Por Rubén Mira* (para Revista Ignorantes) | La muerte de Diego Maradona tendrá consecuencias políticas profundas que en medio de un dolor tan inédito como inexplicable obligarían hoy al balbuceo. Ya habrá tiempo para procesarlas a nivel orgánico y de metabolizar su efecto sobre nuestra posibilidad de hacer comunes, de volvernos otros. Estas líneas, escritas desde un dolor tan agregado como innecesario, se limitan a desahogar parte de lo ocurrido en Plaza de Mayo, la Casa Rosada y sus alrededores.

Quienes estuvimos reunidos en la plaza vimos cómo nuestro legítimo dolor, nuestra hermandad en él, fue reconducida a un apretuje de conveniencias, a una ansiedad de sucesos. Es decir, fuimos desalojados de nuestra experiencia anímica para ser obligados a vivir el paso a paso de un funcionamiento. Este desplazamiento es más canalla aún que la represión. Diría, incluso, que la represión es un componente aleatorio, circunstancial. Porque este desplazamiento significa una derrota política mayor, de otra envergadura. Quienes ahí deberíamos haber estado tratando de ponerle palabras a nuestra desolación terminamos hablando sobre la posibilidad de que a Diego se lo llevasen en helicóptero igual que a de la Rúa. En lugar de interrogarnos sobre qué nos pasaba en las lágrimas y los cantos que compartíamos, fuimos obligados a los celulares, al cálculo de trayectorias posibles del cortejo, de horarios de salida. En lugar de experimentar lo que nos estaba pasando en nuestro dolor terminamos pendientes de lo que ellos estaban haciendo con el dolor ajeno.

Todo, de antemano, pintaba mal. Un velorio de diez horas para una concurrencia estimada en un millón de personas como mínimo, según los datos que manejaba el gobierno. La constante acumulación policial frente a una multitud doliente y fiestera, dispuesta a celebrar su dolor a como dé, en tanto y en cuanto su aguante por Diego es también parte de un aguante anti esclavo, anti cheto, pero, sobre todo, anti yuta. Todo estaba dado, cuadriculación de control y escasez de posibilidades, mucha gente junta, poco tiempo, circunstancias emocionales excepcionales, potencias mal evaluadas. Hacía falta que solamente alguien prendiese la mecha. Bastó con que la rosca se antepusiese a la sensibilidad básica y que el flujo de maradoneanxs que pasaban frente al féretro se interrumpiese momentáneamente para que Cristina pudiese sacarse tranquila y en soledad la foto frente al cajón y comenzó el descontrol. Reprimieron en la puerta de la Casa Rosada y adentro también. Los ojos que habían entrado llorosos salían destruidos por el gas que la seguridad de la Rosada les había arrojado en la cara.

Se comenzaba a destruir así una posibilidad única: el encuentro doliente en torno a la muerte de Diego Maradona, una experiencia colectiva extraordinaria que sólo podía ocurrir acá, en Argentina, y que tal vez podría haber significado una nueva instancia de auto reconocimiento. ¿Quién podía pensar que no iba a pasar nada cuando anunciaron que el velorio de Maradona solo duraría hasta las 16 hs.? ¿Quién podía dudar de que todo se saldría de cauce cuando a las 14 hs. aún había una cola multitudinaria que llegaba hasta la Avenida Garay y que esperaba bajo el rayo del sol desde temprano, su turno para pasar unos segundos por delante del féretro de Diego? ¿Quién podía conjeturar que se iban a quedar en el molde cuando les dijeran que dos horas antes de lo previsto debían volverse a sus casas con su dolor a cuestas sin poder despedirse de Maradona? ¿Quién pensó que esto podía salir bien?

¿Nadie evaluó que esa multitud necesitaba más que en cualquier otra circunstancia presenciar tanta muerte en ese cuerpo, ver, aunque sea en un cajón, el testimonio de que Maradona había muerto? Pero todo empezó antes, y no es excusa lo sorpresivo, la falta de tiempo. Hubo tiempo de sobra para planificar. Nosotrxs, los que embarcados en la negación del dolor frente a lo evidente, podíamos darnos el lujo de la esperanza; pero se supone que nuestros gobernantes deben prever situaciones de crisis a nivel nacional cuando el desenlace está frente a sus narices. ¿Cómo puede ser que el gobierno, después de la operación de Diego, no se haya interesado a fondo sobre su salud y al menos realizado conjeturas acerca de su posible muerte, y sobre las consecuencias de organizar el dolor multitudinario que vendría con ella? ¿Cómo puede ser que los políticos profesionales no hayan calculado al menos la probabilidad y el modo de administrar una situación libidinal única, que marcaría profundamente las posibilidades de establecer diferencias políticas identitarias a nivel de las vidas y las sensibilidades que están representando? ¿No es acaso el modo de construir comunes en torno al dolor por nuestros muertos donde se juega la diferencia fundamental entre nosotrxs y nuestros enemigos?

