Por Inés Hayes | En Fantasmas Voraces, su tercera novela, esta vez editada por Penguin Random House, Eugenia García incursiona en un thriller político e intimista que habla desde la naturaleza humana y la corrupción, desde el malestar, pero sin anular del todo un romanticismo de última hora. La mezcla es más bien sugerente con un final muy poco complaciente.

Un político acusado de corrupción se esconde del acoso mediático en un pequeño pueblo de provincia, donde pasó los veranos en su infancia. Allí se enfrentará a sus amigos de entonces y a los ideales perdidos en el camino de la vida. A la vez, un joven periodista se involucra, a su pesar, en una investigación para desentrañar la muerte de un abogado con vínculos poco claros.

Eugenia vive en Buenos Aires. Se recibió de abogada y por varios años se dedicó al asesoramiento de empresas. Con el tiempo se fue alejando de dicha actividad, realizó una maestría en Antropología Social y retomó sus dos pasiones: la pintura y la escritura. Trabajó en una ONG dedicada a políticas públicas.


¿Por qué situaste la novela en un pueblo?

– Soy porteña, muy porteña. Por circunstancias de la vida y durante años, pasé temporadas en Coronel Suárez, una ciudad-pueblo bonaerense, y tuve la oportunidad de conocer la zona.

Siempre me interesó observar cómo se juegan los valores individuales y sociales en la vida cotidiana, más allá de los discursos políticamente correctos que enunciamos frente a otros y nos contamos a nosotros mismos. Mis tres novelas abordan, de una u otra manera, aspectos de ese problema: la contradicción entre cómo decimos ser y cómo nos comportamos en momentos de crisis.

La Argentina rural me pareció un escenario ideal para exponer esa cuestión, porque suele ser mucho más conservadora en sus valores.

¿Qué te llevó a escribir Fantasmas Voraces?, ¿Hay algo autobiográfico?

– No, la trama no es nada autobiográfica. Los personajes y los escenarios ficticios son una especie de Frankenstein: la forma de hablar de una persona que conociste hace años combinada con los tics de tu vecino, todo ello mezclado con la historia de vida de una ex compañera de la facultad, etc. El personaje no es ninguna persona conocida y, a la vez, es la fusión parcial de cientos de personas reales con las que me crucé alguna vez.

No se crea ex nihilo: el acto creativo consiste en mezclar lo existente de una manera propia, para que revele lo que querés contar. Por ejemplo, Saldungaray, el pueblo donde transcurre la novela, existe en el sudoeste de la Provincia de Buenos Aires, pero el pueblo real no es el de la novela. Tuve que inventar “mi Saldungaray” o, mejor dicho, el Saldungaray que necesitaba Fantasmas Voraces. Del pueblo real tomé sus cielos y su cercanía con Sierra de la Ventana, su aire rural, la postal de su arquitectura, entre otras cosas. Pero la novela no es una crónica periodística: no relata hechos reales (aunque la trama sea verosímil) pero adapta elementos que sí existen en la realidad, de manera tal que sean funcionales a la historia que quiero contar.

Me interesa detenerme en su tía, ¿cómo compusiste ese personaje?

– Es un personaje que despertó muchas simpatías, los lectores suelen mencionarla con cariño. Me encanta que haya generado esa ternura. Supongo que es un arquetipo, la encarnación de una versión de la Argentina, de la imagen de un país que se está desvaneciendo. Como una foto en sepia que año a año va perdiendo un poco de color, perdiendo nitidez en los contornos de las figuras que retrata.

Es interesante cómo se va transformando la fisonomía del pueblo: pasa de ser un lugar aparentemente apacible a casi un infierno donde todo es posible

¿No es así todo lo humano? No existen los paraísos. Todos convivimos con nuestra versión angelical y diabólica, y somos ambas. El pueblo perfecto para vivir es solo una ilusión, como también lo es la persona perfecta, el trabajo perfecto. Y menos mal que esa perfección no existe, sería atroz vivir en un mundo perfecto.

¿Cómo fue recibida por los lectores y lectoras?

– Bien, hasta ahora he recibido buenas críticas de parte de los lectores. Me llena de entusiasmo y coraje para seguir publicando.

¿En qué estás trabajando ahora y cómo se combina la literatura con la pintura?

– Tengo otra novela terminada y corregida, y espero publicarla en los próximos meses, aunque la pandemia alteró todos los planes. Una tercera (la primera que escribí, en realidad) tiene pendiente la etapa de corrección final. Hace unos meses empecé la cuarta, pero ahora está en reposo.

Por lo general alterno: en las etapas que escribo mucho, pinto poco o nada. Y cuando termino una novela (agotada por la corrección final), me pongo a pintar. No puedo hacer intensamente ambas actividades, porque cada una de ellas me consume mucha energía. O una, o la otra. Ahora ya me amigué con la idea de que necesito ambas, y que las puedo alternar.

¿Por qué dejaste la abogacía y te dedicaste al arte?

– Empecé a pintar y a escribir desde muy chica, así que estoy acostumbrada a convivir con mis diferentes dimensiones en forma paralela, pero siempre una prevalece sobre las otras. Según fui transitando las diferentes etapas de mi vida, tuve épocas de mayor actividad corporativa, otras más académicas, o estuve más dedicada a la plástica, o a la escritura. Desde hace un tiempo, la escritura insume la mayor parte de mi atención. Supongo que tengo demasiada curiosidad por muchas cosas y eso me dispersa y enriquece, según se mire desde una perspectiva negativa o positiva.

 

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