Dan la impresión de gozar este laberinto de sintomáticos pero no, asintomáticos pero tal vez, internados, contagios y muertes. Con placas de colores y música estridente. Un carnaval de alertas y exclusividad y última noticia. Todos, absolutamente todos los canales de televisión. El fingimiento de la compunción. Porque si la compunción fuera de veras ningún compungido de veras podría maquillarse y luego sentarse de cara a una cámara y tras las placas de colores y la música estridente y los títulos catástrofe ponerse a vociferar otro caso más, un muerto más, mil infectados más, los hospitales no dan abasto, como si estuviera relatando una final de la Libertadores. Dan la impresión de que cada muerte confirmada  les causa una suerte de excitación de naturaleza obscena, o por lo menos tortuosa. Se deben a su público. Al igual que todo actor. Pero, bueno, ya lo escribí en este espacio hace años. El periodismo se ha convertido en espectáculo. La noticia, en mercancía. De uno y otro lado. Porque, cosa de mierda, pero atávica, hay uno y otro lado.

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