrio dejaran de levantar a las trabajadoras “por su olor y porque no paran de hablar como cotorras”. Cansadas y ante le evidencia de que pasaban las combis y no paraban, decidieron cortar una calle.

“¡No nos callamos más!”, dice la vocera que se animó a hacer circular la discriminación de la que son víctimas cientos de mujeres trabajadoras. Sin ocultar la bronca por tanta humillación, y a pesar del miedo que la hace usar un nombre falso para hablar y que le impide formalizar la denuncia. Si los patrones se enteran, las echan. El sindicato, en tanto, no vino. Y su secretario general -un varón a pesar de que casi el 100% de las trabajadoras son mujeres- se limitó a hacer una declaración en las redes cuando el suceso de la discriminación se hizo público.

Desde el Estado, también las discriminan. El gobierno de Cambiemos anunció un bono de $5.000 para paliar la caída del consumo pero a quiénes trabajan en casas particulares no les toca. El 98% de las empleadas domésticas son mujeres y, de ellas, un 57% son trabajadoras no registradas. Cuentan que suelen ir enfermas a trabajar, y que también dejan a menudo a sus hijos e hijas enfermos al cuidado de vecinos y vecinas porque cobran por día trabajado y también porque nunca les creen y las acusan de vagas. Dicen que en muchas casas se pasan hasta doce horas sin tomar nada ni comer porque no les dan y que algunas tienen viáticos pero otras no, y esas combis salen muy caras pero las distancias son enormes por eso son necesarias. Cuentan que a sus hijas, muchas empleadas como camareras o vendedoras en la zona de comercios, también se las maltrata. El desprecio es la forma de trato cotidiano.

 

Violencias III

“¡No nos callamos más!”, dicen las pibas en las escuelas, nuestras compañeras en los sectores de laburo y las militantes en sus organizaciones sociales. Y entonces lo que antes pasaba inadvertido a pesar del malestar que nos causara -esas conductas que solían terminar generando que las mujeres tomáramos distancia en silencio para evitar el costo de denunciar lo que pasaba (descalificaciones, ninguneo, infantilización, maltrato, obstáculos para nuestra participación, acoso sexual)- empieza a denunciarse.

Ponerlo en palabras en ámbitos de confianza, nombrar las violencias incomodando y generando procesos pedagógicos nuevos y animándonos a interpelar a nuestras propias organizaciones, es una forma de interpelarnos a nosotras mismas y a las formas de relacionarnos y de cuestionar o no el orden vigente.

En los diversos ámbitos que transitamos las mujeres se está pensando cómo abordar las violencias que siguen siendo parte de nuestra vida cotidiana. Y entonces debatimos protocolos en las juntas internas, en las facultades, en las escuelas. En este proceso andamos, tomando la responsabilidad de fortalecer los espacios de confianza y también las estrategias de formación y toma de conciencia sobre las violencias machistas. Pensando, preguntándonos y creando cómo sería tener respuestas como organización. Es un proceso puesto en marcha.

Sin embargo, sigue siendo costoso para nosotras decir basta y plantear las violencias que sufrimos ante compañeros. Seguimos siendo las locas, seguimos enfrentando formas más o menos sutiles de disciplinamiento, seguimos corriéndonos como una forma de cuidarnos. Pero ya no estamos solas y ya no es invisible.

También los varones han iniciado un camino, porque empiezan a asumir que las masculinidades en las que fueron construidos nos dañan o porque perciben que se corrieron los umbrales de lo posible. Queda por verse cuánto de esta transformación que empujamos desde los feminismos populares que vamos tejiendo logra resquebrajar estructuras institucionales de matriz patriarcal. Cómo hacemos que ese sueño emancipador de nuestras organizaciones incluya la emancipación de las mujeres y cómo vamos transformándonos nosotras y nosotros y nosotres en el camino. Porque no estamos en contra de los varones pero sí de los machismos. Porque no queremos ocupar los cargos sino hablar de poder, y pensar las formas de ejercicio y construcción de ese poder, y queremos transformarlo. Para eso vamos a defender nuestra participación, vamos a proponer las formas feministas que aprendimos para hacer política, vamos a cuestionar lo que tenemos de machistas, vamos a seguir creando estrategias para que la tortilla se vuelva. Porque vivas y libres nos queremos.

 

*Secretaria de Género e Igualdad de Oportunidades de la CTA Autónoma Capital. Trabajadora de Niñez, integrante de Niñez y Territorio. Nota publicada en la Agencia ACTA-CTA.

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