Por Carlos Saglul | Salgo más tarde que de costumbre de la redacción. Tomó el colectivo con poco pasaje como siempre a esa hora. Toma por Uruguay, al pasar Belgrano un pasajero que estaba sentado en los últimos asientos hace sonar el timbre para bajar. Cuando le abren la puerta, salta hacia atrás y trata de arrebatarle el bolso a una mujer que iba sentada en el último asiento junto a las ventanillas. Demasiado confiado en las ventajas de la sorpresa, el carterista no calculó la fuerza de la mujer, y quedó flameando agarrado a una correa de la cartera mientras su dueña de no menos de 130 kilos sostenía la otra. Fue un instante. No pasó ni un minuto cuando ya tenía encima al chófer y a un tipo fornido golpeándolo, que al parecer era guardia de seguridad. Si no intervengo, era tal el entusiasmo que ponían en la paliza, que tal vez lo hubieran matado.

Antes que el micro enfilara para la seccional de policía más cercana con el guardia de seguridad sentado encima del chorro al que le torcía un brazo, me baje para seguir el viaje en taxi. Al descender, miré el rostro del ladrón por la puerta trasera abierta. No era más que un chico flacucho. Lloraba.

Mientras veía la ciudad vacía por la ventanilla del taxi, pensé en los años 90 y en el libreto de La Ópera de los Tres Centavos escrito por Bertolt Brecht: no es la decencia lo que separa un ladrón de bancos de su dueño, sino la clase.

 

Chorros Uno

En los 90, los medios de comunicación hegemónicos comenzaron a publicar masivamente denuncias sobre corrupción. Éste se transformó lentamente en el tema central de la agenda política a tal punto que el presidente Carlos Menem al asumir prometió que en su gestión sería considerada “delito de traición a la patria”.

El menemismo no tardará en ganarse la fama de ser uno de los gobiernos más corruptos de la historia argentina. No obstante, la convicción sobre los efectos negativos de la corrupción estatal sirvió para darle consenso social al plan de privatización de las empresas del Estado. Es de aquella época el famoso fallido de Roberto Dromi, ex ministro de Obras y Servicios Públicos: “Nada de lo que deba ser estatal quedará en manos del Estado”. Claro, los medios que escribían sobre la corrupción estatal jamás revelaron quién la financiaba: los grupos económicos más concentrados. Primero, mientras viven de la teta estatal coimean a los funcionarios desfinanciando a las empresas públicas que se tornan ineficientes, y después se quedan con ellas.

Finalizada la dictadura, los grandes medios de comunicación dijeron sobre el terrorismo de Estado todo lo que ocultaron mientras se desarrollaba. Eso sí, siempre se cuidaron de señalar a quién benefició el golpe de 1976 y quiénes fueron sus autores intelectuales. Nunca se preguntaron por qué la mayoría de los desaparecidos eran obreros, delegados sindicales, no combatientes. Lo mismo hicieron con la corrupción. Nada dijo de las inmensas fortunas que se amasaron y sus dueños.

 

Chorros Dos

Cuando llegó el otro gobierno neoliberal, el de la Alianza, ya no quedaba qué privatizar pero sí continuaba el saqueo de la deuda externa. Como Menem, Fernando De la Rúa hizo de terminar con la corrupción su bandera electoral. El país saqueado de la deuda externa, de las privatizaciones, terminó en medio de una masacre donde los muertos los puso, como siempre, la clase trabajadora.

Igual que Menem y De la Rúa, Macri asumió prometiendo terminar con la corrupción. Las tapas de los diarios se llenaron de las andanzas de “los que se robaron todo”, de hechos de corrupción que -de existir- tuvieron investigaciones tan digitadas que es posible jamás se llegue a conclusiones concluyentes. Lo cierto es que mientras los medios hacían tapa con los bolsos de José López y el arresto de otros ex funcionarios, el país contraía en tiempo récord la mayor deuda externa de su historia al ritmo de la timba financiera que hizo millonarios a muchos. Millones de dólares que no caben en miles de bolsos cambiaron su domicilio a paraísos fiscales, a salvo de cualquier traspié electoral. Como siempre, nadie sabe dónde está la deuda externa, sólo conoce que hay que pagarla.

El sentido común fue secuestrado por axiomas como “es rico, no necesita robar”. Lo demás es historia conocida. Del presidente Mauricio Macri para abajo, casi todos los funcionarios -millonarios en su mayoría- tienen cuentas en paraísos fiscales, como si fuera la cuestión más natural del mundo. Parte de los argentinos que perdieron el trabajo -o todavía lo tienen aunque son pobres ya que su sueldo no les alcanza para nada-, los jubilados hambreados que pagan tarifas dolarizadas a ex empresas estatales entregadas por dos pesos a grupos económicos privados, siguen pensando que su padecer es producto de la corrupción.

 

Chorros Tres

Una y otra vez, la trama neoliberal es efectiva. Gran parte de la gente ni siquiera se pregunta cómo es que puede reducirse la corrupción estatal achicando al Estado y los entes de control. Los grupos económicos que se han enriquecido en estos años no sólo tienen acciones en la Bolsa, también han puesto lo suyo en medios de comunicación y en la Justicia. Saben que el Poder no es otra cosa que lograr ser el autor del relato. Brasil es el ejemplo más claro de cómo las tapas de los diarios y un par de tribunales pueden cambiar el destino de una nación.

El neoliberalismo siempre citó como ejemplo de la lucha contra la corrupción el Mani Pulite italiano, que finalmente fue capitalizado por el corrupto Silvio Berlusconi. El Lava Jato derivó en el fraude que significó el encarcelamiento de Luiz Inácio Lula da Silva y la elección del fascista Jair Bolsonaro. Nadie discute la necesidad de luchar contra el ladrón pero sería bueno, por lo menos, sospechar antes de correr cuando el que grita “¡A ladrón!” es un chorro.

 

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