Por Pablo Bassi | En el último capítulo de “El aguante, la militancia en los ‘90”, su autor, Matías Cambiaggi, relata las últimas horas de Carlos “Petete” Almirón en 2001: los saqueos y el estado de sitio, la marcha a Plaza de Mayo y la represión de infantería, las piedras y corridas, los gases y disparos, la bala en el pecho que lo dejó tendido en la calle el 20 de diciembre.

El 19 y 20 condensaron el final de una década que Cambiaggi recorre a través de diez historias con entrevistas a militantes políticos y sociales: el pacto de impunidad a los genocidas de la dictadura y la fundación de HIJOS, la represión y el nacimiento de la CORREPI, la Ley Federal de Educación y la lucha estudiantil, el ajuste y el Santiagazo, la pelea de los jubilados, el nacimiento de la CTA, los piquetes.

“Peor que olvidar esos años es recordarlos sólo como la política del poder y olvidar o subestimar su contraparte: la política de los de abajo. La resistencia. Las propuestas. Los proyectos. La búsqueda. Las preguntas. El no rendirse y, principalmente, la voluntad de imponerse a pesar de todo”, dice el autor en el prólogo.

Cambiaggi nació en 1976 en Buenos Aires, es sociólogo egresado de la UBA, trabaja e investiga sobre los movimientos sociales y políticos de la Argentina. Durante los noventa, fue parte de la Corriente Patria Libre. Y con ese optimismo de la voluntad propia del militante, asegura que el proceso abierto en 2001 sigue vigente.

En 2018, cuando escribiste el libro, te preguntabas si Cambiemos, por entonces en el gobierno, expresaba el fin del ciclo abierto en 2001. ¿Hoy qué te responderías?

-El ciclo abierto en 2001 no se cerró, en cuanto demanda social que sigue viva y un estado de movilización latente. Es un fenómeno a explicar y explicativo del presente.

¿Qué demandas de 2001 te parece que persisten?

-El día de la protesta contra la reforma previsional de Cambiemos, se respiró el aire del 20 de diciembre. Estaba en la memoria de los manifestantes y de la sociedad frente al televisor. Porque el 20 de diciembre no fue sólo una explosión, sino la condensación de una serie de reclamos que daban vueltas alrededor del activismo social: la condena a los políticos más identificados con el ajuste; la demanda de inclusión del 40 por ciento de la sociedad; la voluntad de protagonismo; la recuperación de la identidad nacional; no querer caminar al lado de los genocidas. Todo eso sigue en pie.

¿El kirchnerismo y el macrismo son hijos del 2001?

-No son hijos por igual. En la sociedad que se volcó a las calles el 20 de diciembre, no hubo una defensa del ajuste. Hubo un hartazgo de la política, aunque algunos políticos fueron aplaudidos en los restoranes. La derecha empujó el 20 de diciembre, con Hadad ridiculizando a De la Rúa en televisión, por ejemplo, pero cuando vio la profundidad que tomó, levantó la pata del acelerador.

Tal vez el macrismo apostó a la “antipolítica” recostado sobre el imaginario de la crisis de representación política de los partidos.

-Claro, y esa es la lucha por el sentido de lo que fue el 20 de diciembre.

Describís a los noventa como la década de respuestas dispersas del conjunto social. Si tuvieras que hacer un poroteo: ¿Afirmarías que ese conjunto social está mayormente alrededor del Frente de Todos?

-No se puede trasladar todo lo que fue el 20 de diciembre al Frente de Todos, menos al kirchnerismo, pero en gran parte sí. Porque la generación protagonista del 20 de diciembre hizo una lectura a partir de la muerte de Néstor Kirchner, y balanceó como positiva la experiencia de 2003. Por supuesto, hay nuevos dirigentes y nuevas organizaciones, y no estoy afirmando que el Frente de Todos y el kirchnerismo sean la continuidad del 20 de diciembre. Creo también que podría haber un fin del ciclo abierto en 2001 si este gobierno termina decepcionando.

¿Cómo fue mutando eso que llamás la política de los de abajo?

-Hay un crecimiento y una institucionalización de los movimientos sociales, aunque es una institucionalización beligerante, porque siguen movilizados en la calle reclamando. Y hay otro sector de clase media y clase media baja, protagonista de los noventa y ahora funcionario, que pareciera haber comprado el librito de la real politik. Reproduce sin cuestionar, con poca inserción en el territorio. Creo que este es un buen momento para sintetizar la formación que representaron los noventa.

¿Coincidís con Martín Rodríguez en que los movimientos sociales van en búsqueda de la reconstrucción de la clase trabajadora organizada?

-Hay cosas indiscutibles: primero se los llamó piqueteros, luego trabajadores desocupados, ahora trabajadores. Los movimientos sociales lograron ser reconocidos como parte de la clase trabajadora y, asimismo, ningún movimiento social entendió que la confrontación sola sirve, sino que era necesario avanzar en su institucionalización.

En cuanto a lo sindical, creo que los movimientos sociales avanzan, pero por ahora en un plano teórico. Yo veo dos grandes sectores del movimiento obrero: uno en génesis, que es el del precariado, el de los sectores de la economía popular, y otro que hay que ver si quiere discutir ser un movimiento o más bien una federación de gremios. Hay que ver si hay alguna forma de suturar esos dos espacios.

Y por otro lado está la estrategia de los movimientos sociales: ¿alcanza sólo con lo sindical o es necesaria una búsqueda política propia?

¿Qué opinás de la movilización de sectores juveniles, algunos liberales, otros con rasgos fascistoides, muy activos a principio de la pandemia?

-Es un fenómeno mundial, incipiente, y hay que prestarle atención. Es interesante ver por qué pasa: creo que hay una demanda de un sector de la juventud que no está siendo atendido desde la política. Es el divorcio de la política con una parte de la sociedad y de la sociedad con una parte de la política.

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