Por Gladys Stagno | Pisando la línea de la veda electoral hacia las PASO, Daniel Rosso, periodista y sociólogo, analiza una campaña deslucida que, según los encuestadores, no parece haber entusiasmado a una población castigada por la aguda crisis que resulta de sumar macrismo más pandemia.

“¿Cuál es el procedimiento central que desemboca en esta elección? No buscar legitimar un discurso sino desordenar todos los discursos existentes. Fragmentar todo, éste es un nuevo procedimiento. Entonces mandan a (Martín) Tetaz que es un gran desordenador de discursos”, dispara.

 

¿Qué distingue a esta campaña de otras, si es que tiene algún aspecto distintivo?

–Para explicarlo hay que remontarse un poco para atrás. Yo creo que esto empezó en 1916 en donde el problema para las élites minoritarias en la Argentina era qué hacer con la democracia. Estuvieron obligados a dar el voto universal y, una vez que lo hicieron, las mayorías libres para votar terminaban eligiendo gobiernos populares. Así que junto con la democracia surgieron, en simultáneo, tácticas para eliminar o vaciar la democracia. El resultante fue la proscripción de partidos populares, golpes de Estado, suprimir el sistema que les permitía a las mayorías elegir dirigentes que les respondan.

Desde 1983 quebraron gobiernos, los disciplinaron con procesos inflacionarios, o los cooptaron invirtieron el sentido del voto como con el menemismo. Y con el macrismo apareció una nueva modalidad que fue el lawfare: una operación de destitución de la democracia y de la república desde su interior. Fue un sustituto al proceso más salvaje y perverso de exclusión de la dictadura: la desaparición de personas fue, entre otras cosas, una sustracción de la visibilidad de las víctimas. En los regímenes donde predomina el lawfare sucede lo contrario: en lugar de desapariciones hay visibilización extrema de los perseguidos, porque el lawfare no tiene al aparato represivo en su centro de gravedad, tiene al aparato de los medios hegemónicos. Visibilización para estigmatizar, excluir o encarcelar. Eso empezó a ser denunciado hace dos años con mucha fuerza y entonces parecen necesitar de nuevos procedimientos.

Hoy atravesamos la reconfiguración de la democracia donde uno de los cambios centrales es que están desapareciendo todos los mecanismos para establecer la verdad. Es decir que se pierde la capacidad de diferenciar verdad de falsedad.

¿Cómo sería ese mecanismo?

–Te encontrás con dos coaliciones de gobierno, el Frente de Todos y Juntos por el Cambio. El Frente de Todos no transitó el giro lingüístico de darle a los discursos un lugar central, y algunos dirigentes dicen que lo único importante son los hechos, como si hubiera algo por encima de los discursos.

En cambio Juntos por el Cambio dio ese paso en exceso, a tal punto que la mayoría de las cosas que dice no tienen ninguna vinculación con los hechos. Eso hace una discusión pública que es bastante enloquecedora. Es decir, atacan al discurso político multiplicando los datos. No discuten con los datos del otro sino que crean datos propios. Es lo mismo decir que estos tipos endeudaron en 100 mil millones de dólares la Argentina, como está probado, que decir que el gobierno de Alberto Fernández está produciendo más deuda que (Mauricio) Macri. Constituyen una especie de escenario de empate negativo: ninguna de las cifras se sostiene porque se neutralizan entre sí. Las cifras serias adquieren el mismo nivel que las inventadas. Es como si la grieta se hubiera trasladado a todo, a todas las palabras, a todos los números, a todos los lugares, entonces no hay acuerdo sobre absolutamente nada de lo que se diga. 

Pero eso no sólo desligitima al adversario, sino a toda la política…

–Sin duda. Y lo que hace es darle mayor fuerza a la figura outsider, lo de (Javier) Milei es una muestra de esto. Yo creo que hay un proceso de apolitización que tiene que ver con que la política no logra vincular discursos generales con la vida cotidiana de la población, y con que en este desorden la esfera de discusión política se hace inaccesible para los que no sean especialistas.

¿La apatía de la que hablan los encuestadores tiene que ver con eso?

