Por Sofía Acosta | Algo tan simple como elegir qué juguete regalar esconde la introducción de estereotipos de género que, desde la niñez, son  claves para el sostén de la cultura patriarcal y binaria. ¿Qué significa esto? Que cuando elegimos un presente para les niñes estamos construyendo su identidad y reforzando estereotipos que tienen ver con ‘lo femenino’ o ‘lo masculino’, según el color, o los roles que históricamente se han asignado a las mujeres y hombres desde la infancia.

Pero, ¿Qué ocurre cuando une niñe se sale del binarismo? ¿Qué pasa si ese niñe que al nacer el médico dijo que era nene, quiere jugar con vestidos y ponerse los zapatos de su mamá? Desarmarse, reamarse y desdramatizar para amar sin prejuicios.

Natalia es la mamá de Juana, una niña feliz y trans. Juana tiene siete años, y desde hace dos comenzó su transición y socializó su nombre en el barrio, la escuela y su familia. Al principio, Natalia la dejaba jugar con los vestidos y tacos de ella y de su hermana porque entendía que era solo eso: un juego. Un día, Juana le dijo que ella no era un varón, era una nena. Desde entonces, todo cambió.

“Con Mariano, que es mi pareja pensábamos que íbamos a tener un hijo ‘puto’. Cuando Juanita tenía tres años, para un día del niñe, me dice que quería el vestido de Rapunzel. Ella usaba los de la hermana. En ese momento, me acuerdo  que me dije ‘le dejo usar todo, que se ponga lo que quiera, pero ir a comprar un vestido me parece demasiado’.  Obviamente que mi cabeza era heteronormada, binaria y sin información. Estaba bloqueada. Le expliqué que era varón, y por qué no pensaba en otra cosa y me dijo ‘yo no soy un varón, soy una nena’. Yo le repetía que era un varón porque tenía pito y ella lloraba. Y yo también”, señaló Natalia.

Juana usaba la ropa de su hermana mayor, Julieta, o la de su mamá. Cuando era más pequeña, todo formaba parte de un juego puertas adentro, pero luego terminó siendo parte de su identidad. Su angustia no aparecía cuando la vestían “de nene”, sino cuando veía que las nenas vestían diferente de ella.

“Me acuerdo que para un 25 de Mayo, las nenas estaban vestidas de damas antiguas y los nenes  de gaucho.  Yo le puse la ropa de gaucho y ella me dejó. Pero cuando llegamos a la puerta de la escuela y vimos a todas las damas antiguas me decía ´yo quiero ser dama antigua’, y ahí le agarró el ataque de llanto, cuando vio a las otras nenas”, cuenta su mamá.

El camino para saber qué era lo que estaba ocurriendo con Juana, no fue fácil. Al principio sus padres recurrieron a una psicóloga que les recomendaba ocultarle las cosas con las que jugaba, comprarle pelotas de fútbol o que realizara deportes y tareas asociadas a lo masculino.

Por suerte para Juana, a su mamá no le pareció que esto estuviese bien y llegó al Hospital Durand, donde le dijeron que tal vez su hijo era una niña trans.

“Mi único argumento siempre había sido que las nenas no tenían pene. Lo primero que nos dijeron fue ‘primero que nada es una persona’ y ahí entendí todo. Después nos invitaron a una charla y había láminas de nenas con vulva y con pene y nenes con vulva y con pene y me cayó la ficha. Volvimos a casa y tuvimos una charla les cuatro y empezamos el recorrido del cambio del nombre, que lo fuimos decidiendo entre todes. Ella fue contándoles primero a sus amigas del barrio que era Juana y después lo hicimos en el jardín, el día de su cumpleaños”, dice Natalia.

Desde marzo, Natalia y Mariano junto a 35 familias más conformaron la agrupación Munay – que en Quechua significa “Ser tal cual eres” o “Te amo como eres”-. Desde allí tejen redes y lazos con otras familias que tienen hijes trans, comparten experiencias, brindan charlas, se encuentran.

“Nos vemos una vez por mes, les niñes se conocen, tienen amiguites trans, tiene el espejo no solo de los cis sino también de lo trans, llevamos invitades adultes que vienen a charlar con les niñes. Porque si no, lo diferente se ve como algo malo. En su escuela, por ejemplo, todas las nenas son cis y al ser la única trans se crea una ‘automirada’  sobre su existencia. A mí me sirve hablar con otras madres que pasan por la misma situación, es muy positivo”, afirma la mamá de Juana.

Como cualquier madre y padre, Natalia y Mariano tienen miedos. Miedos de que a medida que Juana crezca sufra, pero el miedo se acrecienta en la medida en que nuestra sociedad da indicios de transfobia.

“Tenemos miedos sí. Miedo a que no consiga trabajo por ser trans, que la golpeen por ser trans, que se enamore de une chique y la familia no la acepte porque es trans, o que le chique la rechace por ser quien es, esos son los miedos y se resumen en la palabra transfobia”.

La historia de Juana no es la única. Por suerte su familia la apoya y acompaña desde su niñez y eso le permite tener una infancia libre y, por lo menos dentro de su casa, sin prejuicios. La importancia de crecer dentro de un seno familiar que la acompañe en cómo se autopercibe, da indicios de esperanzas de que un mundo mejor sin homofobia y transfobia es posible.

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