Por Mariano Vázquez (@marianovazkez)* | La experiencia de la Unidad Popular (UP) de Salvador Allende (1970-1973) fue un parte aguas en la historia no solo de ese país. “La batalla de Chile, la lucha de un pueblo sin armas” es la trilogía con la que el cineasta Patricio Guzmán, cámara en mano, retrataba el nervio de esa revolución pacífica en marcha, las voces de sus humildes constructores y el odio visceral de la oligarquía. Se filmó entre 1972 y septiembre de 1973, mes del golpe de estado. Fue estrenada en Santiago de Chile en 1997, ​siete años después del retorno a la democracia.

Hoy, los hijos y nietos de aquellos que fueron desaparecidos, acorralados y exiliados por el golpe, que padecieron la dictadura de 17 años de Augusto Pinochet y la democracia pactada con pistola en la cabeza, desbordaron las calles de todo el país. La gran huelga nacional del 12 de noviembre movilizó a dos millones de personas desde Arica a Magallanes. Es decir más del 10 por ciento de su población. Exigen un cambio de raíz del modelo social excluyente. Claman por una Asamblea Constituyente para una nueva Constitución que refunde al país.

El sociólogo y analista político chileno Ricardo Balladares así lo sintetiza: “Por todo el país se han extendido masivas, constantes e intensas movilizaciones que demandan la socialización de la riqueza, derechos sociales y una nueva constitución que los consagre. Chile no solo despertó de un largo letargo inducido por una transición pactada sino que, además, se levantó con una propuesta clara y concreta para evolucionar a un modelo económico y social que beneficie a todos los habitantes del país sin discriminación alguna. A saber, una Asamblea Constituyente para un nuevo Chile”.

Y esa demanda gutural, visceral, se palpa en la calle. El pueblo se expresa en carteles, banderas, a viva voz, en las paredes, que ya no parecen dejar espacio para más. Consignas sociales, políticas, artísticas que abarrotan los muros. Así como atestadas de tropas, vallas, tanques, sofisticados carros de represión en las alamedas.

Desde el 19 de octubre cuando se iniciaron las protestas 23 personas han sido asesinadas. 6.199 están detenidas. Hay 2.365 personas heridas, 217 de ellas con heridas oculares. Se presentaron 335 querellas judiciales por homicidios, torturas y violencia sexual, en este último ítem se trata de 57 casos, de los cuales cuatro son violaciones. Estas cifras fueron aportadas por el Instituto Nacional de Derechos Humanos (INDH). Además, una  misión internacional de derechos humanos exhortó al Estado chileno a frenar la represión.

Gravísimas son las denuncias realizadas por el INDH: “Incumplimientos a los protocolos para el mantenimiento del orden público por parte de Carabineros; detenciones arbitrarias de personas que se estaban manifestando pacíficamente; uso excesivo de la fuerza en las detenciones; disparos con la carabina lanza gases en dirección al cuerpo de manifestantes; disparos de perdigones en dirección al cuerpo, cuello y rostro de manifestantes; personas heridas de gravedad por gas pimienta, perdigones, granadas, carabinas lanza gases; detención a medios de comunicación; carabineros y militares no identificados”. Este cronista pudo corroborar todas estas acusaciones.

Como graficaba un héroe anónimo en una pared: “De evadir el metro (subterráneo) a evadir las balas”.  

La patria sublevada

Raúl Scalabrini Ortiz describió así el 17 de octubre de 1945 cuando el pueblo trabajador salió a las calles a pedir la libertad de su líder, Juan Perón: “Era el subsuelo de la patria sublevado. Era el cimiento básico de la nación que asomaba, como asoman las épocas pretéritas de la tierra en la conmoción del terremoto”.

Y ese mismo pueblo sublevado al otro lado de la cordillera desmiente en las calles el famoso y promocionado “milagro chileno”, que Mauricio Macri quiso importar a la Argentina.

Pasen y lean los testimonios de los que padecen sus consecuencias, cómo Lucía, de apenas 16 años: “No son los 30 pesos de aumento del metro, son los 30 años de democracia vivida a la sombre de Pinochet”.

La voz de los que andan con centavos en los bolsillos, van a pie y quieren otro país. Como Antonia, de 35 años: “La demanda social es por educación, salud, vivienda, somos un país con personas demasiado ricas y otras demasiado pobres. Sobrevivimos con migajas”.

