Por Hernán López Echagüe | Jemmy se convirtió en una secreta obsesión para muchos miembros de la Marina Real. El fantasma de ese joven yagán que manejaba un buen puñado de palabras en inglés y que, por sobre todas las cosas, había sido catequizado, persiguió a lo largo de los años a los navegantes ingleses que eran enviados a Tierra del Fuego. Alentados por las historias referidas por FitzRoy y Darwin en sus diarios de viaje, no fueron pocos los que alcanzaron la bahía de Wulaia en busca de Jemmy.

El reverendo George Pakenham Despard, secretario de la Misión Patagónica, fue acaso el principal promotor de una continua búsqueda que condujo a la muerte accidental a varios marinos y, a otros, a ser asesinados por los yaganes en un episodio que jamás llegaría a aclararse por completo.

Los ingleses volvieron a saber de Jemmy en el verano de 1856. El capitán Snow, comandante del Allen Gardiner y emisario de Despard, atravesó el estrecho Ponsoby y bordeó la isla Navarino al grito de «¡Jemmy Button!». Su grito resonó a lo largo del Estrecho de Murray, luego en la costa oeste de la Isla Hoste, donde un grupo de yaganes pescaba. Snow se quedó sin aliento cuando un indígena «robusto, salvaje y desaliñado»–como el capitán había de describirlo en su diario–, saltó de su canoa, subió a bordo del Allen Gardiner y dijo en un inglés arrastrado y precario: «Jamm-mus Button, yo!». Estaba desnudo, sucio, y tenía la cara surcada de trazos coloreados.

Despard había ordenado a Snow que llevara a Jemmy a las Malvinas, donde se encontraba un grupo de misioneros. Pero el fueguino se negó.

La oposición de Jemmy no desalentó al reverendo. Es que Despard confiaba ciegamente en que el indígena iría a las Malvinas, escucharía a los hombres de la Misión e iniciaría todo el proceso de conversión y educación de los yaganes. De modo que continuó enviando emisarios. Y su obstinación dio resultado.

En junio de 1857 el Allen Gardiner, comandado por el capitán Fell, recogió a Jemmy y su familia en Wulaia y los llevaron a la Isla Keppel, a pocas millas de la Malvina Occidental. Los testimonios de la época, todos ingleses, desde luego, aseguran que el fueguino aceptó embarcarse sin que mediara ningún tipo de coerción física.

Jemmy pasó allí cuatro meses y luego regresó a Wulaia. A partir del reencuentro con el fueguino, diversos grupos de yaganes fueron trasladados por los ingleses a la Isla Keppel para recibir instrucción religiosa y enseñanza del inglés. Fue debido a un incidente con uno de estos grupos que se originó la masacre.

En los documentos que conservan los ingleses acerca de sus misiones a Tierra del Fuego, se refiere que todo comenzó cuando Despard ordenó requisar los bolsos de un grupo de yaganes que era trasladado de regreso a Wulaia en el Allen Gardiner. Los marineros los acusaban de haberles robado algunas pertenencias. La inspección se realizó a pesar de la tajante oposición de los indígenas, que forcejearon duramente. Los yaganes volvieron a su tierra sumamente disgustados.

A la mañana siguiente, el capitán Fell y su tripulación decidieron llevar a cabo un oficio religioso en la casa que la Misión había construido en la playa de Wulaia. Desarmados, los ingleses ingresaron en la casa y se hundieron en un himno que prontamente fue interrumpido por decenas de yaganes. A los gritos, portando piedras y palos, los indígenas irrumpieron en la misa y se precipitaron sobre los marinos.  Todos fueron asesinados. Sólo el cocinero de la nave se libró de una muerte segura.

Enterado del hecho, el gobernador de Puerto Stanley, Moore, resolvió realizar un juicio para apurar las responsabilidades. Primero declaró Alfred Coles, el cocinero del Allen Gardiner, que sin prueba alguna hizo hincapié en señalar a Jemmy como instigador de la matanza. La posterior declaración del fueguino, no obstante, echó por tierra esa versión, a tal punto que en su informe final el gobernador Moore subrayó que los yaganes habían sido trasladados a la Isla Keppel contra su voluntad, y una vez allí se los había tratado como esclavos. Moore, por lo demás, ordenó que la inmigración de fueguinos a Malvinas debía cesar.

En esa audiencia pública los ingleses vieron y escucharon por última vez a Jemmy.

Enfermo, lleno de deudas y abatido por el fracaso de su sueño, el capitán FitzRoy se cortó el cuello con una navaja en la mañana de un día de abril de 1865. Tenía cincuenta y nueve años.

Charles Darwin murió en 1882. Antes, claro está, revolucionó las inamovibles creencias de la humanidad con la publicación de El origen de las especies. A propósito del viaje en el Beagle, escribió en su Autobiografía: «En esta época yo había llegado poco a poco a comprender que el Antiguo Testamento, a partir de su historia manifiestamente falsa del mundo, con la Torre de Babel, el arco iris como signo, etcétera, etcétera, y de atribuir a Dios los sentimientos de un tirano vengativo, no merecía más confianza que el libro sagrado de los hindúes o las creencias de cualquier bárbaro».

Fuegia Basket fue vista por última vez en la Isla London, en 1883. Estaba vieja y enferma; vivía con los yaganes y temía ser estrangulada por éstos.

York Minster fue asesinado en una fecha improbable por los parientes de un hombre a quien él había matado.

Jemmy Button murió en 1864, durante una terrible epidemia de viruela que acabó con la vida de cientos de yaganes. La dolencia había llegado a Wulaia en los cuerpos de unos ingleses cazadores de focas.

Cuando el Beagle ancló por primera vez en la costa de la Isla Navarino se supuso que los yaganes eran seis mil. Se cree que el último yagán murió en 1960.

 

Jemmy Button (I) | En la primera entrega de la serie Lecturas de cuarentena, el inicio de una aventura colonizadora que unió al capitán ingles Robert FitzRoy, a un joven Charles Darwin y a un niño originario de Tierra del Fuego.

Jemmy Button (II) | En esta segunda entrega de historias para leer mientras pasa la pandemia, el final de la aventura colonizadora que unió al capitán inglés Robert FitzRoy y a un joven Charles Darwin con un niño de Tierra del Fuego: “Cuatro yaganes en Londres”.

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