Por Carlos Fanjul | El siempre interesante Jorge Valdano reflexionaba hace un tiempo sobre aquel conflicto desatado en medio del Mundial ’86 entre jugadores y dirigentes de la FIFA por el horario «inhumano» de los partidos. El sol abrasador de México había llevado a un nutrido grupo de futbolistas -con Maradona y el propio Valdano a la cabeza- a rebelarse por aquellas decisiones. La respuesta de Joao Havelange y Cía. fue durísima y a punto estuvieron de sancionar a los rebeldes hasta, según se dijo en su momento, con la expulsión del certamen. ¿Entienden, no? Sin el Diego en el partido con los ingleses.

“Nosotros no comprendíamos el porqué de tanto enfado –recordaba Jorge, ya en este siglo-. Mientras nosotros actuábamos, hasta con ingenuidad, defendiendo cuestiones humanas y de principios, Havelange defendía el negocio. Hoy debemos entender que el hombre apenas nos estaba alertando sobre lo que se venía”.

Hoy, el fútbol ya no es más un deporte que se resuelve solamente dentro de un campo de juego. Las cuestiones centrales de la actividad son resueltas en lujosas oficinas de las grandes cadenas de televisión del mundo entero. Ya lo más importante no es que se juegue al fútbol, sino que ese juego sea televisado a escala planetaria.

En épocas del kirchnerismo, mucha sanata se gritó con eso de haber recuperado al fútbol para el pueblo, pero la realidad fue que solo se le quitó un pedacito del negocio a la empresa que televisaba. Lo que no es poco. Pero tampoco es tanto.

O sea, cambiaron los nombres de los periodistas que gritaban y comentaban goles, también los canales que emitían y, sobre todo, irrumpió alguna manera de gratuidad o al menos de precios más accesibles para el bolsillo general. Pero el gran negocio de quien vendía ese nuevo producto jamás cambió de manos y siempre se mantuvo en la órbita de Héctor Magnetto y los suyos. Eso no se toca. Y parece que cada vez se tocará menos porque pasó a ser la esencia del todo.

También esa misma lógica, pero a escala mundial, es la que determinó que el tan conversado Superclásico de América se terminará jugando en Europa y no, al menos, en otra cancha argentina o en alguno de los tantos escenarios de este continente.

Se dice que Brasil hará el año venidero lo que aquí ni Macri ni los clubes hicieron: se la juró a la cúpula de la Conmebol, y en 2019 buscará que rueden todas las cabezas, con la del presidente Domínguez como trofeo mayor.

Pero, no nos vayamos de tema.

Ese River-Boca nunca estuvo en duda que iba a ser jugado. Esos 90 minutos de oro jamás se iban a resolver en un escritorio, como pretendía Boca; o en el Monumental como si nada hubiera pasado, como pretendía River. El negocio televisivo garantizaba su disputa, porque ella ya estaba vendida hasta en el Polo Norte y allí, además, ya existía la venta de gorritos y banderas –auriazules o rojiblancas, daba lo mismo- entre los esquimales de la zona.

Como decíamos: lo importante no era el partido… sino su televisación.

 

El verso de la democracia

Mucho tiempo se cuestionó la legitimidad del anterior formato, vigente entre 1960 y 2005, para definir cuál era el club campeón del mundo de cada temporada.

En realidad, desde que en enero del ’60 comenzó la primera Copa de Clubes Campeones de América –así se llamaba- pudo concretarse la vieja idea de que en cada año también hubiera uno mejor del mundo ya que en Europa el certamen continental ya era de vieja data.

El choque entre Europa y Sudamérica pudo así hacerse realidad, con el Real Madrid erigiéndose en el primer rey de reyes frente al legendario Peñarol de Montevideo, con el propio manya uruguayo siendo campeón al año siguiente. Y luego con dos coronas obtenidas consecutivamente por el más legendario Santos del negro Pelé, con Dorval, Mengalvio, Coutinho y Pepe como sus bastoneros de ataque, en una formación que hasta hoy compite en la consideración del mejor de mejores de toda la vida –que tanto nos gusta a todos los futboleros- con el tan presente Barcelona de Guardiola, Messi, Iniesta, Xavi y compañía.

En nuestro continente, el primer tramo contó con apenas siete u ocho clubes participantes –Perú, Venezuela, y Bolivia fueron arrancando lentamente en el envío de sus campeones-, hasta que en el ’65 nació la actual Copa Libertadores de América para que no sólo la jugaran los campeones sino también los subcampeones de cada país

Así, de aquellos primeros siete equipos llegamos a que en la última copa participaran 47, ya con terceros, cuartos y quintos de cada bandera, cumpliendo así en el tiempo con aquella necesidad de televisar cada vez mayor cantidad de partidos.

Mientras esto iba en crecimiento, la importancia del choque entre los dos grandes continentes futboleros también fue elevando su prestigio con algunos cruces históricos para la memoria argentina.Como la victoria de Estudiantes frente al millonario Manchester United –nunca un David tan David contra un Goliat tan Goliat-, o la del Independiente del Bocha ante la Juventus, o la del Boca de Bianchi superando al Real Madrid, antes el hijo preferido del franquismo español y hoy dueño de la mayor billetera de la tierra.

