Por Diego Leonoff | “Presidente, usted ha iniciado su gobierno con muy buenos augurios”. De esta manera, y ante una multitud eufórica, Cristina Kirchner saludaba al flamante mandatario y su decisión de quitar las rejas que separaban la Casa Rosada de la Plaza de Mayo.

Además de tratarse de la primera jornada de celebración tras cuatro años de lucha en la calle y el broche de una transición eterna que se había iniciado la noche de las PASO, el martes 10 de diciembre tuvo todos los condimentos para trascender como una jornada histórica. Por supuesto, el elemento fundamental fueron los cientos de miles presentes, pero hasta el clima (en claro contraste con el triste panorama en la asunción de Macri y su ya memorable “qué lástima, feo día”) hizo lo suyo para que Alberto Fernández tenga su “día peronista”.

“Vamos a poner plata en el bolsillo de la gente”

Junto a la propuesta de “encender la economía”, esta consigna fue uno de los caballitos de batalla del actual mandatario durante los largos meses de campaña electoral. Y si bien aún es temprano para evaluar su implementación o resultados, el azar ya jugó una buena pasada a quienes se entusiasman con la nueva gestión.

Es que, si faltaba algo para envalentonar las expectativas de alivio y esperanza, a las pocas horas salió a la luz que el nuevo Jefe de Estado había traído suerte a los quinieleros: la patente del auto que lo llevó de su casa al Congreso -número 769- salió a la cabeza de la Quiniela Nacional.

Quienes jugaron 100 pesos, ganaron 60.000. La suerte, en cambio, no fue tan generosa con todos. “Iba a jugar 10 pesos, pero sólo tenía encima 5”, cuenta Estefanía, una trabajadora del sector textil de zona sur del Conurbano, quien de todas formas asegura le viene muy bien el premio de 3.000 pesos que obtuvo -dice- “gracias a Alberto”. Como si este favor del destino no fuese suficientemente peculiar, cuenta que el 27 de octubre de 2010 también se guió por el instinto y jugó “unos pocos pesos” a una de las patentes del cortejo fúnebre que entonces llevaba los restos de Néstor Kirchner. Estefanía se vanagloria de haber corrido con la misma suerte en aquella ocasión, aunque no recuerda cuál era el número ni cuánto se llevó.

En los días previos a la asunción, Alberto Fernández sorprendió con una inusitada participación en redes sociales que incluyó intercambios con estudiantes que pedían algún incentivo anímico para sus exámenes. La historia más saliente fue protagonizada por Agustina Sosa, de la Universidad Nacional de Córdoba (UNC). «Querido @alferdez rindo el lunes y estoy por largarme a llorar porque no llego. Un saludo tuyo y me presento como guerrera», le había dicho la joven que luego terminaría aprobando tras las palabras de aliento presidencial. «Estudia y preséntate!!! Un esfuerzo más y llegas. Nunca hay que aflojar. No lo hagas vos. Estudia y rendí. Vas a aprobar». El tuit de Alberto Fernández terminaría convirtiéndose en una suerte de “estampita” que imprimieron y repartieron varios centros de estudiantes de la UBA.

¿Supercherías?

La historia política de la Argentina está plagada de apelaciones mágicas y supersticiosas que, en el mejor de los casos, hoy recordamos como datos color: desde la “limpieza energética” de Macri en la Rosada y la Quinta de Olivos, la brujería de Duhalde para romper la maldición que impide a los gobernadores de la provincia ser elegidos presidentes, y hasta las variopintas cábalas de Menem, Kirchner y Cristina. Quizás el más famoso y triste ejemplo haya sido el del esoterista, ministro de Bienestar Social y creador de la nefasta Triple A (Alianza Anticomunista Argentina), José López Rega.

No obstante, el deseo por creer no es ni una prerrogativa contemporánea, ni mucho menos una rasgo propio de la argentinidad. El milagro que en la cristiandad los reyes de Francia e Inglaterra realizaban era la curación de la adenitis tuberculosa de los escrofulosos, que se hacía con el solo gesto de la imposición de manos sobre los afectados. Los “Reyes Taumaturgos”, la primera gran obra del célebre historiador medievalista Marc Bloch (asesinado por la Gestapo nazi en 1944, a sus 51 años) da cuenta de la historia de aquellos milagros pero, sobre todo, de la creencia popular en dichos fenómenos. El uso político de esta ceremonia suponía una legitimación del poder real, especialmente al comienzo de un reinado o el establecimiento de una nueva dinastía.

En definitiva, como bien explica en El hechicero y su magia, Claude Lévi-Strauss -uno de los padres de la antropología-, la eficacia de estas prácticas reside en la creencia en ellas, tanto del enfermo como del hechicero.

Quien quiera creer, que crea…

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