Por Gladys Stagno | “El de 1986 fue organizado por una comisión directiva que integraba una multisectorial de mujeres. Había sindicalistas, políticas, las primeras organizaciones feministas, y muchas mujeres que empezábamos a salir después de un exilio externo o interno. Yo me conecté con algunas y me invitaron”. Nina Brugo es de las pocas que asistieron a los 33 Encuentros Nacionales de Mujeres y planea ir al próximo. Ella estaba, por entonces, volviendo de la clandestinidad en Los Hornos, a las afueras de La Plata. “A dos cuadras de donde vivía Julio López”, recuerda. Y ahí nomás de donde se producirá el Encuentro 34.

Tanto ella como su marido, Juan Ferrante -un cura tercermundista que había dejado los hábitos para casarse con Nina-, eran buscados por la dictadura y en 1980 decidieron irse de Los Hornos a Brasil, luego a Canadá, después a México. Nina volvió a su país y a su militancia con la democracia, pero aún no sabía que era feminista.

“En los 70 yo había sido cofundadora del Movimiento Evita de entonces, y ya sentía que las mujeres necesitaban un espacio propio porque las compañeras de barrios populares decían: ‘me encanta venir a estas reuniones porque acá no viene mi marido a decirme ‘callate, vos qué sabés de política’ y me siento libre de decir todo lo que pienso’ –relata-. Cuando fui al primer Encuentro, me enamoré de eso, de la potencialidad que demostraban las mujeres analizando diferentes temas. En ese momento era la reafirmación de la etapa democrática, de valorizar los derechos humanos, y se estaba hablando mucho del no pago a la deuda externa. Tanto, que había un taller sobre sexualidad que se llamaba… ¡’El clítoris y la deuda externa’! Porque, según ellas, ¡en todos los talleres tenía que haber una referencia a la deuda!”.

Ese primero, en el porteño Centro Cultural San Martín, reunió a unas mil mujeres, y ya era una barbaridad. “En los Encuentros, cada vez más, nos fuimos haciendo feministas las mujeres. Ahí es donde nosotras construimos las redes, las campañas, nos conectamos con compañeras de distintos lugares del país, y hemos conseguido las leyes fruto del conocimiento y la participación”, afirma Nina.

“El patriarcado se había puesto en suspenso –cuenta-. Había una suspensión estética, política, vinculada al goce y a la alegría, donde todo el tema etario, de color, de belleza, de clase, todo aquello que hace a los estereotipos, a las lecturas sobre los cuerpos, tenían otro código de escritura. Me conmovió de tal manera que dije: el socialismo es esto. Era como un carnaval feminista” (Marisa Fournier).

Y es que en los Encuentros se discutieron, se impulsaron y en cierto modo se construyeron la Ley del Divorcio y potestad compartida, en 1987, de Cupo Femenino, en 1991, y el proyecto de ley que este año ingresó al Congreso por décimo cuarta vez: el Aborto Legal, Seguro y Gratuito.

“Ese es un impacto clarísimo de los Encuentros”, sintetiza Marisa Fournier, socióloga y directora de la Diplomatura en Género, Política y Participación de la Universidad Nacional de General Sarmiento, quien recuerda cómo en 2003, en Rosario, de la mano de la abogada Dora Coledesky, se organizaron para enfrentar los avances de la derecha católica sobre temas de salud sexual y no reproductiva que había comenzado a participar de los Encuentros –para desbaratarlos- desde el año anterior, en Salta. “La Campaña nació al calor de la Comisión por el Derecho al Aborto, de las Asambleas por el Derecho al Aborto, y de los Encuentros Nacionales de Mujeres”, asegura.

Para ella, el primer Encuentro fue el de 1998, en Resistencia, Chaco, al que asistieron 10 mil personas: “Tenía 28 años. Fui de curiosa. Había un cartel en la calle que decía ‘Vamos al Encuentro Nacional de Mujeres’ y fui a probar, a ver qué onda, y fue muy fuerte. Ese me marcó para toda la vida porque en ese Encuentro descubrí que era feminista”.

Marisa militaba en una agrupación de izquierda y su mirada ya “ponía en escena la desigualdad sexo-genérica pero porque miraba con esa lente, todavía no tenía nombre lo que hacía”. Ese año, en la peña –una fiesta que se volvió tradicional en cada Encuentro desde 1988- supo cómo se llamaba.

“De esa peña hubo un no regreso porque vi a mujeres desde muy chicas hasta ancianas bailando en un mismo lugar. Todas se desplegaban y reían, jugaban y se divertían. Me di cuenta que ahí el patriarcado se había puesto en suspenso –cuenta-. Había una suspensión estética, política, vinculada al goce y a la alegría, donde todo el tema etario, de color, de belleza, de clase, todo aquello que hace a los estereotipos, a las lecturas sobre los cuerpos, tenían otro código de escritura. Me conmovió de tal manera que dije: el socialismo es esto. Era como un carnaval feminista”. 

