El tipo, visto desde el balcón del departamento del octavo piso, siempre me había parecido idéntico a Wally. Aunque él no salía mucho al balcón; sí, en cambio, cada día lo hacía su mujer, o esa mujer, o una mujer, siempre con un bebé en un brazo y un balde lleno de ropa en la mano izquierda que con movimientos automáticos se ponía a tender en el tender sin soltar al bebé. Wally, o su marido, o su pareja o su hombre, tenía el hábito de salir al balcón en los momentos más insólitos. Llovía, caía una fuerte lluvia de agua y viento, todos los vecinos se apuraban a cerrar ventanas, bajar persianas, pero Wally, sin embargo, salía al balcón metido en una campera con capucha y con un celular en la mano. Hablaba, mandaba mensajes, mientras se mojaba y se mojaba. Al cabo de unos diez minutos se metía en el departamento y cerraba la puerta del balcón. A veces salía, en medio de la lluvia, con una notbuc. Y escribía, y, me imagino, o quiero imaginarme, mandaba correos.

En estos días Wally se fue. Ya no vive en ese departamento del cuarto A. Sí, desde luego, su mujer, o esa mujer, o una mujer, que cada día sale al balcón con un balde lleno de ropa que con movimientos automáticos se pone a tender en el tender mientras le grita al nene que no grite.

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