Es indigno echarle la culpa a la Policía de la Ciudad. Ellos, era sabido, harían su “trabajo”. Y lo hicieron. ¿Por qué los dejaron hacerlo? ¿Qué hacían ahí? ¿Si los veíamos nosotrxs, no los veían ellos, que tienen la función de dirigir? ¿Fue la Ciudad la que acordó la duración del velorio, la que decidió cerrar las puertas para que entre la vice presidenta? ¿Fue la Ciudad la que anunció un alargue que no se cumplió y la que cambió el itinerario del cortejo en una burla final? La delegación de responsabilidades hacia la familia de Diego hace aún más patética la simplificación. En el comunicado oficial, en las declaraciones de Fernández, en la vulgata de los medios oficiales, se hace responsable a la familia de haber pedido un velorio corto, de haber elegido la Casa Rosada, de haber decidido no continuar con el velorio y llevarse a Diego casi a escondidas, evitando la multitud, de espaldas a nuestro dolor y a nuestra necesidad doliente. Se ampara esta delegación en una certeza pueril: la familia debe decidir porque ellos son los más afectados por el dolor. ¡Increíble! Como si la muerte de Diego Maradona fuese una situación familiar y no una circunstancia política excepcional para el país que conducen, con repercusiones en todo el mundo. ¡El presidente dice que él solo se puso a disposición de la familia! ¿Pero no era ésta, a todas luces, una circunstancia política trascendente, en tanto ponía en juego no solo avientes posicionamientos políticos, la afinidad de Diego por el peronismo, su cercanía con los desposeídos, sino sobre todo la disputa por los regímenes de deseos, elaboración de sueños y fantasías y, sobre todo, los modos de pensarnos en común?

El desastre ocurrido es consecuencia de una declinación o de un adormecimiento político que a esta altura resulta programático. Estamos hablando de los mismos dirigentes que hace años velaron en encuentro popular multitudinario al jefe epocal del peronismo, Néstor Kirchner, de manera prolija y profesional, sin daños colaterales. Entonces supieron hacerlo, ¿Por qué ahora no? ¿No era ésta una oportunidad mayor aún, más relevante, que reclamaba decisiones más certeras? ¿Qué necesidad política funcional se fundamenta en el desprecio fáctico por los sectores más expuestos a la desigualdad económica y el desamparo afectivo?

Era imposible no velar a Maradona, por más Covid que hubiera. Era imposible. Tal vez en eso hay que coincidir con Fernández. Pero para hacerlo así , hubiese sido mejor no hacerlo. ¿No hubo nadie que supiese plantear blanco sobre negro la situación a la familia logrando consensuar un velorio como se había planeado inicialmente, de 48 hs.? ¿Nadie pudo ir más allá del comprensible dolor y llanto de Claudia Maradona y tomar la conducción de un acto multitudinario y un dolor sin precedentes? ¿Nadie supo explicarle a ella y a sus hijas que ahí afuera había millones de familiares de Diego esperando para despedirlo, que ellos también eran su familia, tanto o más que ella y sus hijas? ¿No hubo, en todo caso, nadie capaz de ir más allá de lo emotivo y, llegado el caso, plantar bandera de autoridad y decidir que el velorio debía seguir hasta que todos los que querían pudiesen despedirse? No es mucho lo que estamos pidiendo con estas preguntas. Conmover, negociar, imponer, forman parte básica de la tarea de gobernar. En definitiva, argumentar que en la Plaza de Mayo el desastre vivido se debió al respeto por las decisiones de la familia responde a la misma lógica que sostuvo que el desalojo a los palos en Guernica tuvo que ver con una orden de un juez.

Orden del juez, voluntad de la familia. Delegación de la imaginación política a una resignación pusilánime de restauración de un sentido común de esclavos.

Mismo sustento de lógica política para dos hechos que parecen estar sólo ligados por la actitud represiva, pero que significan un avance progresivo hacia una derrota peligrosa y abismal. Después de ver las casillas prendidas fuego en Guernica, fue posible pensar que no podía haber una ruptura más profunda entre la base social propia y el gobierno, entre la rosca y la fiesta, entre ellos y nosotrxs. Las casillas prendidas fuego fueron no sólo una realidad ineludible ligada a la represión insólita, sino una herida simbólica clavada por su autor, Sergio Berni, como una cabeza en una pica en la muralla de la cultura de la imagen. Pero hoy, de manera chapucera y hasta podría decir inconsistente, fueron aún más allá, transformando con sus manejos impresentables esa reunión de hermanos en una arrebatiña, como si el féretro hubiese sido ya no el fuego de un fogón igualitario de voces y llanto y encuentro, sino un puñado de huesos tirados a la marchanta. Y llegaron al reducto de lo que todavía podía unirnos, con consecuencias que aún no se pueden medir, pero de las que sin duda son responsables.