Martina, de 26 años, subraya que “su generación no le tiene miedo a los militares y carabineros, nuestros padres y abuelos los sufrieron, los padecieron, recuerdan a sus muertos y desaparecidos, para nosotros es parte de la historia, de la memoria, pero no son nuestras vivencias, por eso no queremos ni aceptamos milicos en las calles, queremos democracia real”.

“Chile despertó —afirma José Manuel, de 60 años—,  el neoliberalismo, que fue impuesto a sangre y fuego, ya no es viable, la gente no quiere mas eso y el desafío es cambiar la constitución de Chile que es el aval de la explotación en este país”.

El reclamo por Asamblea Constituyente es unánime: “Llevamos más de tres semanas en las calles y vamos a seguir hasta que el gobierno y el parlamento se atrevan a preguntarle al pueblo que Constitución quiere tener”, demanda Javier, de 42 años.

A su lado, Camila, de 39 años, se suma y espeta: “Ellos (por el gobierno y los parlamentarios) son lo viejo, no es con ellos, no queremos un entuerto entre cuatro paredes y que nos vengan a decir como iluminados qué Constitución queremos los chilenos”.

Es que el presidente Sebastián Piñera buscó desbaratar las manifestaciones mediante un atajo: el Congreso Constituyente. Es decir, que sean los diputados y senadores quienes reformen la Constitución. Esta propuesta incluso fue rechazada por los bloques de izquierda, progresistas y hasta por la centrista Democracia Cristiana. Incluso Renovación Nacional, el partido del mandatario, le dijo que esa oferta era ya insuficiente.

Luego apareció una nueva proposición oficial de los partidos derechistas y la Democracia Cristiana: Convención Constituyente compuesta en un 20 por ciento por designados por su experticia en la materia, 40 por ciento electos por la ciudadanía y 40 por ciento de parlamentarios. Fue rechazada por las formaciones de izquierda en el Congreso: FA, PC, PS y PPD.

Insiste Balladares: “En el Congreso Constituyente va a pesar lo que existe actualmente. Puede que se converse todo pero no que cambie todo. Es un procedimiento limitante porque los representantes allí son los mismos de ahora en el Congreso. Se extendería el proceso, mucho debate, pocas nueces. En la Asamblea Constituyente todo sería con nuevos actores de los sectores políticos y cuotas sectoriales”.

Las manifestaciones que empezaron con reclamos generales fueron confluyendo hacia la denuncia de la desigualdad social y la obscena concentración de la riqueza. Y la herramienta para cambiar ese modelo excluyente se llama Asamblea Constituyente.

Aunque sin liderazgos prominente ni voceros, estas semanas de lucha han consolidado un espacio denominado “Mesa de Unidad Social” en la que confluyen cerca de 200 organizaciones sindicales y sociales como la Central Única de Trabajadores (CUT), el Colegio de Profesores, la Coordinadora NO+AFP, gremios de la salud y la educación, organizaciones de estudiantes secundarios, universitarios y académicos, feministas, ciudadanía, defensores del medio ambiente, recursos naturales y pueblos originarios.

El mecanismo consensuado es un plebiscito para preguntarle al pueblo si quiere o no una nueva constitución; la convocatoria a una Asamblea Constituyente, la instalación de la misma y la aprobación también mediante plebiscito de la nueva carta magna.

“Que sea la ciudadanía la que decida el mecanismo. Así se legitima cada paso del proceso”, sostiene Balladares.

Un manifestante hace flamear la bandera de Chile, pero completamente negra. El autor de esta nota pregunta por qué: “Es que estamos de luto por nuestros 23 muertos, nuestros miles de heridos y detenidos, por los que perdieron los ojos en la represión y solo recuperarán los colores si nos libramos de las cadenas pinochetistas”.

Salvador Allende bramó antes de entregar su vida en el bombardeo a la Casa de la Moneda el 11 de septiembre de 1973: “Trabajadores de mi Patria, tengo fe en Chile y su destino. Superarán otros hombres este momento gris y amargo en el que la traición pretende imponerse. Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor”.

 

(*) Desde Santiago de Chile

Fotos: Mariano Vázquez

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