Nueve de la noche del martes 16 de junio del año 2020. Televisión. Canal LN+.

No habla, no consigue hacerlo. Vocifera, gime, gargajea, echa espumarajos. Lleno de ira frunce nariz, ojos y boca. Las venas de su cuello marchito dan la impresión de estallar en cualquier momento. De pronto hace silencio, mira de reojo a sus panelistas, y al cabo de unos segundos, con un timbre de voz de eunuco enardecido, vuelve a caer en una erupción de maldiciones: ¡todos los días me dicen que viene el monstruo, que viene el monstruo, que se viene el monstruo! Meten miedo con la cuarentena. Usan un manual de guerra. ¡Mamita, es la guerra, hay que ponerles límites a esta gente, porque se quieren llevar el país puesto, se lo quieren llevar con la Justicia, con la Corte Suprema, con la pandemia, con la economía! ¡Meten miedo! ¡Basta! ¡Todos los días me están diciendo que viene el monstruo, que viene el monstruo! ¿Y Vicentín? ¿Eh? Con este ejemplo los dueños de los quioscos se dicen: che, cualquier día van a venir por mi quiosco. ¡Meten miedo, meten miedo, y los empleados de TELAM son cómplices de esto!

Al verlo y escucharlo no lleva más que segundos caer en la cuenta de que se trata de una persona que padece un trastorno cuyos rasgos más distintivos son apoyarse en detalles de la realidad e interpretarlos de manera antojadiza; que tiene certeza de que continuamente lo vigilan y persiguen; que presume haber sido elegido para llevar a cabo una misión de suma importancia en el mundo. Una persona que sufre alteraciones en el pensamiento, en su capacidad de asociar ideas; que en el interior de su cerebro conviven voces y sensaciones que él considera reales aunque no lo son. Una persona, en fin, que ha perdido por completo la facultad de la percepción y es víctima de un embotamiento intelectual y afectivo.

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