Cuando se produjo el desalojo de Guernica pedimos la renuncia de Berni. Hoy, ¿quién debería renunciar? ¿Cafiero, De Pedro? Los efectos del desastre son disimulados por el ámbito futbolero del velorio popular. No pasó nada, corridas de cancha. Pero si nos detenemos en el comunicado oficial y las declaraciones de Fernández las similitudes son aún mayores: allá en el sur fueron las organizaciones de izquierda, hoy se habla de fanáticos y gente subida a las rejas, como si no hubiese pasado nada antes, como si no hubiese habido una rendición previa a lo que, sin duda, si se lo manejaba de esta manera iba a pasar. ¿No será el momento de dejar de pedir renuncias para exigir de todas las maneras posibles el cambio de una lógica política que nos sigue empujando hacia un desasosiego que va más allá incluso de una posible derrota electoral y se aventura hacia un derrumbe anímico necesario para la denigración final de lo político como modo de estar juntos?

Murió Diego y no pudimos llorarlo como merecía y como merecíamos. Los culpables fueron “los inadaptados de siempre”. Una nueva trampa política fue plantada, nos transformamos en lo que dicen que somos y nos reivindicamos fiesta enfrentando a la cana, copando la Rosada, separados una vez más de los que están ahí, los caretas, los yutas, los corbatas. Pero el dolor por la muerte de Diego es tan sabio que incluso este orgullo del agite, este diferencial en sí mismo no nos conforta del todo: ellos se zarparon y nosotrxs la pudrimos, sí, pero lo que necesitábamos que ocurra no pudo ocurrir, hay un dolor adicional.

El dolor por la muerte de Diego sostiene diálogos abiertos sin terminar, señala incertidumbres, nos impide situarnos afuera. La muerte no pudo evitarse, el dolor agregado, en cambio, se podría haber evitado. Y en su muerte Diego hubiese podido llevar, como sucede con todos los grandes temas vitales que su significación pone en juego, la función reparadora del dolor a dimensiones colectivas nunca antes pensadas; hacernos común, volvernos otros. ¿No es también la historia la evaluación de aquellos posibles latentes que lo ocurrido transformó en imposibles? ¿No deberíamos habilitar lo contrafáctico para sopesar responsabilidades históricas concretas? ¿No es lícito desear conjeturalmente un velorio reparador en lugar del mamarracho en el que nos metieron y la encerrona identitaria a la que nos empujaron?

Una reparación maradoneana, incluso de la idea de cuidado y de autocuidado, manoseada y destruida como valor político diferencial en el tratamiento que el gobierno hizo de la crisis pandémica, pero que se remonta a la desmovilización posterior a las PASO y se ejemplifica en el desmovilizador trámite de la ley de aborto legal en curso, impulsada sin debate ni participación de la marea verde y sus potencias. Porque si algo caracteriza a este gobierno es su progresivo distanciamiento de la fiesta como modo de respaldo anímico para gestionar la política como imaginación de nuevos posibles, un temor a la vitalidad insumisa de ese nosotrxs que la propia Cristina le señaló a Fernández como apoyo ineludible, en aquella otra plaza esperanzadora, tan lejana y bastardeada.

Ahora sabemos con una certeza fortalecida por el daño recibido que de lo que debemos cuidarnos es de esta lógica política pusilánime, que siempre se inclina hacia el lugar común, la legalidad más pacata y sensiblera para fundamentar un pragmatismo tan débil como reaccionario. En términos de la aplicación de esa lógica hoy no hubo errores, su ejercicio es riguroso y vuelve a poner otra vez de nuestro lado la gestión autónoma, no representada ni representable, de la fiesta. Expresada también como pasó en el enfrentamiento anti yuta, anti careta, anti profesional, en el rancheo a lo que dé, en la corrida para ver el cajón de Diego…

Con Guernica muchos dejamos definitivamente de tener empatía afectiva con esta gestión, pero nunca, tal vez, pensamos que llegaríamos a despreciar sus consecuencias de una manera tan directa y feroz como sucedió en la plaza, en el día más doloroso, en el dolor más impensado. Tal vez desde el mismo dolor agregado, para los que los votamos, y los vamos a volver a votar, llegó la hora de decirles claramente que dejen de hacer las cosas de manera cobarde. Y que si van a hacerlas como cobardes profesionales por lo menos las hagan de manera eficiente, de modo tal que no nos obliguen, además del rechazo, también a la vergüenza. Porque lo que viene después es la negación y la indiferencia.

 

Publicada originalmente en: https://rededitorial.com.ar/revistaignorantes/no-hubo-errores-sobre-el-velorio-de-diego-maradona/

 


* Ensayista, humorista, comunicador, editor, coautor junto a Sergio Lánger de la tira La Nelly (diario Clarín), autor de la novela Guerrilleros (una salida al mar para Bolivia). Publicó Burroughs para principiantes y Cervantes para principiantes (junto a Sergio Langer). Codirector de Red Editorial y Revista Ignorantes.

 

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