Por Manuel Rodríguez | Desde que se conoció la noticia de su repentina muerte a los 56 años, la imagen de Palo Pandolfo ocupó en medios mainstream más tiempo que en toda su carrera musical de más treinta años.

La Viola, el programa con el que el Grupo Clarín juega a la cultura rock, hizo un especial a base de material de archivo, mezclando entrevistas con distintos registros en vivo. En dos momentos se lo ve en sendas ediciones del Cosquín Rock junto a su banda de acompañamiento La Hermandad. En ambos casos se repite una situación: es pleno día y no hay mucha gente en el campo, lo que permite dilucidar que se trataba de uno de los primeros números de la jornada, reservado por lo general para artistas emergentes.

La primera sensación es la pena por no haberle ofrecido a un músico de tamaño fuste la posibilidad de llegar a un público más amplio, que es el que hay a medida que avanzan las jornadas de los festivales y se acercan los números de mayor convocatoria. También se le privó a esa multitud la chance de encontrarse en vivo con la obra de uno de los autores imprescindibles del cancionero argentino desde mediados de los 80.

Esa parece ser la mejor síntesis del estatus de Pandolfo: alguien que coqueteaba con el mainstream pero nunca abandonó en under y cuyo público fiel se encontraba en otros barrios de la cultura rock. También el lugar que para quienes cortan el bacalao del rock tenía: alguien que no podía no estar, pero a quien no se le habilitaban lugares de alta exposición.

En esos mismos conciertos hay un momento en el que el escaso público baila y canta algo que conoce. Es cuando desde el escenario suena Estaré. Si se tomaran personas al azar a las que se les hiciera escuchar esa canción de su etapa al frente de Los Visitantes, o el hit de Don Cornelio y la Zona Ella vendrá ,seguramente una mayoría las conocería y hasta sabría aunque sea una parte de sus letras, pero cuando se mencione el nombre de su autor o el de las bandas con las que los grabó, probablemente lo desconozcan.

Como cualquier artista cuya carrera se mida en décadas, la de Pandolfo registra distintos momentos. Y ninguno de ellos es estanco. El primer disco de Don Cornelio producido por Andrés Calamaro data de 1987. Allí se aloja su primer gran éxito con el tema mencionado en el párrafo anterior en el marco de un trabajo que, con contadas excepciones se basa en un sonido pop oscuro, pero todavía amigable al oído formateado por las incipientes FMs.

Un año después la voz fina y suave mutó en un alarido y el sonido de la banda recrudeció. La primavera democrática iniciada cinco años antes con la asunción de Alfonsín había devenido en un verano asfixiante y se avecinaba un inverno que duraría más de una década. En ese contexto Don Cornelio (ya sin la Zona) grita Patria o muerte, disco maldito por excelencia del rock producido en nuestro país y que fue el punto final de esa banda.

Su siguiente experiencia también tendría distintos momentos bien marcados. El sonido de Los Visitantes siempre tuvo el oído fijado en nuestro territorio, pero hizo un recorrido de la ciudad a la ruralidad. Su primera obra, Salud Universal es un disco de rock con aires de tango. Esto se profundizó en su sucesor Espiritango, pero allí ya aparecieron sonidos propios de folklores latinoamericanos, exploración que sería el vector de Maderita. Lo que comenzó como un aire que condimentaba una propuesta de clara concepción rockera fue cobrando volumen y vida propia con el correr de los discos.

Pero además de etapas, las suyas tienen capas al interior de cada una. Como si con una propuesta no alcanzara, Pandolfo siempre sacó un as de la manga que podía amalgamarse con su proyecto central. Así fue que Don Cornelio tuvo que convivir con otro nombre propio, Julio Madurga, y Los Visitantes tuvieron su lado B llamado Los Locales. También de esos años data el grupo de acción poética Los Verbonautas.

El cambio de siglo trajo consigo un cambio de piel y fue el puntapié inicial de su carrera solista, que también tuvo etapas bien marcadas: La Fuerza Suave, El Ritual y la Hermandad, de acuerdo a las que fueron sus bandas de acompañamiento. Pero también es el momento en el que nace una faceta a la que bautizaría “el cantautor federal” recorriendo el país con su guitarra y a lo sumo pequeñas compañías de pocos integrantes en presentaciones que se asemejaban a fogones.

Sus últimos lanzamientos son un reflejo de esta versatilidad. En épocas en las que el disco, ya no como objeto sino también como propuesta integradora de canciones, parece sucumbir ante el simple en plataformas, Palo dio dos ofrendas en este formato. El alma partida es una canción con aires de zamba y que era parte de un proyecto de disco electroacústico grabada a dúo. Una semana antes de su fallecimiento, había lanzado Tu amor con pulso rockero junto a Santiago Motorizado.

Las hoy tan en boga colaboraciones, o feat, fueron una constante de su carrera. León Giego, Lito Vitale, Andrés Calamaro, Ricardo Mollo, Charly García, Peteco Carabajal, Alejandro Medina, Adrián D´Argelos, Hilda Lizarazu, Lisandro Aristimuño o Lidia Borda son algunos nombres que supieron acompañar las letras gestadas desde su pluma.

Escuchar su música en vivo era una de esas experiencias únicas. Sobre el escenario parecía atravesado por una energía fuera de sí y siempre se tenía la idea de estar ante alguien que lo estaba dando todo, tanto cuando se trataba de actuaciones caóticas y erráticas como cuando eran super calculadas y profesionales; ya fuera en una mega banda como cuando era a voz pelada y criolla.

Entre la catarata de despedidas virtuales, no pasaron desapercibidas las de Madres y Abuelas de Plaza de Mayo e HIJOS. Las tres organizaciones que encabezaron la lucha por Memoria Verdad y Justicia en años de impunidad reconocieron en Pandolfo a un artista con el que siempre pudieron contar. En redes sociales, una colaboradora de Abuelas recordó cuando realizaron el festival de Rock por la Identidad en Plaza de Mayo en noviembre de 1997 y Los Visitantes fueron la primera banda en ponerse a disposición sin ningún prurito de cartel ni divismo.

 

Palo Pandolfo murió la tarde del jueves 22 de julio en Caballito, en medio de un trámite bancario. Queda su obra y el recuerdo de muchas noches de música y poseía, algunas al filo de la vida y otras más intimistas y resguardadas, pero todas inolvidables para quienes pudieron ser testigos.

 

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