Por Carlos Saglul | En el cristal de la puerta de entrada del edificio vecino a mi casa, una vecina colocó una foto tomada desde la cámara de vigilancia donde se ve un señor, sin barbijo, haciendo un gesto obsceno. Abajo de la imagen se puede leer, “Cuidado, este delincuente trata de entrar al edificio”. La señora del tercero vive su cuarentena frente al televisor. Escuchó que “se aprovechan de la emergencia para vaciar las cárceles”, “Cristina ordenó armar milicias con violadores y ladrones”.

Aunque después de servir para los titulares de los diarios lo desmintió, la jueza de Ejecución de Quilmes, Julia Márques informó de “176 liberados condenados por delitos contra la integridad sexual”. Dijo que “en un solo día se verificaron igual número de excarcelaciones que en un año”. Seguramente la vecina del tercero no fue la única que no pudo dormir y salió a golpear la cacerola. “No liberen monstruos”, tuiteo la actriz Eugenia “China” Suárez.

La inseguridad, siempre a mano

Más allá de que hay jueces irresponsables -a algunos de los cuales, cuando se escribe esta nota, desde el oficialismo se les está pidiendo juicio político-, quedó evidenciado que “el periodismo de guerra” no perdió su poder de fuego. Negar que el cacerolazo fue importante sería un error del gobierno. Hay natural malestar en la gente que hasta aquí acompañó la cuarentena sin chistar. La derecha quiere aprovecharlo para licuar la credibilidad de Alberto Fernández. Se inició el camino cuesta arriba.

El gobierno, por ahora, dejó la agenda en quienes le desean la peor suerte. El tímido impuesto del uno por ciento a las grandes fortunas por única vez, no es tanto lo que les preocupa a los grupos económicos concentrados, sino la posibilidad de que éste sea el comienzo de intentar poner sobre la mesa el debate sobre la distribución de la riqueza.

Obviamente, la inseguridad siempre a mano sepultó toda discusión: ya no se habla de Paolo Rocca o Mauricio Macri sino de “los violadores, asesinos, narcos que soltaron”. El odio, el miedo, los materiales con los que trabaja la derecha son mucho más fáciles de imponer que la reflexión.

El salario de la traición

Según el secretario General de la UPCN, miembro de la conducción de la CGT y firmante del acuerdo con la Unión Industrial Argentina que permitirá bajarle el 25 por ciento del salario a los trabajadores, los obreros sintieron “alivio” con este pacto ya que “se fijó un piso salarial del que nadie se puede bajar”. Esta paritaria al revés, llevada adelante por los ex socios de Macri y de todos los gobiernos neoliberales, va a contramano de reactivar el mercado interno. Vaca Muerta ya parece imposible de resucitar, Brasil es una preocupación no solamente por lo que dejará de comprarnos sino por las esquirlas de la explosión de la pandemia en su territorio y, “el granero del mundo” es historia. Solo queda robustecer el mercado interno. El gobierno dejo pasar el acuerdo del sindicalismo empresario con preocupante liviandad.

Así como la CGT no parece muy interesada en cuidar el salario de sus representados, los bancos privados dieron créditos con cuentagotas a las pymes para pagar sueldos. Esto a pesar de haber logrado la garantía del Estado. Dice Alfredo Zaiat en Página/12 que “el Banco Central expandió la cantidad de dinero, pero se la entregó a la banca para que se la prestara a las pymes. Como no lo hizo y luego lo hizo en cámara lenta, tuvo disponibilidad de pesos para alimentar la corrida. O sea, el alza del dólar no fue por simple emisión de dinero, sino que esa emisión fue entregada a la banca para que haga otra cosa que la que hizo”.

Las ingenuidades se pagan caras. Los bancos solo saben de especulación y fuga. Obreros que no cobran, ayuda estatal que no llega, pymes que se cierran. Plata que va a la especulación y no a salarios.

Carlos Marx soñó con un mundo en el que la riqueza pudiera ser repartida igualitariamente y la tecnología liberara al hombre “de trabajos embrutecedores que pueden hacer las máquinas”. Tendríamos entonces una generación de científicos, poetas y el salto del conocimiento sería enorme, se entusiasmaba. La tecnología llegó, pero del reparto de la riqueza ni noticias, por lo que ahora “lo que sobra es mano de obra”. Hasta Milton Friedman, líder de la Escuela de Chicago teorizó sobre la desaparición del trabajo proponiendo dos clases de asalariados, aquellos a los que se les pagara el mínimo, y los que serían premiados por su productividad con salarios más altos. En otras palabras, los que apenas “sobreviven” como parias y “los que viven» humanamente.

El coronavirus, por otras razones más coyunturales, plantea también la necesidad de un ingreso mínimo garantizado. Según la Organización Internacional del Trabajo habrá 195 millones de empleos menos para el segundo trimestre de 2020 como consecuencia de la Pandemia. Según el Observatorio “Coronavirus y el Mundo de Trabajo”: a nivel mundial, solo el primer mes de la crisis se cobró el sesenta por ciento del ingreso de los trabajadores informales. En Argentina, la mayoría de la población desempeña trabajos por cuenta propia o en pequeñas y medianas empresas, las más afectadas por la crisis. Para la OIT, si la caída del PIB llegará al 3,8 por ciento, 340 mil personas se sumarían a las filas de los desocupados.

Te puede interesar: La paralización por la pandemia alcanzará al 81% de los trabajadores del mundo

En declaraciones a Canal Abierto, Gildo Onorato, de la conducción de la Unión de Trabajadores de la Economía Popular, señaló que cuando termine la emergencia, la informalidad abarcará a más de 15 millones de trabajadores.

El camino de salida

Mientras la CGT firmaba la baja salarial, otros gremios de esa central y la CTA Autónoma junto a otras organizaciones obreras y de pequeños y medianos empresarios planteaban la necesidad de un ingreso mínimo garantizado por el Estado.

¿Cómo se financiará? Muy simple desde lo teórico, complicado por la relación de fuerzas: recuperando la centralidad de Estado en el reparto de la riqueza. El tema de la salud pública no puede resolverse al margen del equitativo reparto de la riqueza como lo demostró claramente Ramón Carrillo, a quien el peronismo debería acudir más asiduamente.

El impuesto del uno por ciento a las grandes riquezas es positivo pero no suficiente, por más que ni eso quieran pagar los que se enriquecieron fundiendo al país. Hay que derogar la Ley de Entidades Financieras, intocable desde la dictadura militar, intervenir a los bancos de manera de manejar el ahorro público, establecer una verdadera equidad impositiva, pues no hay país que salga de una crisis tremenda como la que estamos con los ciudadanos de menos ingresos solventando el 80 por ciento de la recaudación.

Quienes hasta ahora “toleraron” la buena imagen del Presidente al frente de la emergencia, no van a tolerar un New Deal a la criolla ni nada que se le parezca, ellos se sirvieron siempre del Estado, nunca pusieron un mango y no lo van a hacer ahora. Lo han demostrado en la pandemia, no les importa la vida de sus congéneres. Si es necesario gritar “Viva la Muerte” como buenos fascistas, lo harán con tal de enriquecerse un poco más. Si Alberto Fernández cede, pierde todo su capital político. Solo le queda salir por delante, pero para eso tiene que recuperar la agenda. Hablarle claramente a los argentinos, movilizarlos, para que esta crisis le dé la razón cuando reflexionó: “quizá sea la oportunidad de un orden más justo”.

 

Ilustración: “El Guernica del coronavirus”, por Marcelo Spotti

Recibí más periodismo de este lado

Nuestros temas