Por Mariano Vázquez (@marianovazkez) | La presencia de militares en el gabinete del ultraderechista Jair Messias Bolsonaro es inédita. Desde la recuperación de la democracia en Brasil que lo castrense no tenía tanta peligrosa influencia en el país. El único antecedente similar, con tantos ministros portando insignia marcial, ocurrió en el primer gabinete de facto nombrado en 1964.

El 5 de octubre se cumplieron 30 años de la Constitución de 1988. El aniversario derivó en una disertación en la Facultad de Derecho de la Universidad de São Paulo del presidente del Supremo Tribunal Federal, José Antonio Dias Toffoli, quien para repudio y sorpresa de los presentes afirmó que al golpe del 64 no lo llamaba «ni golpe ni revolución». «Lo llamo movimiento”, concluyó. El autor en las sombras de semejante afirmación fue Fernando Azevedo e Silva, un general retirado del Ejército de gran influencia en los sectores castrenses, que será ministro de Defensa y quien se había convertido tres semanas antes en asesor de la máxima figura del Poder Judicial en Brasil.   

El titular de Seguridad Institucional será el general Augusto Heleno Ribeiro. Fue el primer comandante militar de la Misión de Estabilización de las Naciones Unidas en Haití entre 2004 y 2005.

La Secretaría de Gobierno la ocupará el general Carlos Alberto dos Santos Cruz. En Ciencia y Tecnología asumirá el teniente coronel Marcos Pontes, el almirante Bento Costa Lima será ministro de Minas y Energía y en Salud estará Luiz Henrique Mandetta, quien fue médico del Hospital General del Ejército, con grado de teniente.

Completan la chapa el abogado y capitán del Ejército Wagner Rosario en la Contraloría General, y Tarcisio Gomes de Freitas, formado en el Instituto Militar de Ingeniería, en Infraestructura. Por su parte, Ricardo Vélez Rodríguez, profesor emérito de la Escuela de Comando y Estado Mayor del Ejército, será ministro de Educación, promotor del intervencionismo castrense en las escuelas públicas.

La estrella de la pata civil del gabinete la lidera Sergio Moro, oscuro personaje de la justicia federal de Curitiba, quien condenó sin pruebas al expresidente Lula Da Silva. Condecorado por el Ejército con la Orden Militar al Mérito y en la Universidad católica de Notre Dame (en South Bell, Indiana), por sectores ultraconservadores estadounidenses que le celebraron la persecución al lulismo, asumirá la cartera de Justicia.

La cabeza de la Economía del gigante sudamericano estará a cargo del Chicago Boy Paulo Guedes, admirador explícito del dictador chileno Augusto Pinochet, que pretende privatizar hasta la Amazonia.

Al frente de Relaciones Exteriores estará Ernesto Araújo, sin experiencia diplomática, afirma que el cambio climático “es una invención marxista”, que el comunismo acecha en todos los rincones y que sueña que el efecto Donald Trump se multiplique en todo mundo.

El Partido Militar

Canal Abierto le preguntó al especialista en comunicación y presidente del observatorio de medios Barão de Itararé, Altamirano Borges, cómo puede funcionar un gobierno en donde el presidente (un capitán) manda por sobre generales, un teniente coronel y un almirante: “Jerarquía es un término latino que dice que es un poder sagrado. La jerarquía es un poder muy autoritario, un poder con poco vínculo con la sociedad. En el caso de Bolsonaro y su vice Hamilton Mourão se quiebra la disciplina militar, un capitán está mandando a un general. Vamos a ver hasta cuándo”.

Los contrapuntos entre Mourão y Bolsonaro fueron muchos durante la campaña, lo que subraya la tensión antijerárquica de la fórmula en la que el presidente-capitán tuvo que advertir al vicepresidente-general quién mandaba.