–Muy probablemente. Porque no hay es un vínculo fuerte entre el hecho de votar y la consecuencia que eso va a tener en la vida cotidiana. Tetaz, por ejemplo, no vino a poner la economía en el futuro, sino a multiplicar los relatos sobre el pasado económico. En lugar de actuar para llevar la discusión a otro plano, lo que hace es meterse dentro del plano que no le es favorable y ahí generar un gran desorden de tal modo que, a no ser para los muy politizados, genera confusión. Eso imposibilita el acceso a la política de buena parte de la sociedad. ¿Qué debería haber? Tres o cuatro discursos más o menos ordenados y que haya una especie de guía de seguimiento de esos discursos, que fue el rol que siempre tuvieron los medios, ayudar a la ciudadanía a seguir esa línea y hasta simplificarla.

¿Y cómo está respondiendo a esto el oficialismo, por ejemplo?

–Hay una mirada a mi juicio un poquito iluminista que es el discurso que piensa que lo que tiene que estar permanentemente en discusión en una campaña electoral son los programas de gobierno, las medidas, etc. Y en realidad las campañas tienen distintos componentes como tiene la vida. Tiene componentes de discusión de ese tipo, y es importante que los tenga, pero al mismo tiempo hay otros que tienen que ver con el entretenimiento, con las disputas entre personalidades distintas, la presentación de los personajes en los que se transforman cada uno de los candidatos. Y eso no se puede obviar en una campaña. Cuando se piensan las campañas desde la lógica de la Ilustración, aparece una candidata que dice “garchar” y se acabó el mundo. 

Es paradójico porque, después, el agotamiento de los discursos mediáticos hace que esos otros lenguajes que son los que no están autorizados a circular públicamente empiecen a circular. Y, por ejemplo, L-Gante termine sentado en la mesa de Mirtha Legrand, poniendo en escena un lenguaje muy de los sectores populares y muy auténtico. Aparecen porque hay un problema con los discursos de la política que tienen un proceso de agotamiento, cansan.

¿Cuál sería una reacción posible, desde la política, a este intento de desordenar el debate para hacerlo inaccesible?

–La reacción a la falta de debate no necesariamente tiene que ser la reacción ilustrada. Me parece que lo que tiene que haber es un debate sobre qué esfera pública queremos construir, llamar a un pacto entre todos los sectores políticos para hacer posible la discusión política que la derecha está imposibilitando. Como no puede legitimar fácilmente un discurso después de la era Macri, lo que hace es poner en crisis toda la esfera pública. Habría que denunciar muy fuertemente lo que están haciendo, porque es evidente.

¿Algún espacio político está interpretando o acercándose a esas preocupaciones de la sociedad argentina?

–Hay un tema que aparece en todas las encuestas que es una gran insatisfacción con la realidad económica. El Gobierno tiene algo a favor que es que la pandemia actúa como un gran disculpador. La reacción es: “bueno, qué le vas a exigir si hizo lo que pudo en el peor de los mundos”. Pero nadie va a decir que hizo lo suficiente, sí que está disculpado por el escenario donde tuvo que gobernar. Eso no quiere decir que la gente esté bien.

¿Qué se dirime en esta elección? ¿Se están jugando dos modelos de país o eso ya está decidido desde 2019?

–No lo creo. Cuando ves los flujos de votos, no hay un intercambio de votos entre el Frente de Todos y Juntos por el Cambio. Juntos por el Cambio tiene un problema en la posición ante Macri, que es imposible, porque tiene que estar y simultáneamente no tiene que estar. Tiene que estar para limitar el flujo de votos hacia la derecha (Milei, el mismo Ricardo López Murphy) pero al estar impide la reconversión identitaria que comenzó a hacer Horacio Rodríguez Larreta para presentarse en 2023 como alguien distinto del macrismo, porque si se presenta igual no gana. El macrismo necesita ser otro. 

En cambio, creo que en el oficialismo la discusión es hacia el interior del Frente de Todos, consigo mismo, es si logra expresar el conjunto de demandas populares o no. El problema del Frente de Todos es resolver si el kirchnerismo tiene que estar sólo como proveedor de votos o tiene que estar como programa de gobierno. Si Alberto Fernández tiene que ser un agregado en términos de modificación del estilo o de cambio de política. Cuando no haya más pandemia, ahí empezará la evaluación real del Gobierno. Esa base kirchnerista no tiene una adhesión esencial, y como fuerza social necesita seguir alimentada. Sus líderes no pueden estar dentro de un gobierno que no exprese políticas de mejora de la vida real de los sectores populares porque también les van a pasar factura a ellos. Ahí hay una tensión que hay que ver cómo se resuelve.

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