Por Gladys Stagno | A diferencia de otros flagelos, fortuitos o provocados, que ha sufrido la Humanidad, la pandemia de coronavirus no parece tener ganadores. Con efectos devastadores para las economías de todos los países donde la enfermedad apareció –más de 170, hasta el momento-, la oportunidad que sobreviene a las crisis por ahora no se avizora y nadie parece sacarle provecho. Salvo la imagen positiva de Alberto Fernández, que crece en las encuestas. La pregunta es por qué.

“Hay una serie de escenas comunicacionales que armó el Presidente que han sido clave. Una es esa famosa donde él se ubica en el centro, a un costado el kirchnerismo, representado por Axel Kicillof, al otro costado Juntos por el Cambio, expresado por Horacio Rodríguez Larreta. Hay una segunda, que fue unas semanas después junto a Larreta y Kicillof, Omar Perotti y Gerardo Morales, dos gobernadores de Juntos por el Cambio y dos del Frente de Todos. Éstas fueron escenas con las que Alberto Fernández de algún modo le arrebató al macrismo la bandera de la unidad de todos los argentinos y de la finalización de la grieta. Pero, en paralelo, lanzó una serie de políticas expansivas claramente populistas y de intervención del Estado por las cuales continúa expresando su coalición de Gobierno”, sostiene Daniel Rosso, sociólogo y docente universitario.

Según un sondeo de la consultora Analogías del 23 de marzo, el nivel de aprobación a la gestión del Gobierno ante la emergencia sanitaria es del 79% y la imagen positiva personal del Presidente llega al 94%. Por su parte, Córdoba, Zurban y Asociados acaba de publicar otra encuesta donde la aceptación hacia las medidas escala al 97%, y las aprueban incluso los que sienten que afectarán su economía personal, que son la gran mayoría.

Así, el candidato venido de las épocas nértorsistas de la pregrieta para representar la unidad del peronismo, se convirtió –sobre todo en los últimos días- en el elegido para inaugurar los tiempos posgrieta frente a un enemigo común: un virus que nos pone a todos del mismo lado.

¿Cómo se explica este fenómeno? Para Rosso se trata de una estrategia discursiva y política tan acertada como insostenible: “Alberto hizo posible una fórmula imposible, hizo un populismo pospolítico o una pospolítica populista. ¿Por qué es imposible en el tiempo? Porque el principal postulado de la pospolítica es la supresión de los conflictos, esto es ‘unir a todos’. Y la principal premisa del populismo es intensificarlos”.

 

Nadie quiere ser el idiota

El conflicto populista, sin embargo, no tardó en aparecer. Y con él, los enojados. Fue el discurso presidencial del domingo 29 por la noche dirigido sin nombrarlo a Paolo Rocca -CEO del Grupo Techint que había despedido casi 1500 personas durante la cuarentena- el que comenzó a enturbiar la paz.

“De lo que se trata para muchos de esos empresarios es de ganar menos, no de perder. Bueno, muchachos, les tocó la hora de ganar menos. Y así lo voy a hacer respetar», afirmó entonces.

Hasta allí, el componente populista, el del conflicto, fue orientado hacia adversarios precarios que Rosso denomina “identidades residuales”, sujetos identificables sólo en términos negativos: los idiotas, los estúpidos, los bobos, y no faltó quien los llamase ‘los boludos‘. El surfer que se fue de vacaciones, el que salió a buscar una prostituta para no pasar en soledad el aislamiento, el que perseguía pokemones, o el que se disfrazó de Burney para ir a visitar a la novia.

Como en la Argentina todo el mundo teme ser “el idiota”, la opinión pública se apuró a señalarlos para amucharse del otro lado. Pero la bocha cambió cuando el enemigo público al que apuntó el Presidente más popular de la última década fue uno de los hombres más ricos del mundo.

«Ahí se pasó vertiginosamente de un escenario dominado por la pospolítica a otro donde reapareció el conflicto populista más clásico. Y esto coincide con la estrategia del PRO, con su aparato de redes, por eso llegó la respuesta por esa vía”, sostiene el analista.

En efecto, para el martes Twitter empujaba los hashtags #AlbertoElMiserbleSosVos (así, mal escrito) y #QueSeVayanTodos, mientras WhatsApp convocaba a un cacerolazo –sin líderes, como gusta al macrismo- para que los políticos se bajen los sueldos. Cacerolazo a suceder en las ventanas y balcones, los mismos que hasta entonces sólo habían servido para aplaudir a los profesionales de la salud.

“En ese escenario, Juntos por el Cambio vio la oportunidad de intentar recuperar su propia base electoral que se está desplazando hacia Alberto Fernández y para eso están queriendo construir una oferta de identidad nueva porque sus tres banderas se les cayeron –afirma Rosso-. Como pasó con el conflicto del campo, donde se sumó gente que no había visto una vaca en su vida, ahora es la Argentina productiva contra la Argentina improductiva.  Los políticos que tienen enormes ingresos y no producen nada frente a los que producimos. Y dentro de ‘los que producimos’ está Paolo Rocca. Ahí se produce una especie de cadena metonímica donde yo aparezco como igual a ese otro, independientemente de que ese otro sea muy distinto de mí”.

En lo inmediato, la cintura y el estilo presidencial vaticinan que, al menos por ahora, el albertismo intentará desescalar el conflicto. Incluso absorbiendo la demanda –y bajándose los sueldos- para luego generalizarla.

Pero, a la luz de la reciente historia argentina, es justo decir que cada vez que un gobierno que intentó representar a los sectores populares se embarcó en un proceso de confrontación y no lo sostuvo en el tiempo, acabó por representar a los sectores dominantes. Si inclina la balanza hacia un lado o hacia el otro, Fernández perderá el apoyo unánime. Pero si no lo hace, la balanza se inclinará sola. Hacia dónde, todavía está por verse.

 

Foto: Marcelo Carroll / Clarín

 

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