Redacción Canal Abierto | En abril de 1982, Carlos Garrido era colimba en el Regimiento Patricios y lo destinaron a Malvinas, el territorio en disputa. Hacía diez días, el reclamo por la soberanía argentina sobre las islas había escalado y se había declarado la guerra con Inglaterra.

“El 12 de abril, a la 1 de la mañana llegamos a Malvinas. Salimos en un vuelo de Palomar a Río Gallegos, y de ahí otro vuelo a Malvinas. Salimos de acá a las 9 de la noche. Nos comían los mosquitos”, cuenta en medio del aislamiento obligatorio que rige desde el 20 de marzo como medida sanitaria frente a la pandemia del coronavirus.

Cuando llegaron a Puerto Argentino se dividieron, y a él le tocó “para el lado de la ruta”. “Había que hacer los pozos. La tierra era muy húmeda, donde vos ponías un dedo pasaba de largo. Estaba lleno de ratitas chiquitas de esas de frío, así que convivíamos con ellas”, recuerda.

En el pozo, la trinchera, no se podía estar de pie. “La altura apenas era de la cintura a la cabeza. Más de eso no podías estar porque era peligroso por las bombas. Tenía que ser chico el lugar: dos cuerpos para dormir, de ancho; y de largo hasta donde llegaban justo los pies”, detalla.

A la falta de espacio se le sumó, por días, la de agua, porque una bomba le pegó al tanque. La comida era escasa, el frío era profundo y “cada tanto” aparecía un cigarrillo.

De noche, era peor. “Al principio teníamos unos láseres con visor nocturno. Los usaba el soldado que estaba de guardia, y cuando se acababan las pilas los tirábamos, porque no teníamos más. Los ingleses tenían uno cada uno”, cuenta.

Bajó 18 kilos y lloró cuando se enteró, por la radio, que la guerra había terminado. Y que habíamos perdido.

38 años después vive en Paternal con su familia. Está en cuarentena, como el resto del país, pero lo transita distinto: “No puedo creer que haya gente tan inconsciente. Que no se den cuenta de que en casa van a estar mejor de lo que estuve yo en Malvinas”.

“Pienso en pobre la gente que vive en un ambiente, los que viven en una pensión y no pueden ver ni el cielo. Yo estoy en el reino, tengo todo: cigarrillos, tele, radio. Tenemos celulares. Imaginate que no había una puta comunicación con los seres queridos. Mi vieja me había dicho que con una de las cartas que mandé ella pensó ‘hasta que llegó la carta, qué sé yo si no te mataron después’ –relata-. Allá en Malvinas no sabíamos cuándo se terminaba. Acá, medianamente, en 15 días se va a terminar. Y de a poquito iremos avanzando, va a haber algunos cambios. Hay una esperanza. Allá estábamos muertos. Así que esto, para los veteranos, al menos, es un juego de niños”.

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