A poco de llegar me sorprende la primera luna. La descubro en una de las quince láminas que ha creado ayer. Luna opaca, casi extraviada en el canto izquierdo superior del cuadro, todo ocre y desierto, de cactus y maleza de trazo grueso, atrevido, apremiante. Escucho la segunda luna de Bachicha cuando él me dice: “Nunca salí con un caballete porque no me gusta hacer pinta. Además, creo que tratar de pintar lo que uno ve exactamente es como robar, es como robar a la naturaleza, quitarle algo, tratar de encerrarla. Yo tomo a la naturaleza como a la vida humana y la amoldo a mi punto de vista, la transformo. Soy figurativo, simbolista”.

Le pregunto por sus lunas, algunas redondas e implacables, otras baldías y necesitadas, diminutas, que puedo apreciar en buena parte de su obra. Experimenta por ellas una rara atracción; funcionan como un punto focal al que debe dirigir la mirada. Le causa, la luna, un efecto hipnótico. A través de los cristales de la pequeña ventana, de cara a la plaza de deportes de Carmelo, entreveo un cielo de gotas, abatido por la bruma, apolillado. Con la niebla invadiéndome la mirada me pongo a contemplar las paredes de este altillo apretado, piso de madera, techo de chapas. Una fotografía de Che Guevara; abajo, en tiza y carbón, ojos macilentos que espían al otro lado de barrotes de acero; más allá, un cuadro abismal, serie de cabezas cuyos ojos despiden una expresión de desespero, y un desierto donde se ve una silueta gibosa, en extremo solitaria, errando por una geografía yerma; luego, otra silueta, pero esposada. No hay superficie libre. En cada rincón hay cuadros y láminas apelotonados; anaqueles repletos de tarros de pintura, pinceles, cajas de cartón, libros, enduído, fotografías, robustas carpetas que apila en mis narices. Cada carpeta es un minucioso fragmento del acervo de su vida. Recortes de artículos periodísticos, fotografías de sus obras, de los imponentes murales en Barlovento y bodegas Irurtia, relatos breves. Bachicha no puede estarse quieto. Se desplaza de uno a otro lado en tanto masculla palabras indescifrables. Me acerca un estuche de pana verde en cuyo interior encuentro una medalla. Es la orden “Cavalieri delle Arti”, que en octubre del año 2000 le entregó la Academia Araldica Universali, La Crisalide di Belle Arti de Catania, Sicilia. Es el único artista plástico uruguayo que cuenta con una distinción de esa naturaleza.

Ahora, la luna que empieza a salir de su boca tiene fecha exacta, número, y es amarga. Estaba a poco de conseguir una beca para instalarse un tiempo en España, pero lo arrestaron sin razón alguna, como al infortunado señor K., de Kafka, y sin decirle palabra lo condujeron al penal de Libertad. Cargos fraguados y en demasía: asociación ilícita, atentados, intimidación. Un supuesto tupamaro, en fin, digno de ser encerrado. Ocurrió el 13 de enero de 1973. A lo largo de seis años y medio fue el preso número 1509. Me enseña las cicatrices en las muñecas, refiere las quemaduras con brasa de cigarrillo por todo el cuerpo, el páncreas desintegrado por las habituales golpizas; recuerda, entornando con gravedad los párpados, la agonía y posterior muerte de su amigo Chiquito Perrini, de Carmelo también, a causa de las torturas padecidas en el presidio. “En la cárcel pintaba mucho como una forma de evadirme. Trabajaba de encuadernador por la mañana y a la tarde pintaba para los compañeros, que me pedían cuadros para mandar a la familia. Pero muchos se los quedaban los milicos. Pintaba mucho cristo porque lo tomaba como un símbolo del martirizado. Calculo que debo haber pintado unos cinco mil cuadros en el penal”. Algo le ha causado gracia, porque de pronto deja escapar una sonrisa débil. “Cuando me largaron, me dijeron que debía pagar 34 mil pesos por la estadía. Pedí un crédito en el Banco de la República, y nunca lo pagué. Que lo paguen ellos”.

Toda su obra exhala una tortuosa pasión. Imposible permanecer con el ánimo inmóvil, quedo, durante la contemplación de sus cuadros. A la hora de ponerse a trazar paisajes y siluetas y cabezas cargadas de un feroz impresionismo, echa mano de lo que tiene al alcance: tiza, cera, arena colada, óleo, vinílico. “Nunca tengo una idea previa, surge. Tiro el color arriba y voy viendo lo que voy armando, lo que va saliendo. Un día estaba pintando una mujer desnuda, me salió un barco, y terminé haciendo un puerto”.

Ricardo “Bachicha” Rodríguez continúa buscando. Ahora, entre las manos, tiene un pasaje de avión que lo conducirá hacia Barcelona. “Y ya no regresaré. Nunca más”. Y le creo. Lo ha dicho con firmeza, y, desde luego, un dejo de melancolía. Parece que Bachicha anda a la caza de lunas nuevas. España. Vaya paradoja. Destino que veinte años atrás echó por tierra la furiosa persecución militar y policial. Bachicha partirá hacia allá, con sus sesenta y cinco años a cuestas, su larga cabellera cana y esos ojos que por momentos dan la impresión de bordear un despeñadero. Como alunados.

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