Por Carlos Saglul | Nildo Domingos Ouriques es presidente de Instituto de Estudios Latino-Americanos (IELA) y profesor adjunto del Departamento de Economía de Universidad Federal de Santa Catarina (UFSC), de Brasil. Se doctoró en Economía  en la Universidad de Nacional Autónoma de México (UNAM), país donde también colabora en diversos medios. Criticó desde la izquierda los gobiernos del Partido de los Trabajadores y está convencido que el denominado progresismo fracasó por su impotencia para profundizar los cambios y organizar a las masas para defender sus conquistas. En esta conversación, una evaluación para sumar al debate de ideas.

-Lo que sucede con Embrader, una de las principales empresas, no es un hecho aislado. Jair Bolsonaro está dispuesto a privatizar y entregar a la voracidad estadounidense los sectores productivos y económicos más importantes. En ese contexto, ¿Brasil puede correr el riesgo a esta altura de su historia de volver a convertirse en un país colonial exportador de materias primas?

Hace mucho que Brasil es un país exportador de materias primas y productos agrícolas. Aún los aviones de Embraer necesitan de grandes importaciones: más del 80% del avión es importado. Acá la burguesía industrial no representa más que el 11% del PIB; cuando empezó el Plan Real, la producción industrial representaba el 26% del PIB. Así, todos los gobiernos – FHC, Lula, Dilma y Temer – son rigurosamente iguales al respecto.

Vivimos un capitalismo dependiente rentístico. La época de Brasil potencia industrial ya no existe. La burguesía industrial es no solo pequeña sino que incapaz de oponerse a las políticas de todos los gobiernos. Ahora, seguirá apoyando a Bolsonaro porque sencillamente no tiene ningún proyecto para Brasil más allá del rentismo.

 -Más allá del entusiasmo inicial por el actual gobierno, ¿puede haber contradicciones entre sectores de la burguesía industrial y Bolsonaro por la entrega absoluta del país a los intereses de Estados Unidos? Muchos han visto detrás del Lava Jato un avance norteamericano sobre los negocios que la burguesía de su país controlaba a través de Petrobras.

La burguesía industrial no tiene antagonismo con la fracción financiera que domina el país desde el 1994. Aún eventuales contradicciones son acomodadas con subsidios eventuales que no hacen menos que posponer por poco tiempo su muerte definitiva.

La mayoría absoluta de los capitalistas industriales nacionales tienen pequeñas empresas y son incapaces de competir en el mercado mundial. Tampoco son capaces de enfrentar la competencia en el mercado interno con las multinacionales y la producción de China. Los años dorados de la burguesía industrial de los tiempos de la dictadura no representan más que un recuerdo histórico. Acá la TV Globo todos los días, mientras se emite su principal noticiero (el Jornal Nacional), divulga una pieza que resume todo: “el agro es tech, es pop, lo es todo. El agro es la industria-riqueza del Brasil”. Creo que lo dicen bien.

-No solo en Brasil. Últimamente en América Latina, Europa las masas parecen votar a sus verdugos declarados. ¿Cómo se explica este proceso?

-Bueno, las masas no son tontas. El progresismo en América Latina es, de hecho, una gran decepción. En Brasil el PT no logró más que una digestión moral de la pobreza con programas sociales muy modestos mientras los precios de la minería y de los productos agrícolas eran elevados en la Bolsa de Chicago. Además, como lo demuestra el caso brasileño, los gobiernos del PT intentaron un pacto de clase que luego fue desechado por las fracciones del capital cuando la crisis sonó fuerte después del 2008.

De hecho, los gobiernos progresistas realizaron programas sociales muy limitados que solamente por un corto período de tiempo redujeron la pobreza pero jamás la atacaron en su raíz. La concentración del ingreso y de la propiedad creció muchísimo durante todos estos años. Hay dos o tres generaciones que no logran comprar un departamento y siguen viviendo con sus padres.

Están fuera de la propiedad! Nadie puede mantener la fidelidad a estos gobiernos de consumo. Tampoco hay que olvidar que el desempleo cayó hacia 4,7% en los tiempos de Dilma –el más bajo de nuestra época–, los salarios no eran superiores al salario mínimo legal que siquiera alimenta una familia. La sobreexplotación de la fuerza de trabajo fue la regla durante los gobiernos progresistas. Finalmente, hay algo grave: la corrupción es real y muy profunda! Las masas odian con razón la corrupción! La derecha sabe aprovechar la situación pero nadie puede ocultar el tema terrible de la corrupción en los gobiernos progresistas.

 -Qué papel juega y jugó China. ¿Usted la ve replegándose de Brasil y Argentina ante la ofensiva de Estados Unidos?

China es un país con estrategia mundial, al contrario de los países latinoamericanos. Más allá de los desacuerdos con Estados Unidos, China juega un rol en América Latina que refuerza nuestra posición en la división mundial del trabajo como exportadores de materias primas y productos agrícolas. Además, China hace préstamos importantes -como se puede observar en el caso de Venezuela-, a cambio de energía barata.

China opera respetando a América Latina como área de influencia de Estados Unidos pero avanza siempre que puede. No obstante, el rol de China es mundial por la posición que tiene ante Estados Unidos.

– ¿Existe la posibilidad de alguna reacción ante el ajuste económico?

Siempre hay posibilidad de hacer algo distinto de la política de ajuste que los gobiernos progresistas adoptaron, pero no se trata de una tarea de los economistas. Es necesaria la presencia activa de las masas. Venezuela vive una inmensa crisis económica pero las masas acompañan todo con mucho cuidado y consciencia activa. Si observas los gobiernos de Lula y Dilma es fácil ver que jamás convocaron al pueblo para una lucha siquiera! Ninguna! Tenían el pueblo limitado al rol de votar cada 4 años.

La derecha en Brasil creció porque precisamente los gobiernos del PT jamás politizaron las masas por medio de la participación directa en los asuntos de Estado y economía. La regresión política e intelectual de los sindicatos es inmensa! Esta es la regla de oro: que los gobiernos progresistas no pueden avanzar porque temen que las masas puedan asumir un rol protagónico en la vida política y terminen por contestar al sistema corrupto que nos gobierna. La derecha se aprovechó de esta incapacidad y seguirá creciendo si la izquierda no abandona las ilusiones de un liberalismo de izquierda, que no tiene más capacidad de encantar el pueblo.

 

(*) Foto tomada de El Intransigente

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