 

La historia oculta

Amanda Alma fue a su primer Encuentro en 2001, año difícil en el imaginario argentino. “Volví y me puse a estudiar feminismo en la Facultad de Sociales, en el único seminario que había, porque no entendía nada de todo ese movimiento tan impresionante que había visto y necesité nuevas referencias”, dice.

Por entonces, la coautora junto a Paula Lorenzo de Mujeres que se Encuentran. Una recuperación histórica de los Encuentros Nacionales de Mujeres de la Argentina, militaba en una villa y estudiaba Comunicación en la UBA. “Yo ya tenía siete años de militancia política pero venía leyendo a intelectuales varones, muy pocas mujeres. Pensaba que eso era proporcional a la cantidad de mujeres que habían participado en las acciones políticas y que el feminismo era una escuela de pensamiento, no una teoría política”, explica Amanda.

En 2001, la única referencia de algo femenino en la política argentina eran Eva Perón y las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo. “Todo eso lo fui deconstruyendo y recuperando en mi acervo intelectual a partir de decir: acá hay una parte de la historia que nadie me está contando, que me robaron, quiero que me la devuelvan. ¿De dónde salieron todas estas mujeres que nombran acá que ni mi madre, que era militante política, me nombró?”.

“Una mujer que va a un encuentro, vuelve con la cabeza un poco cambiada porque nos ayudan a la madurez de nuestras reivindicaciones. No son sólo cada vez más masivos, sino que son más feministas, más profundos. Las mujeres ahí toman conciencia de sí mismas” (Nina Brugo).

Para ella, sin embargo, el Encuentro más significativo fue varios años después, en 2010, en Paraná, cuando las reunidas ya eran 30 mil y Amanda acababa de publicar su libro. “Fue muy impactante, porque yo salí del clóset como lesbiana en esos años. En ese Encuentro hicieron una fiesta que se llamaba Pachanga Pachonga donde juntaron a todas las tortas y fue una explosión, era la primera vez que se hacía una fiesta de lesbianas. Fue el mejor momento del mundo”, relata.

Años después, y producto de este encontrarse y conocerse, surgió Manifiesta. Cooperativa de Comunicación que Amanda integra junto a otras once mujeres, lesbianas, bisexuales, realizadoras, periodistas, artistas y diseñadoras, y que se propone comunicar sin sexismo ni discriminación. Y sin invisibilizar la historia que antes nos negaron.

Porque el impacto de los Encuentros se puede medir en leyes, pero también en lógicas de organización y en transformación de la conversación social. El Ni Una Menos no se explica sin ellos, ni las redes dispersas por todo el territorio que se activan y emergen cada octubre. “Lo que instalaron también es una modalidad asamblearia de trabajo en los temas que nos afectan y de los cuales conocemos porque padecemos. Hay una inteligencia colectiva que fue capaz de capitalizar a favor nuestro el crecimiento y la multiplicación. Ya no es sólo lo que sucede en los talleres sino lo que discurre en la ciudad. La ciudad donde se desarrolla parece ocupada”, asegura Marisa.

Cada Encuentro fue expresando lo que ocurría en la política y la economía local del momento. En 1992, en Neuquén, Nina rememora la enorme participación de mujeres de los pueblos originarios “que estaban muy acostumbradas a estar en asambleas de más de 500 personas”. En 2004 ya participaban las travestis y en 2005 irrumpieron las mujeres de los barrios populares de la mano del crecimiento del movimiento piquetero.

“Una mujer que va a un Encuentro, vuelve con la cabeza un poco cambiada -dice Nina-, porque nos ayudan a la madurez de nuestras reivindicaciones. No son sólo cada vez más masivos, sino que son más feministas, más profundos. Las mujeres ahí toman conciencia de sí mismas”.

Y cada año, a pesar de las crisis y las fuerzas organizadas para que los Encuentros no sucedan, vuelven a hacerse y a crecer en número. Para Marisa, el Encuentro es como una Hidra: “Son mil cabezas: vos cortás en una parte y no muere, se multiplica. Eso va a quedar muy claro en el Encuentro de La Plata: que el Encuentro es exponencial”.

 

En el cuerpo

Los recuerdos de las que vivieron la historia de los Encuentros no son todos lindos. La represión organizada de Mar del Plata, en 2015 (“una emboscada” de las fuerzas de seguridad en la Catedral, afirman), fue la expresión más violenta –con balazos de goma, sangre y numerosas heridas- de otros rechazos que las asistentes habían vivido años anteriores. En 1997, en San Juan, donde cerraron las escuelas, les impedían usar los baños, y rompieron micros. O en Mendoza, en 2004, donde los vecinos se negaban a darles información urbana elemental.

Las represiones se hacen muy presentes físicamente”, aporta Amanda. 

En las antípodas, en 1999 y durante la marcha final por la ciudad, Bariloche tiraba tulipanes desde los balcones a su paso.

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