Por Ines Hayes y Melissa Zenobi / Revista lavaca | Ana María Acevedo era una joven de 20 años, de Vera, una ciudad del norte de Santa Fe, a 250 kilómetros de la capital provincial. Cuando le dejaron de dar la medicación para tratarle un cáncer incipiente porque estaba embarazada y luego le negaron la posibilidad de abortar, tenía tres hijos, en edades entre cuatro años y ocho meses. “Se lo negaron por ignorancia, porque tenía todos los papeles firmados por el juez para que le hicieran el aborto”, dice en diálogo con lavaca Norma Cuevas, mamá de Ana María, mientras pinta el frente de su casa con las palabras que se hicieron carne en ella y su familia: “que sea ley, ya”.

Desde hace 15 años cuando su hija murió, sus nietos viven con ella y su compañero. “Hay otros casos como el de Ana, pero que no salen a la luz, no llegan a los medios”, dice Norma, hoy de 51 años. Si su hija estuviera viva, tendría 35, “porque esto pasó hace 15 años y ella tenía 20 años cuando se murió”, recuerda.

Ana María vivía con sus hijos en un barrio de casas construidas con planes oficiales cerca del cementerio. Los únicos ingresos de la familia eran de un programa social. Aunque sus padres eran analfabetos, lucharon porque Ana pudiera ir a la escuela, hizo la primaria y antes de enfermarse trabajaba como empleada en casas particulares.

Fue en mayo de 2006 cuando fue al Centro de Salud de Vera porque le dolía la boca. Si bien la dentista le sacó una muela y le dio antibióticos, los dolores siguieron y luego de varios meses, fue derivada a un hospital de mayor complejidad en la ciudad de Santa Fe, capital de la provincia, donde se le diagnosticó un sarcoma de cara y aunque le hicieron una cirugía, no se pudo extirpar la totalidad. Unos meses más tarde, empezó un tratamiento paliativo y rayos en el Servicio de Oncología del Hospital J.B. Iturraspe de Santa Fe.

Un tiempo después, Ana María quedó embarazada y los médicos decidieron dejar en suspenso la indicación de tratamiento y la derivaron al Servicio de Ginecología, donde permaneció internada unas semanas con analgésicos. En vísperas de Navidad, Ana solicitó el alta voluntaria, la dejaron ir, en ausencia del médico de guardia y sin indicaciones.

El 14 de febrero de 2007 Ana María regresó al Hospital Iturraspe acompañada por su madre, en busca de un certificado médico. El sarcoma era visible, presentaba dolor y continuaba su embarazo, de 13 semanas. Al verla, el médico indicó internación en el Servicio de Oncología y se realizó una interconsulta al Servicio de Ginecología en el marco de un ateneo: como resultado, los médicos decidieron suministrar medicación para el dolor pero en dosis que no afectaran al feto. Ocho días más tarde, el jefe del Servicio de Oncología presentó verbalmente la situación a una integrante del Comité de Bioética del hospital, solicitando que se tratara el caso. La reunión se realizó el 27 de febrero con la presencia de tres médicos del servicio de oncología, la asistente social y la psicóloga, un médico del servicio de obstetricia, un médico radioterapeuta ajeno al hospital convocado en calidad de experto y tres integrantes del Comité. El jefe del servicio de ginecología se excusó de participar porque era día de cirugía; que tampoco asistió el médico cirujano de cabeza y cuello del hospital Cullen. Cuando se planteó la posibilidad de llevar adelante un aborto, el jefe del Servicio de oncología contestó que no: “Por convicciones, cuestiones religiosas, culturales”. Seguidamente agregó que esa no era su postura, pero sí la que prevalecía en el hospital y ninguno de los profesionales presentes lo objetó. El obstetra agregó que a esa altura del embarazo (15 semanas) y en el estado general de la joven, los riesgos de realizarle un aborto eran muy grandes, por lo que no representaba una conducta viable.

Ana María regresó a Vera con un tratamiento que no le alivió el dolor. A fines de marzo, Norma y su compañero le pidieron al director del hospital que le hicieran un aborto para poder comenzar cuanto antes con el tratamiento para el cáncer, pero no lo hicieron. Finalmente, la incompatibilidad sanguínea de la joven con el feto determinó que el 29 de abril le provocaron el parto, con 22 semanas de gestación. La beba, de 450 gramos, murió a las pocas horas y la salud de Ana se deterioraba cada vez más: la primera sesión de quimioterapia derivó en una traqueotomía y poco después entró en coma farmacológico. Murió el 17 de mayo de 2007.

“Yo sigo con la lucha porque no quiero que les pase más a las chicas jóvenes y pobres, como le pasó a Ana y hay muchas chicas que no pueden hablar entonces salgo yo a hablar por ellas y por mis hijas, mis nietas, sobrinas”, dijo Norma a lavaca.

Mientras seguía pintando el frente de su casa, Norma agregó: “Esperemos que sea ley, que se garantice el derecho al aborto a quien lo necesite, para que no se mueran más chicas. Cuando empezamos a luchar por el caso de Ana, con abogadas de Derechos Humanos y de la Campaña, fuimos a una plazoleta en Santa Fe y la gente tiraba los papeles y nos decían de todo. Pero ahora, gracias a la lucha, mirá todas las que somos. Hay que salir y hay que andar, la gente me agradece, me manda mensaje por la lucha. Esperemos que ganemos, que sea ley, ésta tiene que ser la vencida”.

 

* Nota publicada originalmente en Revista Lavaca

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