Redacción Canal Abierto | “Los testigos (…) detallan los diferentes tipos de agresiones y actos discriminatorios que sufrió la actora de parte de sus compañeros, que se resistían a que desarrollara la tarea de coordinadora de ambulancia ya que ello siempre había sido un trabajo de hombre”. La frase forma parte de los considerandos del fallo que la Sala VII de la Cámara Nacional de Apelaciones emitió el 5 de marzo sobre el caso de Estela Álvarez, trabajadora del PAMI, primera mujer al mando de una ambulancia en ese organismo.

Su historia comenzó a mediados de 2011, cuando el PAMI decidió centralizar los servicios de emergencia en un edificio del microcentro porteño, y muchos de sus trabajadores y trabajadoras de distintas filiales debieron modificar su lugar de trabajo y/o pedir el cambio de tareas.

Ese fue el caso de Estela, quien se desempeñaba como supervisora de Radio Operadores en la División de Ambulancias no Programadas y Programadas (DAMNPyP) en el PAMI del partido bonaerense de San Martín desde hacía 24 años. Allí, su tarea consistía en tomar los pedidos de ambulancias que le derivaba el supervisor de unidades operativas, y comunicarse por radio con el personal de los móviles.

Como era cercana a la función, conocía el trabajo, y tenía licencia de conducir profesional, pidió que la reubicasen como supervisora de unidades operativas, algo así como coordinadora de los choferes de las ambulancias.

“Yo no podía ir de chofer porque era bajar de categoría, así que me propuse como supervisora para que me evaluaran. Nunca en la historia hubo mujeres en ese cargo, siempre eran hombres que, en su mayoría, habían sido choferes de ambulancia”, cuenta Estela, en diálogo con Canal Abierto.

PAMI evaluó sus capacidades y concluyó que reunía las condiciones para el puesto y que no era necesario que hubiese sido chofer para ejercerlo, así que le otorgó la reubicación. La Asociación de Trabajadores del Estado (ATE) también promovió su nombramiento –ella era secretaria administrativa de la seccional de ATE San Martín– y eso despertó resquemores en otro gremio que pisaba fuerte entre los choferes de ambulancia de PAMI: Estela era mujer y seguía siendo gremialista lo que, al parecer, fue demasiado.

 

“Le llegaron a sacar el líquido de frenos a la ambulancia”

Estela Alvarez conductora de ambulancias PAMI
“Todas las personas que tienen el cargo hoy, salvo yo, son hombres, y yo cobraba un 50 por ciento menos que ellos”, Estela Alvarez conductora de ambulancias PAMI

“Comencé a trabajar en PAMI Capital, en la guardia, y empezaron a hacerme maltrato, acoso laboral, me hostigaron. Me hacían pegatinas con mi nombre pidiendo que me sacaran el cargo y me devolvieran a San Martín, batucadas, no me dejaban dormir durante las guardias en una habitación, como los demás, y me daban un cuarto que no tenía ventanas. En invierno y de madrugada me moría de frío –recuerda-. Me he ido a dormir al auto, que no podía prender para no comprometer al señor de la cochera así que dormía sin calefacción. Le llegaron a sacar el líquido de frenos y de la dirección hidráulica al móvil que yo manejaba”.

En efecto, en su nuevo rol, Estela conducía una ambulancia de supervisión donde hacía los repartos de farmacia, ya que parte de su tarea es reabastecer las ambulancias. Y con un policía encontró en las inmediaciones de su móvil la jeringa con la que se lo habían boicoteado.  

El hostigamiento también fue económico. A instancias de algunos de sus nuevos compañeros y con la complicidad de la patronal, le cambiaron –sólo a ella– la carga horaria que regía para todos los coordinadores de área en las guardias. Ésta es de 24×72, y equivale a trabajar un día entero y descansar tres. A cambio, le pusieron jornadas de 12×36, lo que equivalía a ir día por medio durante 12 horas desde Pilar, donde vive, a su trabajo en la Ciudad de Buenos Aires, a dos horas de distancia. Pero, además, el cambio de condiciones redundaba en algo más serio: el nuevo régimen horario recortaba las “horas remanente”, lo que en la práctica redujo su sueldo a la mitad.

“Todas las personas que tienen el cargo hoy, salvo yo, son hombres, y yo cobraba un 50 por ciento menos que ellos.  ‘Vas a tener que irte’, me decían. O se quejaban: ‘¿Qué hace una mina ahí arriba?’, por la ambulancia. O se burlaban diciendo que en los maletines de medicación ahora iban a tener que poner cosméticos, porque soy mujer. Me mandaban a direcciones equivocadas a buscar medicación, a lugares inhóspitos. Esto duró hasta hace un año y medio que volví a San Martín, sufrí hostigamiento por casi diez años”, recuerda.

 

De injusticias y complicidades

La lucha judicial de Estela comenzó a poco de llegar a la filiar de PAMI Capital. Ni bien vio modificadas sus condiciones laborales se puso en contacto con el equipo de abogados de ATE que la respaldó durante todo el proceso y, medida cautelar mediante, logró reintegrarle su salario y su jornada laboral al cabo de un año y medio.

Finalmente, ganó el juicio en primera instancia luego de que varios compañeros testificaran sobre el hostigamiento, pero PAMI apeló. Propuso hacerle a Estela una pericia psicológica para determinar que las secuelas del maltrato no eran tales. El juzgado se opuso y el mes pasado confirmó la sentencia.

“Me emociona cómo el camarista entendió mi situación y cómo la describió en el fallo –cuenta. Fueron noches de no dormir, trabajar estresada, volvía llorando, pero no podía claudicar porque no les podía decir a las compañeras que lucharan por sus derechos si yo no lo hacía. El tema me angustia al día de hoy aunque esto ya esté cerrado. Nos hizo mucho daño y a mí y a mi familia. Mi esposo lo sufrió a la par mía. Me dejó secuelas, me lastimó muy profundamente”.

Hoy, continúa la lucha contra el jefe de ambulancias que le saca sólo a ella las horas extras, y se negó a denunciar a sus ex compañeros al INADI, preocupada porque esto les significara perder el trabajo. Sigue siendo la única mujer en el cargo, y tampoco hay mujeres chóferes de ambulancia.

“Es una lucha difícil, es un sector difícil, pero la nueva camada de chóferes son muchachos que yo vi entrar al PAMI y son respetuosos. Los jóvenes son más proclives a aceptar que haya una mujer en cargos de supervisión. Todos los trabajadores, sean del género que sean y estén en el cargo que estén, se merecen respeto. Tenemos compañeros gay que son excelentes trabajadores y también han sufrido hostigamiento. Y yo siempre pienso que el que se mantiene indiferente ante una situación de injusticia o de maltrato es cómplice”, resume.

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