De astros y letras Por Hernán López Echagüe

Años atrás el doctor Shawn Carlson, físico de la Universidad de California, en Berkeley, llegó a la conclusión de que la astrología no es una ciencia y los horóscopos, por lo tanto, no son otra cosa que pura superchería. Carlson esgrimió como fundamento de sus apreciaciones un estudio realizado junto a veinte astrólogos sobre 256 personas escogidas al azar. La notoria falta de correspondencia que observó entre los presagios formulados lo movió a definir a la astrología como «una superstición, una pseudociencia mediante la cual se pretende adivinar los sucesos de la vida». 

Lo de Carlson, en realidad, no es un gran hallazgo, pero siempre es bueno que lo diga algún estudioso del primer mundo. Ocurre que habitualmente los horóscopos no son el resultado de una atenta y metódica observación de la insondable arquitectura del cielo. Basta hurgar un poco para descubrir que detrás de los seudónimos que emplean los horoscoperos muchas veces se oculta un ingenioso redactor, o, cosa no infrecuente, un escritor en apuros.

Tras la invasión soviética de Praga en la primavera de 1968, el escritor Milan Kundera comprendió que le iba a resultar imposible continuar publicando sus libros y artículos en las editoriales checas. De eso vivía, razón por la cual debió buscar una manera decorosa para salir del brete. Ante el ofrecimiento de un amigo, aceptó de buen grado hacerse cargo de la escritura de los horóscopos para un periódico. De la noche a la mañana, pues, se convirtió en astrólogo. Y lo hizo sin recurrir a ningún tratado sobre el tema: las advertencias, presagios y consejos que escribía en cada uno de los signos, brotaban de su imaginación. “Mediante un horóscopo”, dice Kundera, “se puede influir magníficamente e incluso dirigir la conducta de las personas. Sin duda se les puede recomendar ciertos actos, prevenirles contra otros y conducirles a la humildad, haciéndoles prevenir con finura futuras catástrofes”. Con el paso del tiempo, en particular durante la década del 80, Kundera había de cobrar fama y reconocimiento internacional a causa de sus notables novelas, entre las que cabe destacar “La broma”, “La insoportable levedad del ser” y “La vida está en otra parte”.

Como Kundera, diversos escritores, intelectuales y hombres de letras encontraron en la elucubración de horóscopos un modo decente de ganarse la vida en épocas de silencio y opresión, o simplemente de mala fortuna, conjugando, por otro lado, sus deseos de narrar ficciones con la necesidad del pan.

¿Alguien podría imaginar al sociólogo Gino Germani, sus manos crispadas sobre el teclado de una máquina de escribir, cavilando acerca del devenir de arianos y leoninos? Sin embargo lo hizo, y con gran ingenio, a lo largo de 1940. Cuentan que sus horóscopos, publicados en una revista de Editorial Abril, eran magníficos. Pero lo de Germani no era tan fácil. En aquellos días sus creaciones astrológicas debían competir con las del pintor Xul Solar, que escribía los horóscopos de otra revista semanal.

Parte de los hacedores de la llamada “literatura testimonial” argentina de los años treinta–movimiento que tuvo entre sus plumas más brillantes a Roberto Arlt, Enrique González Tuñón, Elías Castelnuovo y Enrique Santos Discépolo–, encontró en la invención de presagios y augurios horoscoperos un buen rebusque para redondear el sueldo. En un artículo poco conocido, el poeta, periodista y ensayista Luis Franco refiere con gracia algunas tertulias en las que él, Castelnuovo, González Tuñón y el novelista y ensayista José Gabriel se hundían en las espesuras de «los cielos de la ribera» para tramar horóscopos que luego publicaban en «las revistas del hogar y de la vida». Franco no aclara quién o cómo los firmaban, pero asegura que la plata se repartía con prolija equidad entre todos.

En 1976, hallándose exiliado en España, el periodista y escritor argentino Horacio Salas incursionó en la astrología con el único propósito de sacar unos pesos para el alquiler y la comida. Escribió doce libritos–uno por cada signo del zodíaco–que en pocos meses se agotaron. Un verdadero best-seller. Llegó a vender siete millones de ejemplares. Más allá de la satisfacción económica que le proporcionó su pasajera afición por la astrología, en alguna oportunidad Salas hizo hincapié en la «saludable gimnasia literaria» que comportó el trabajo. «De pronto me convertí en un observador muy agudo de la conducta de las personas que me rodeaban. Con disimulo les preguntaba de qué signo eran, y anotaba. Le prestaba más atención a sus dichas y desdichas para después poder volcar todo en los libritos. Tuve que construir doce personajes muy bien definidos. Era como escribir una novela interminable, porque aquí no había epílogo». Según el escritor, «la gente busca con el horóscopo algo de magia en la vida».

A lo largo de años, la escritura de los horóscopos del periódico La Razón estuvo en manos de la periodista Sylvina Walger. En una entrevista ella recordó que su ocupación era por momentos poco llevadera; cada día debía complacer los antojos de redactores, diagramadores y fotógrafos. «Uno me pedía que en Géminis pusiera tal cosa; otro, que le agregara una dósis de alegría a Escorpio. Había un colega que una vez por semana se me acercaba y me pedía que en el signo de su mujer pusiera que tiene que adelgazar».

En el diario Clarín, en cambio, hubo una época en que los horóscopos nacían de la pluma de poetas. Primero con Lizardo Zía; luego, hasta 1977, bajo el seudónimo Canopus se refugió Olga Orozco.

Arlt, que nació el 26 de abril de 1900, solía asegurar que, en realidad, había sido arrojado al mundo el 7 de ese mes. Vaya uno a saber por qué, quería ser de Aries; odiaba a los taurinos.