Por Gladys Stagno | Para acceder al sector VIP del casino que funciona en el Hipódromo de Palermo, el piso de apuestas es de 40.000 pesos. Los habitués, sin embargo, juegan un promedio de entre 500 mil y un millón de pesos por jornada. En agradecimiento, la empresa y el sindicato les permiten abusar del personal. Ante todo, el negocio.

Quienes frecuentan los casinos están familiarizados con la función de los asistentes de sala. Se trata del personal que paga los tickets, destraba las fallas de las “maquinitas” tragamonedas, las vacía, y asiste a los clientes en lo que sea necesario. Su sueldo, en parte, depende de las propinas, que para muchos clientes funciona como moneda de extorsión, sobre todo hacia las mujeres.

“Si bien pasa en todas las salas, más que nada es habitual en el VIP. Generalmente se les tiran a las chicas. Hubo varias situaciones y aunque vos le avises a un jefe ‘tal me tocó’, te responde, ‘bueno, ahora vemos’. Y el tipo se queda ahí, jugando. Mientras juegue, no se hace nada”, explica Ximena.

Ella fue trabajadora del casino por más de seis años, hasta que a comienzos de año le comunicaron, a mitad de la jornada, que la despedían “con causa”, por lo que la dejaban en la calle sin indemnización. Por una situación similar pasaron varios de sus compañeros y compañeras, todos los cuales compartieron la misma osadía: quejarse de los abusos y postularse como delegados gremiales de la Central de Trabajadores de la Argentina (CTA) Autónoma luego de desafiliarse de la Asociación del Personal de los Hipódromos, Agencias, Apuestas y Afines de Argentina (APHARA) que los abandonó a su suerte.

Me echaron automáticamente el día que se enteraron de mi postulación, inventando causas ridículas. Lo peor que le podés hacer a la empresa es meter ahí otro sindicato”, agrega Ximena, quien actualmente pelea por su reincorporación.

 

La complicidad sindical

APHARA es liderado por Diego Quiroga, un dirigente cercano a Luis Barrionuevo, que siempre presenta lista única. Los trabajadores del Hipódromo son afiliados allí compulsivamente ni bien ingresan a la empresa cuyo dueño es Federico de Achával padre, socio de Cristóbal López en varios bingos y casinos. Ante los abusos a los que son sometidos los trabajadores, quien se queja es despedido.

“Hay una connivencia sindicato-empresa que es evidente –aporta Leonela-. No podés contar con el sindicado ahí adentro”. Ella también fue despedida en enero, por una situación idéntica y con la misma antigüedad que Ximena. Su relato sobre lo que allí se vive también coincide.

“Mi caso y otros casos que conozco nunca pasaron a Recursos Humanos. Se quedaban en el boca en boca entre las compañeras por el miedo a perder el trabajo, porque la cultura ahí adentro naturalizó el acoso –explica-. Hay momentos en que hay mucha gente, sobre todo los fines de semana a la noche que casi no se puede caminar. Hay sectores en los que vos tenés que ir y venir todo el tiempo y momentos en los que te rozás con la gente porque los pasillos están muy atascados. Muchos tipos se aprovechan de eso. Cuando tenés que abrir una máquina, como las sillas están muy pegadas una a la otra, te tenés que poner en posiciones incómodas para que no te estén mirando la cola o para no rozarles la pierna. Te sacan fotos, te pasan números de teléfono, te dicen cosas. Estamos muy expuestas porque si decís que no, sabés que ese cliente no te va a dejar propina. Hay un doble juego con la necesidad. Y en ese ambiente se aprovechan los clientes y también los jerárquicos”.

En efecto, Ximena denunció a un jefe que no paraba de acosarla. Como respuesta, él fue ascendido. Luego, el acoso fue reemplazado por maltrato y ella se volvió a quejar.

Cuando le hice a mi jefe una queja sobre otro jefe que me acosaba y se propasaba mal, me empezaron a castigar mandándome a los peores lugares de trabajo. Después me negué a ir a votar en las elecciones del sindicato, a lo que te obligaban porque les sirve que vayas y firmes que votaste. Ahí fue peor. No me sacaban al descanso, y distintas formas de hostigamiento», relata.

La sumatoria de denuncias en su contra por parte de las trabajadoras obligó al casino a echar al jerárquico. Pero en su caso, y a diferencia de Ximena, cobró su indemnización en tiempo y forma.

 

La extorsión

En el sector del casino del Hipódromo trabajan aproximadamente 150 mujeres, en tres turnos (mañana, tarde y noche) que son rotativos cada cuatro meses. Y la inmensa mayoría pasó por situaciones de acoso. En tanto, el 70% de los clientes son hombres, sobre todo en el sector VIP. Allí, cada vez que se aprieta el botón para jugar, la apuesta es de 800 pesos.

“Suelen entrar con un piropo (‘qué linda que estás’), y después directamente te ofrecen plata y hasta hay uno, muy conocido, que ofrece hacerte los pechos a cambio de sexo –agrega Ximena-. Pero si voy y le digo a mi jefe que un cliente se propasó, automáticamente me sacan a mí del VIP. Me mandan a otro sector para que el cliente esté cómodo. Nosotros tenemos propinas y en el VIP, donde vamos una vez por semana, hacemos una diferencia en plata. Si te sacan de ahí, tenés un perjuicio económico. Y si te sacan quizá ya no te dejan ir por dos meses. Si te atrevés a ir a Recursos Humanos, no volvés al VIP nunca más”.

Hace pocos días, en tanto, la Justicia Nacional del Trabajo habilitó la feria e hizo lugar a la medida cautelar requerida por tres trabajadores que el Hipódromo despidió debido a su postulación como delegados de la CTA Autónoma en las elecciones del próximo 7 de febrero. Se trata de Carolina Antonela Duarte, a Mario Alejandro Flores y a Clever Jonatan Céspedis, quienes -tras el fallo de la jueza Patricia Russo- deberían ser reincorporados en sus puestos. La semana pasada, sin embargo, la empresa incumplió el fallo y les impidió el acceso.

Pocos días después, otro fallo obligó al Hipódromo a la reincorporación de Leonela, que atraviesa la misma incertidumbre. Ximena, en tanto, todavía no tuvo respuesta.

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