Sao Paulo, enero de 1977

Querida mamá:

Cómo he viajado, cómo estoy, cómo he pasado la nochebuena. Vaya preguntas las que me hacés. Imposible responderte de manera breve y serena. Podría, por ejemplo, no estar aquí, ahora, en este preciso instante, apurando estas líneas, describiéndote el sopor, la indolencia. Pero estoy, circunstancia que, pese a lo que puedan sospechar vos y mi hermano, no es una ventaja, mucho menos una virtud. ¿Hay castigo más cruel que ése? Digo: estar en un sitio en tanto la certidumbre de pertenencia y arraigo deambula por una geografía desprovista de nombre y razón. No. No puede haberlo. La existencia dislocada. Y ha sido esa sensación de activa ausencia la que se apoderó de mí en nochebuena. Sentado en el inodoro del bañito de la planta baja, adonde me enclaustré para eludir palabras, tomé caña Legui hasta el hartazgo. Estaba y no, escuchaba y no, reía y no, intentaba ocultarme y sin embargo sabía que millares de ojos bovinos me espiaban y recriminaban mi vacío. Un demoledor sentimiento de culpabilidad, fundado en el raro privilegio de poder absorber aire y luego expelerlo con demasiada licencia y libertad. Colocarse un cadáver en el ojal y pasearse por el mundo de los vivos lo más pancho. Algo insultante, desde luego. El mundo se ha resquebrajado, mamá, he caído en un pozo ciego, en el despeñadero del confinamiento. Te juro que volvería a ocupar mi puesto de palomita blanca e insensata en la escuela y me levantaría a las seis de la mañana y vestiría los pantalones de franela gris y la camisa de poliamida con cuello de pedregullos sobre mi cogote de infante argentino prolijo y marrano y amante de las gestas patrias y con sumo placer cantaría Aurora y mostraría las uñas inmaculadas y el pañuelito blanco planchado y doblado. Llevo tan sólo un mes en esta celda sin límites y el tiempo da la impresión de haber cobrado una morosidad que apabulla. Las agujas del reloj reptan, se arrastran con una parsimonia del diablo.

Fueron dos horas de vuelo, solamente dos horas flotando y en el aire las llamas y los clamores se difuminaron. De pronto, en un abrir y cerrar de ojos, el vals de los réprobos, la culpa a flor de piel, millares de ojos clavados en tu espalda como si fueran certeras dagas. Tierra firme, cielo sin peldaños, ceniciento, derramado sobre el pavimento negro. Una atmósfera sencillamente irrespirable. Sao Paulo, la tierra prometida. Un baile de enmascarados, de hombres y mujeres grotescos cantando y bailando. Completé el formulario de ingreso al país. Nombre: helminto intestinal, cuyo cuerpo está formado de anillos, que se desprenden y se reproducen con facilidad y llegan a tener entre todos gran longitud. Profesión: insecto ortóptero, generalmente nocturno pero hoy diurno y abombado, corredor, que se esconde en los sitios húmedos y oscuros. Brasil, por ejemplo. Soy Gregorio Samsa, mamá. El chofer del taxi que me llevó del aeropuerto a la casa de mis suegros, me echó una mirada piadosa por el espejo retrovisor y soltó: «As coisas estão ferradas no seu país, certo? Você não é o primeiro argentino com cara de morto que eu visto «.

No dejes de escribirme.
Besos.
H.

Sao Paulo, noviembre de 1978

Querida mamá:

Días atrás cometí el disparate de poner mis pobres patitas desnorteadas en las oficinas del consulado argentino. Quería mi pasaporte, quería huir de esta ciudad y buscar mejor fortuna en Canadá. A poco de llegar sentí un estremecimiento: una gran bandera argentina en un canto, limpia, almidonada: todo el peso de la patria vigilándome desde un rincón. Enfrenté una larga fila. Las personas que me antecedían hablaban estupideces; estaban ahí para informarse acerca de los mejores lugares que hay para conocer en el Brasil, para tramitar el traslado de vehículos, para saber cuántos pantalones y televisores y electrodomésticos pueden llevarse a Buenos Aires. Cuando llegó mi vez una señorita pintarrajeada y sonriente me sometió a un largo interrogatorio: domicilio, estado civil, edad, peso, altura, profesión, actividades, hobbies. Luego, con un acento porteño que de inmediato me trajo a la memoria mis paseos por la Recoleta, dijo:

–Regio, ya tenés la ficha para ingresar al Círculo Argentino y, si querés, integrar el seleccionado del consulado que la próxima semana va a jugar contra los pataduras del consulado japonés. Bueno, ¿querías hacer algún trámite en especial?

Le dije entonces lo del pasaporte. De una gaveta extrajo otro formulario y comenzó a interrogarme nuevamente. Ahora las preguntas eran otras: actividades políticas en la Argentina, antecedentes policiales, por qué he venido al Brasil, etcétera, etcétera. Preguntas muy en boga. Le mentí con gran soltura, atributo mío que bien conocés. Inventé una graciosa historia que hablaba de pasiones y desencuentros.

–Vine detrás de una mujer– le dije.

–Bien, vamos a pedir informes a Buenos Aires. Volvé dentro de unos días.

Hoy regresé. La chica de la cara bruñida hablaba alegremente con un gordito tostado por el sol; el hombre maldecía a todo el pueblo brasileiro; le habían robado la cartera, con todos sus documentos, tarjetas de crédito y mil dólares. La chica, con una habilidad inigualable, logró hacerle comprender al infeliz que en la vida había cosas más terribles, como por ejemplo terminar con un cuchillo clavado en la panza luego del asalto. Por lo demás, el gordito aceptó de buen grado alistarse en la selección del consulado para jugar contra los paraguayos el sábado siguiente.

Me hicieron hablar con la vicecónsul, una mujer de pellejo dorado a fuerza de lámparas, que me llevó a su despacho y sin mucha ceremonia dijo:

–Usted es un atrevido, ¿cómo se le ocurre venir a este cuerpo diplomático para tramitar un pasaporte con los antecedentes que tiene?

Desde una impecable pared amarilla el general San Martín me observaba con cautela; sus ojos parecían opacos, melancólicos, y no era para menos, porque a contados centímetros el general Videla, el otro testigo de nuestra conversación, sonreía su sonrisa maldita.

–Quiero saber a qué antecedentes se refiere– dije.

Luego de abrir una voluminosa carpeta negra que tenía sobre el escritorio, se puso a recitar una larga lista de actividades políticas, «subversivas», aclaró con aires de sargento, muchas de las cuales yo ya había olvidado. Dicho esto, me hizo acompañar hasta la puerta por un guardia que, sin dirigirme la mirada, largó:

–Mejor no vengas más por acá, pibe.

En fin, deberé quedarme en estas playas.

Besos.

 

Imagen: Oda Schaber. / Tomada de La Tinta

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