Propongo que desde hoy, cada día, a las tres de la mañana, todos hagamos sonar nuestras cacerolas en repudio a las autoridades que le han prohibido a Nicolás Wiñazky conocer a su sobrina recién nacida. Todos sabemos que el nacimiento de un sobrino o sobrina constituye un momento fundacional en nuestra vida. ¿Qué sería de la PATRIA sin sobrinos? Aprovecho, también, a pedirles como ciudadano de a pié, que en ese cacelorazo nos caguemos en todos los familiares de víctimas de la peste a las que no han podido decirles chau. Ni siquiera chau.

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