Estoy por completo a favor de la llamada soberanía alimentaria. Es que presumo que a partir de la instauración de esa llamada soberanía alimentaria podré alimentarme cada día como se me dé la gana, es decir, como un soberano, es decir, como un tipo que se gobierna a sí mismo sin estar sometido política ni económicamente a otro. Sin deberle nada a nadie.

Si la ahora oficialmente llamada soberanía alimentaria logra recuperar las estupendas praderas que han sido arruinadas por el monocultivo de soja transgénica; si la ahora oficialmente llamada soberanía alimentaria tiene el propósito de que tierra, agua, aire y gente nunca más acaben intoxicados a causa del disparatado empleo de plaguicidas simplemente mortíferos; si la ahora oficialmente llamada soberanía alimentaria logra, entre tantas otras cosas, frenar el éxodo de chacareros y pequeños productores hacia los suburbios de las grandes ciudades porque han sido desplazados por cultivos transgénicos que emplean contados trabajadores, entonces sí, apoyo la soberanía alimentaria que promueve el gobierno.

Hace años, en la isla Del Corte, sobre el río Gualeguaychú, Montenegro, pescador bohemio, conocedor del río y sus historias, me dijo, entre tantas otras cosas: “El pescado casi no lo vendo. ¿Querés pejerrey? Bueno, llevátelo y traeme un paquete de fideos, una botella de aceite, y te vas a la puta que lo parió. Cuando llueve estás jodido, la lluvia arrastra todos esos remedios de la soja para acá y mata todos los pescados, pero ellos, los de la soja, dicen que no. En los tiempos en que no plantan soja, pescado hay. Y también el fertilizante ese que le ponen. Queda todo el río aceitoso. Al sábalo no le hace nada, pero vos lo agarrás, lo sacás de la red, y ves el manchón de aceite. Yo lo he comido, porque no puedo elegir, loco, y a las horas se te viene para arriba una cosa como combustible, lo eructás, loco, el estómago no lo quiere más, se te viene como un combustible para la boca. A las dos horas, dos horas y media que lo comés, ya te empieza a trabajar el estómago, lo eructás y sale como un olor a gas, como una cosa amarga. ¡No hay culo con qué darle, hermano!”.

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