Balcón francés de un piso ocho, quizá no más de cuarenta metros desde el balcón hasta el empedrado y la vereda muy angosta. Veinte grados y noche cerrada dice la radio. Para el que mira y contempla y conjetura la vida de la medianoche, con los antebrazos apoyados en la baranda de hierro de un balcón francés de un piso ocho, la gente que anda por la calle parece muy pequeña. No lo parece. Es muy pequeña. Pero llena de una fortaleza absurda. Como el tipo flaco que como un cristo lleva a cuestas, mitad espalda, mitad manos, arrastrando los pies de zigzag en zigzag, una escalera de madera, plegada, claro, de dos metros de altura. Y ahí está, siempre está, el viejo de la vuelta, gordo, gritón, pantalones arremangados hasta la rodillas, las pantorrillas agrietadas, carcomidas por quién sabe qué cosa mala, con su bastón hecho de una rama gruesa de un jacarandá de la calle, y a veces haciendo sentir su vozarrón en toda la cuadra cuando se pone a cantar La felicidad: “Antes nunca estuve así enamorado, no sentí jamás esta sensación. La gente en la calle parece más buena, todo es diferente gracias al amor”. Los dos policías de la esquina, barrigudos, perezosos, que están plantados ahí para proteger el bienestar de los turistas y porteños de cara pálida que mastican carnes y achuras en la parrilla de la esquina, no menos de setecientos pesos por persona, tienen la cabeza caída hacia delante, los ojos puestos en el celular. En uno de los bancos de cemento de la vereda de enfrente, a la luz de un farol antiguo, cuatro o cinco hombres, que no tienen más reparo que la calle, se ponen a discutir a los gritos; por ahí puede escucharse: “¡En la esquina duermo yo!”. Pelean, de pronto entre risas, acerca de las baldosas de la vereda de la cuadra en que cada uno de ellos tiene derecho a tirarse a dormir esa noche; de los edificios con balcones que ofrecen más amparo. El perro de aire de lobo que siempre duerme a los pies de su amo, el amo de la campera de River que consiguió un colchón y ahora se estableció en la entrada a un cajero automático, el perro se pone a perseguir y ladrar a lo loco a cada colectivo o auto que le resulta misterioso. La pareja del sexto piso del edificio de enfrente se separó. Hacían fiestas repletas de globos amarillos.

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¿Yo busco que las cosas sucedan? ¿O será que las cosas suceden para que yo las busque? Entonces, siempre, sea como fuere, está el aliento. O el alimento. O la sucesión de cosas que tienen como lugar común la búsqueda. Ya no contemplo. Me limito a mirar, a sustraer imágenes, con desdén, de todo lo que ocurre a mi alrededor. Y las cosas suceden. Para que las busque. O, a veces, cuando no las busco, suceden. Y entonces te da por no buscar ni suceder. O hacer que suceda lo que no buscabas. Al diablo el suceso y la búsqueda. Al diablo la vida sin búsqueda ni suceso.

Lluvia: sucesión de gotas. Búsqueda: sucesión de lluvias inagotables.

Me están volviendo loco. Esa es mi certeza. Ese es mi pesar

Escucho oigo escucho. Y ni siquiera logro oír. Leo no entiendo, entiendo lo que no leo. Veo lo que no entiendo cuando leo. Abrazo y me desabrazan. Avanzo y retrocedo. Me inclino parado. Obedezco sin escuchar órdenes. Oigo lo que leo. Huelo con los ojos. Me da miedo el extraño. Tengo párpados de hierro. Me están volviendo loco. Nos están volviendo locos. Nos están alunando.

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