Fue a mediados de los sesenta en un asado familiar en la quinta de Villa Udaondo, Castelar, en el quincho arruinado de la casa que él había construido en un terreno que había comprado por pocos pesos allá por 1932. ¡Una ganga!, decía él. Calle Julián Balbín entre De los Reseros y De la Vidalita. Casa en la que vivía. Mi tío abuelo. Es decir, el tal él, es decir, Cango. Tipo de campo. Ese día, en el almuerzo, don Cango recibió de regalo, vaya uno a saber de qué invitado, una caja de cartón decorada con firuletes y unos signos crípticos: 優質刀. Se puso de pié, abrió el regalo con una sonrisa de agradecimiento y cuando vio el contenido la sonrisa se le fue al diablo y asomó una cara fruncida. Eran seis cuchillos con dientes y mango de madera. “Perdón, ¿pero para qué se usa esto?”, preguntó. “¡Es el nuevo cuchillo para los asados, Cango!”, gritó alguien desde la otra cabecera de la mesa de caballetes. Mi tío abuelo tomó un cuchillo, le tocó los dientes, una y otra vez, con la punta del dedo gordo. Le acarició el mango. “¿Para el asado? ¡Pero este coso despedaza la carne, m’hijo!”. Puso el cuchillo dentro de la caja, la cerró. “Ahora sí que el mundo está perdido”.

Un visionario mi tío abuelo Cango. Porque así empezó el desmoronamiento. Dientes. Ausencia de filo.

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