Borges anticipa una pelea cruda, subterránea, entre ambas autoridades: “Mourão tiene un problema porque Bolsonaro hace mucho que está en la política y es mucho más hábil. Mourão es un tipo de cuartel, es un militar grosero, habla sin filtro, es bruto. Bolsonaro es más cauteloso. Ese es el chiste: un general está recibiendo órdenes de un capitán. Ahora hay que observar como eso pega en la jerarquía militar. Yo creo que eso generará ruidos. A muchos generales no debe de gustarles ver a un capitán dando órdenes, pero aquí no hay jerarquía militar, es la fórmula presidencial, veremos quién se impone”.

“La sociedad brasileña —explica Borges— mostró el temor por las declaraciones explosivas de Mourão desautorizando los lineamientos de la campaña bolsonarista. Él habló contra los derechos de los trabajadores, contra el aguinaldo, contra las vacaciones. Recordemos que la dictadura militar fue instalada para quitar derechos laborales. El primer decreto de la dictadura militar de 1964 fue prohibir aumentos salariales si no había inflación, la famosa ley de atropello salarial. El segundo decreto fue acabar con una ley antigua: la de la estabilidad en el empleo. Los militares dieron un golpe para favorecer el poder del capital. Entonces es un poder autoritario, es un poder anti-sociedad, es un poder que en la Guerra Fría fue contaminado con un anticomunismo tacaño, un anticomunismo imbécil.”

El especialista en comunicación resalta que no solo Bolsonaro recibió el apoyo de los militares, también fue “apuntalado por los medios y el Poder Judicial, es una construcción de odio de la derecha brasileña, de las élites que nunca asimilaron la victoria de Lula, incluso por una cuestión de clase: ver a un peón, un operario, un nordestino llegar a la presidencia de la república. Cuando la política no sirve viene el fascismo. Incubaron el huevo de la serpiente”.

Fascismo ultraliberal

Una semana antes de la primera vuelta electoral en Brasil la revista Valor Económico, la más influyente en el rubro, publicó off the record declaraciones de un empresario: “Para las reformas que necesitamos hacer, necesitamos que el presidente sea Pinochet”. De esta manera las élites explicitaban el apoyo a Bolsonaro, un engendro xenófobo, misógino, homófobo y racista, que rompe con el policlasismo del fascismo tradicional e incorpora las teorías entreguistas de la escuela de Michael Fridman.   

El economista Gustavo Codas, investigador de la Fundación de Estudios Perseo Abramo del Partido de los Trabajadores de Brasil, señala con una inocultable carga irónica: “Los argentinos eligieron a Mauricio Macri y éste fracasó con su intento de gobierno de derecha híbrido, por eso los empresarios y banqueros brasileños, que fueron los últimos en entrar a la campaña, apoyaron a Bolsonaro para que defienda sus intereses económicos. El espejo que les devolvía Macri era que no iba a fondo”. Bolsonaro, agrega, es un “personaje marginal, militar mediocre como Hitler que lidiará con las contradicciones de un proyecto político sin consistencia”.

Para el economista “una mala presidencia desmoralizará a los cultores de credo neoliberal, pero también, por primera vez, los militares puede salir desmoralizados, porque ellos ahora no pueden decir que no son parte”.

Codas también habla de los desafíos futuros ante los avances ultraconservadores: “La izquierda en Brasil no fue destruida, salió bien del período electoral, hay terreno para disputar. Hay material para continuar la lucha, por supuesto que en condiciones muy difíciles ya que entramos en un período político diferente, que no es el de la crisis de los gobiernos de los progresistas. Ahora hay crisis del neoliberalismo y de su capacidad de generar hegemonía. Por eso necesitan neoliberalismo con fascismo al estilo de Donald Trump.”

La gestión autoritaria que Bolsonaro iniciará en enero de 2019 será turbulenta. Ya amenazó con encarcelar o mandar al exilio a todos los opositores y declarar como “organizaciones terroristas” al Movimiento de Trabajadores Sin Tierra (MST) y al Movimiento de Trabajadores Sin Techo (MTST).

El plan de ajuste salvaje, más privatización, más persecución, más odio, solo se garantizará con violencia. La tentación de Bolsonaro, en la dificultad de su agenda, será la represión y el autoritarismo.

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