Hasta los setentas, las finales tenían el inigualable condimento de jugarse a dos enfrentamientos, uno en cada continente. Había tono de epopeya en esos viajes. Ya por entonces algunos campeones europeos le dejaron su lugar al subcampeón al negarse a cruzar el charco con el argumento de la trágica militarización sudamericana plagada de dictaduras genocidas, o, también, de las diferencias monetarias entre ambos extremos del mundo.

En el ’80 la cuestión quedó saldada con el primer atisbo del negocio dominando al juego, y todo comenzó a resolverse con un solo partido final, en el neutral terreno de algún estadio japonés, en coincidencia con la enorme inversión nipona por sembrar el espectáculo del fútbol en tierras propias. Todo menos epopéyico, pero más rentable.

Durante 26 ediciones, el título intercontinental entre europeos y sudamericanos se resolvió en algún estadio de Japón, hasta que en 2005 la FIFA dio por terminada la contienda anunciando la creación de la Copa Mundial de Clubes a partir del año siguiente de la que tomarían parte los campeones de los seis continentes.

El argumento, más que válido dada la expansión del fútbol en todo el globo, tenía un tono de elevadísimo contenido democrático: ¿Por qué solamente dos continentes van a disputar qué equipo es el mejor del mundo de cada año? Sin embargo, la aparición de un séptimo contendor iba, a nuestro juicio, a deslegitimar por completo el pomposo anuncio.

Ni hablar de lo que parece que se viene desde 2021, cuando la FIFA piensa transformar a la supuesta competencia para conocer al mejor del mundo de cada temporada ¡armando un certamen con 24 equipos y cada cuatro años! ¿Inventarán más continentes?

Ya se les ocurrirá algún otro anuncio para llenar de partidos televisados a los tres años que queden sin definición alguna.
 

Los seis mejores… y uno más

Aquí no nos vamos a meter ni en el título histórico logrado por River en el partido de su vida frente a Boca, ni en el bolonqui que se armó en la Ribera precisamente por haber perdido también el partido de su vida. Nos paramos en este 2018 imaginariamente en los Emiratos Árabes Unidos. Hasta allí llegaron los seis mejores equipos del momento, triunfadores en cada uno de los torneos continentales: Real Madrid, campeón de la Liga de Campeones de Europa 2017-18; River Plate, campeón de la Conmebol Libertadores 2018; Guadalajara de Méjico, campeón de la Liga de Campeones de la Concacaf 2018, que junta a Norteamérica y Centroamérica; Kashima Antlers, de Japón, campeón de la Liga de Campeones de Asia 2018; Espérance de Túnez, campeón de la Liga de Campeones de África 2018; Team Wellington de Nueva Zelanda, campeón de la Liga de Campeones de Oceanía.

Y también se presenta el Al-Ain, campeón de la Liga Árabe del Golfo, es decir de los Emiratos Árabes Unidos 2017-18, que tuvo que esperar para ser elegido a ser eliminado del torneo asiático y así jugar en representación del país organizador. ¿Y por qué?

Y acá no nos vamos a meter en si River sobró a su rival de la semifinal o mantuvo la errónea idea de que haberle ganado a Boca la Libertadores fue más importante que salir campeón del mundo. O en que estaba desesperado para retornar y armar en el Monumental el gran festejo del domingo venidero por el título americano sin que importe un bledo esta eliminación en la esfera mundial. Ni tampoco en la ya para nada novedosa situación de que un perejil llegue a la final entre clubes poderosos. Ya esa tenida la jugaron el congoleño T. P. Mazembe (2010), o el marroquí Raja Casablanca (2013), o el japonés Kashima Antlers F. C (2016), que volverá a definir su suerte este sábado ratificando aquello que decíamos durante el Mundial de que en el fútbol la existencia de un pequeño derrotando a un grandote no es tan infrecuente.

En lo que sí nos pretendemos detener es en que, por ejemplo, aquel equipo de Casablanca resultó ser el primero en llegar a la topada decisiva sin haber logrado título continental alguno, ya que fue parte del torneo simplemente por haber sido el campeón de la liga de Marruecos, país en ese momento con el bolsillo más grande como para ser el organizador. El Al-Ain vuelve esta vez a tener ese único mérito, bastante pobretón, por cierto.

La pregunta obvia, si no fuera medio estúpida, es por qué juega una copa mundial de clubes campeones continentales un equipo cuya sola valía es haber ganado una liga lugareña. La respuesta es tan contundente como el tamaño interminable de la montaña de dólares, euros, petrodólares, petroeuros, y euritos que su país puso para organizar la cuestión.

Y eso no es nada. Si ahora el Mundial de Clubes aglutina a seis continentes, más un equipo más de títulos inexistentes, en pocos años serán esos ganadores de seis continentes y 18 escuadras más. ¿Serán de galaxias aún por explorar?.

La competencia revolviéndose en una oficina de 4 por 4, y no en los 70 por 105 de una cancha estándar de fóbal. Como afirmaba Valdano, lo único que hacen es ir avisándonos que lo que se viene será aún más difícil de aceptar.

Cada vez más pasivos y lejos de las canchas, los futboleros debemos estar preparados para los nuevos tiempos: Vieja, ¿le cambiamos la batería al control remoto? Porque tengo fóbal en la tele desde ahora hasta la madrugada…

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