Por Melissa Zenobi | Luana tenía solo dos años cuando, encerrada literalmente en un placard, le dijo al oído a su mamá: “Yo nena, yo princesa”. Esta afirmación descolocó a Gabriela Masilla, quien hasta ese momento creía estar criando a dos mellizos varones –Elias y Manuel-, y a toda la familia de Luana que a partir de ese entonces emprendieron un largo camino para comprender qué pasaba. Con solo 6 años, en el 2013 Luana fue la primera niña en Argentina y en todo el mundo en recibir el DNI que reconoce su identidad de género.

Ocho años más tarde, la organización Infancias Trans ya cuenta 60 actas de nacimiento emitidas vía administrativa para menores de 18 años en Argentina.

Mansilla sistematizó sus memorias en el libro Yo nena, yo princesa: Luana la niña que eligió su propio nombre, que esta semana llegó a la pantalla grande. Al igual que el libro, la película de Federizo Palazzo cuenta la historia de una madre que ve cómo ni médicos ni psicólogos encuentran la causa de los padecimientos de uno de sus hijos mellizos, hasta comprender que la angustia de Manuel es provocada por el hecho de que no se identifica con el género que le asignaron al nacer.

El film es una producción conjunta de Grupo Octubre, Arco Libre, Tronera producciones y la Universidad Nacional de La Matanza y cuenta con el apoyo del INCAA. Fue declarado de Interés Cultural por el Ministerio de Cultura de la Nación, por el Ministerio de Educación de la Nación y por el ente de Cultura de la Provincia de Tucumán.

El papel de Luana, que hoy tiene 14 años, fue interpretado por Isabella G.C., otra nena transgénero que también forma parte, con su familia, de la Asociación Civil Infancias Libres que fundó Mansilla. Eleonora Wexler es quien pone el cuerpo a Gabriela y Juan Palomino, al papá de Luana.Durante la premier, realizada en la sala de la UMET Wexler contó sobre su primer encuentro con Gabriela que duró cuatro horas y que, recordó, junto a toda su familia le abrieron las puertas de su casa y le cedieron su historia: “Me abrió su alma: conocí a su hijo Elías, a Luana, a la mamá de Gabriela, a su hermano. Ella me mostró la transformación de Manu a Luana con un álbum de fotos. Yo ya me sentía impregnada de la historia en ese momento. Ella me dijo: ‘Tomá, esta es mi historia, te la ofrezco’”.

El colectivo travesti trans viene resistiendo muchas violencias y segregación desde tiempos inmemorables, incluso su expectativa de vida no supera los 35 años de edad. La ley ya existe, lo que nos queda por delante es una tarea cultural de inclusión, donde tenemos la aspiración de que Yo nena, yo princesa como película pueda colaborar, pueda abrazar la diferencia. Ese es el verbo que más están esperando las personas trans, ser abrazadas”, dijo a Canal Abierto Federico Palazzo, que además de la dirección estuvo a cargo del guion junto a José Paquez.

¿Cómo fue el trabajo con la familia de Luana? ¿Cómo recibieron la película?

-El trabajo con la familia de Luana fue muy sensible, muy presente, y fue un pedido estrictamente mío. Ellos tienen una gran humidad y fui yo quien invadió sus espacios pidiendo conocerles, ir a su casa y tratar de no quedarme solamente con lo que estaba en el libro original de Gabriela, sino también con una experiencia directa y sensorial para entender cómo estaban, qué les había pasado. Ver el brillo de sus ojos y tratar de entender en dónde tenía que poner los acentos, en dónde era innecesario. Qué era lo que había que destacar, qué era lo que no había que olvidar. Ellos recibieron la película con una gran felicidad. Para la familia es un tsunami muy potente de emociones, es muy movilizante. Independientemente de que esto es un hecho de ficción, basado en hechos reales, los perfumes y el espíritu de la película reflejan fielmente la climatología que ellos vivieron. No se trata de un documental, que tendría la precisión narrativa que impone ese género. Esto es ficción, por eso en la interpretación de los actores que vivencian sus vidas hay un código de interpretación de búsqueda de la verdad muy profundo en las relaciones entre los personajes y lo que teníamos como responsabilidad visibilizar.

Es interesante como aparecen las discusiones internas que fue generando el proceso de Luana en toda la familia. ¿Cómo pensaste esto?

-Inexorablemente, cuando se presenta el conflicto inicial genera una bomba, una implosión en el seno de la familia. Una madre que no sabía qué hacer, que no podía entender qué le pasaba a su hija y un padre que estaba mucho más cerca de querer corregir cualquier tipo de corrimiento sobre la masculinidad que debía tener su hijo. En ese sentido me dedique a colocar al personaje del padre en un lugar respetable para un público que todavía no tiene la información para poder comprender lo que allí estaba sucediendo. Esta información no nos es cercana, y la película no busca aleccionar. No es cercana porque inclusive hay leyes y resoluciones nuevas, incluso interpretaciones nuevas de la Organización Mundial de la Salud. Hemos vivido durante siglos entendiendo que el ser humano es binario en su condición, y cómo iba a empezar la película por otro lugar que no fuera ese. Y ese es el lugar desde donde debe dispararse el conflicto para luego ver si alguien acepta o no que pueda existir esta circunstancia. Pero en todo momento lo que pude corroborar de cuerpo presente es que no hubo ninguna forma de manipulación infantil, porque el ser se manifiesta como autopercepción sin ninguna influencia, si no, no se puede sostener en el tiempo.

Además de ser una película que llega al corazón, es profundamente informativa. ¿En qué medida crees que llevar esta historia al cine puede llevar luz a otras familias?

-Sí, que la película tenga información es una búsqueda. Que la película sea amable y que no sea aleccionadora con el dedo en alto también es una búsqueda. Que haya verdad actoral también lo es. Pero también nos impusimos como equipo de trabajo, con la producción y todas las áreas, que debíamos deponer todo tipo de ego para quedar al servicio de lo que había vivido esta familia, porque lo que estaba queriendo hacer es que no vuelva a suceder. Este fue el motor de esta madre: que a otra niñez no le pase lo que le había sucedido a su hija. Cómo no nos íbamos a poner nosotres al servicio de este mismo objetivo, que es tener empatía por el prójimo. No simpatía, porque el mundo está lleno de simpáticos, ojalá fuéramos más los que buscamos la empatía.

¿Es posible la felicidad completa sabiendo que hay gente que está sufriendo? Yo considero que no, entonces la película se tenía que poner al servicio de poder aportar luz a otras familias que pudieran estar viviendo eso.

Porque las circunstancias de género de las personas albergan cualquier clase social y no tienen ningún tipo de límite porque son absolutamente inherentes a la condición humana.

También se pueden ver tanto las resistencias de la medicina, de cierto sector de la psicología y de los fundamentalismos religiosos. Asimismo se ve cómo aparece la red que contiene y acompaña a Luana y su familia. ¿Cómo fue tejer estas aristas y tensiones desde el guion?

-Todos los mojones que transitó Luana en su vida, encontrándose con la oposición institucional que no le otorgaba el DNI pese a la existencia de la ley, encontrándose con médicos que no la querían atender, con escuelas que la echaron, con psicólogos que le reprimieron su ser y su autopercepción, con religiosidades fundamentalistas; fueron hechos reales que sucedieron. Luana encuentra en algunos lugares receptividad y cuando esto sucede sin dudas atraviesa la emoción porque la niñez nos conecta inexorablemente con la ingenuidad, con la ternura, y no con otra circunstancia que despierte ninguna forma de morbo, ninguna cuestión peyorativa.

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