Me dice Silenzi que las cosas empezarán a cobrar sentido, y acaso un aire de dicha, cuando caigamos en la cuenta del sabor de esas palabras que Vicente Huidobro escribió, dijo, y todavía se la pasa diciéndolas y escribiéndolas a cada rato: “Los cuatro puntos cardinales son tres: el sur y el norte”. Pena, me dice Silenzi, que no son muchos los que consiguen oírlas, mucho menos escucharlas; nadie, nunca jamás, te va a decir en la cara que no tiene la menor idea de tal o cual asunto; si te dice eso, está destinado al fracaso. ¡Los cuatro puntos cardinales siempre serán cuatro, imbécil! La duda no es la jactancia de los intelectuales, como alguna vez dijo Aldo Rico, y todos esos intelectuales que creen pertenecer a una raza de sujetos de inteligencia superior salieron a criticarlo. La duda, la incertidumbre, y toda esa cosa de la necesidad de optar a cada hora, la padece todo llamado tipo que anda por ahí. Alguna vez tendríamos que debatir entre ser humano o estar humano, ¿no te parece?

Todo eso, o esto, o aquello, acaba de decirme Silenzi.

Norte y sur; este y oeste. Ya son categorías vagas. Ya no hay categorías ni umbrales ni medida. Un metro ya no es un metro, como nos enseñaron en la primaria. Al decir de la Academia de Ciencias de París, que en 1791 resolvió que el metro era la unidad para medir longitudes (en un sótano tienen el metro patrón, hecho con iridio y platino), el metro, ahora, equivale a 98,12 centímetros (centímetros que tampoco sabemos quién decidió, con qué regla de plástico midió), y un cuadrado ya empieza a tener los rasgos de un trapecio. Y la geografía política, como nos enseñaron en la secundaria, es en realidad un mapa del sometimiento, de la invasión, acaso una entelequia, como también lo es la llamada declaración de la independencia del nueve de julio de 1816. La línea recta se ha convertido en una sinuosidad sin fin. Hay lunas que asolean y soles que alunan. Hay tierra que no es tierra pura, y quizá nunca vuelva a serlo. Hay una persona que dice o presume que preside algo pero no es persona y no tiene la más remota idea de lo que significa la palabra presidir: dirigir, en calidad de persona habilitada para ese fin, las tareas de un gobierno, una reunión, una empresa, un tribunal, etc. Tarea horrible que ahora se empecinan en meterse tipos de aspecto engañoso. Ya no hay cordura política. Hay actuación y declamación. Digamos que nunca la hubo, claro. ¿Cómo y por qué una persona puede caer en la inconsciencia de creerse capaz de conducir a millones de personas hacia un futuro repleto de felicidad? Un mesías. ¿Cómo y por qué?

Porque un metro ya no es un metro. Porque la línea recta se ha convertido en una sinuosidad sin fin.

Digamos que no hay más remedio que tomarse unas ginebras, cerrar la boca por un buen tiempo, echarse en el piso, boca arriba, las manos anudadas sobre el ombligo, y quedarse contemplando por horas el cielo raso. Y barajar de nuevo.

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