Redacción Canal Abierto | Cuando, en 2014, los integrantes de la organización social Proyecto Comunidad se propusieron darle conectividad a la Villa 20 a través de una red comunitaria de Internet, la pandemia no estaba en ningún horizonte imaginable. La utilidad que la red Atalaya Sur tendría en este contexto, tampoco.

“La red es muy provechosa porque nos permite la comunicación con nuestros familiares y amigos”. “Antes gastábamos mucho dinero comprando la tarjeta telefónica y nos sirve de mucho”. “Uso la red más que todo para hacer mis trabajos prácticos y las actividades de la escuela, específicamente en estos tiempos es fundamental”, son algunos de los testimonios de las vecinas y vecinos de la Villa 20, de la zona sur porteña, que, gracias al tendido de puntos de conexión a lo largo del barrio, pueden conectarse, informarse y continuar su escolaridad sin romper el aislamiento obligatorio.

“En 2014, veíamos una necesidad política y estratégica de que los sectores populares se apropiaran de las tecnologías. En ese marco empezamos a conformar, en Villa 20, una red comunitaria de Internet”, relata Manuela González Ursi, coordinadora de Atalaya Sur, el nombre que finalmente adquirió el sistema que hoy conecta a gran parte del barrio.

Eran tiempos donde la llamada Ley de Medios estaba en agenda y para los miembros de Proyecto Comunidad –que impulsan cooperativas de vivienda, talleres de formación, la FM La Patriada y el Café de los Patriotas, entre otras iniciativas- la “apropiación popular de la tecnología como herramienta de organización y democratización de la comunicación” se volvió un experimento necesario de intentar.

“Nosotros veníamos ya dando la discusión en términos de comunicación desde lo radial, y en un momento se plantea esa situación: si queremos discutir el derecho a la comunicación, que haya poblaciones numerosas que estén exentas del derecho a Internet no solamente va a tener incidencia en el derecho a recursos educativos, laborales, etc., sino a la formación de opinión pública y visibilización de las experiencias”, detalla Manuela.

Y es que en la Villa 20 no hay proveedores privados de Internet. El mercado, simplemente, no considera que allí haya consumidores potenciales y no presta el servicio. Para conectar a esa población se requería, entonces, de una lógica distinta de la mercantil.

 

El proceso

Primero debieron conseguir banda ancha y después “un proceso organizativo que permita en territorio desplegar infraestructura, y que los vecinos y las vecinas del barrio se apropien de esa tecnología”, recuerda la coordinadora.

Como nadie venía “del palo de la tecnología” fue la Universidad Tecnológica Nacional la que prestó ayuda para realizar un primer estudio de factibilidad. A través del único proveedor privado que prestaba servicio en Villa Lugano, consiguieron la banda ancha y realizaron un enlace dentro de la villa por aire.

“Contratamos un precio mayorista y lo redistribuimos en el barrio de dos maneras. Al principio fue gratuita. Instalamos puntos de acceso público en las calles y ahí está la cuestión comunitaria: los vecinos y vecinas que participan de la red ponen a disponibilidad su casa, el único requisito es que esté de frente a una de las calles, y a una altura de un primer piso se pone una antena que irradia una onda de Internet, de wifi, de 100 metros. Cubre toda la cuadra. Metimos 27 puntos y cubrimos el 70 por ciento del barrio”, explica la coordinadora.

La experiencia comunitaria, inédita en una zona urbana en toda Latinoamérica, obtuvo resultados imprevistos. Los habitantes de la Villa 20 se ahorraban costos telefónicos porque se comunicaban por WhatsApp, otros se acercaban porque –ahora que tenían Internet- querían aprender a usar otras aplicaciones de sus dispositivos móviles. El barrio se llenó de chicos en las veredas navegando en sus computadoras escolares del Plan Sarmiento.

A partir de esa demanda comenzaron las capacitaciones en alfabetización digital y la utilidad de crear un portal con información sobre el barrio y con contenidos locales, por el que debieran pasar cuando se conectasen. “Entonces se armaron experiencias audiovisuales, de redacción, que son los que hoy arman el contenido de la Web –cuenta Manuela-. Compañeros jóvenes hoy son parte del equipo técnico del local del territorio, se fomentaron vocaciones tecnológicas: pibes que pasaron por los talleres hoy están estudiando en escuelas técnicas”.

 

 

Lo que el neoliberalismo dejó

Después vino el macrismo. Y la supervivencia. Se cortaron las líneas de financiamiento y de los 27 puntos de conexión sólo quedan activos 12 porque se fueron cayendo “y no teníamos la guita para poder repararlos”, explican. Para sostener la red pública, desde Atalaya Sur implementaron una red domiciliaria, donde los vecinos que pueden aportan un promedio de 400 pesos mensuales.

Para cuando llegó la pandemia y el aislamiento, la red comunitaria se convirtió en la única herramienta para muchos de los vecinos y vecinas de la Villa 20 que les posibilitó quedarse en casa. “Los barrios quedaron muy aislados porque, justamente, la medida de cuarentena fue muy difícil de respetar, por situaciones de hacinamiento, de déficit habitacional. Gracias a Atalaya Sur muchos pueden hoy resolver, por ejemplo, la continuidad educativa”, asegura Manuela.

Hoy la pelea es por extender la red y lograr que el Estado se encargue de que suceda. El cálculo de la organización evalúa que, si se logra conectar 500 hogares, se llega a un punto de sustentabilidad que le permite a la red funcionar sola. Para eso se necesita una inversión inicial y existe, de hecho, un Fondo de Servicio Universal –que gestiona el Ente Nacional de Comunicaciones (Enacom)– destinado a la universalización de Internet que podría solventarla. El mismo se financia con el 1 por ciento de la facturación de los prestadores privados del servicio y se ejecuta a través de distintas licitaciones. Sin embargo, hoy por hoy los requisitos para acceder a él no contemplan zonas urbanas, por lo que las villas, de poblaciones numerosas, quedan por fuera.

Para Manuela, la conclusión es sencilla: “Se trata de mostrar que experiencias como las nuestras, de redes comunitarias, sin fines de lucro, con otra perspectiva, están dando solución a territorios a los que el mercado no les dio solución. Si se generan fondos, estas experiencias son capaces de ser multiplicadas”.

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