Por Cecilia Fernández Lisso -IDEP Salud* | María Inés Roldán, una mujer de 55 años vecina del predio de disposición final de residuos del Ceamse en González Catán, padece de púrpura trombocitopénica, una enfermedad autoinmune generada a partir de la contaminación ambiental que la llevó a tener que utilizar oxígeno.

“Con vecinos autoconvocados hicimos un relevamiento y encontramos muchísimas enfermedades vinculadas a la contaminación ambiental; tenemos, por ejemplo, muchos casos de lupus y de púrpura, que son enfermedades poco frecuentes y que acá tienen mucha prevalencia”, describió María Inés.

Roldán añadió que “hay distintos tipos de cáncer y un relevamiento en niños arrojó que tenían mercurio en sangre; esto es porque el agua está contaminada, si bien es potable, es decir no te va a agarrar cólera, contiene metales pesados”.

La mujer, que da clases en su casa porque no se puede movilizar porque es oxigeno dependiente, describió: “si uno ve el basural, las montañas de desechos tienen la altura de las sierras de Tandil y aquí convivimos con eso, en los días de lluvia o de mucha humedad el olor es insoportable, tenemos mucha gente de un barrio aledaño que se alimenta de la basura y esto lleva a tener también muchos niños con sarna”.

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Por su parte, las investigadoras Carolina Monmany Garzia y Agustina Malizia, del Instituto de Ecología Regional (UNT-Conicet) de Tucumán, explicaron que “el principal efecto de los basurales es que concentran el problema ambiental y social”.

“Eso puede ser bueno si existe una estrategia para eliminarlos, porque están localizados en un punto y la estrategia entonces se hace más eficiente que si estuvieran dispersos”, señalaron. Y explicaron que “la desventaja es que en estos sitios no hay ningún tipo de control en relación a los residuos que se desechan y no hay tratamiento para evitar contaminación, lixiviados o pérdidas hacia los sistemas naturales, como por ejemplo, hacia las napas freáticas o hacia las cuencas hidrográficas contiguas con toda la fauna y flora asociada, incluyendo al humano”.

Las investigadoras expresaron que la descripción de María Inés no es exclusiva del basural de González Catán. “Existe claramente un problema social respecto a las personas que recuperan materiales en estos lugares. Lo hacen informalmente, sin protección sanitaria ni condiciones laborales dignas, incluyendo trabajo infantil en ocasiones, y haciendo muy ineficiente sus horas de trabajo, ya que los residuos llegan mezclados en lugar de separados, lo que permitiría que avancen más rápido hacia la preparación de los bolsones para comercializar”, dijeron.

En Argentina enterramos el 80% de la basura. Todo lo que mezclamos y descartamos -sólo el 6% se recicla- termina en los más de 5 mil basurales a cielo abierto o en rellenos sanitarios, donde se depositan los residuos después de haber recibido determinados controles y tratamientos que, supuestamente, hacen que disminuya el impacto sobre el ambiente y las personas.

Existen rellenos sanitarios en Córdoba, Neuquén, Bahía Blanca, Misiones, Rosario y en la provincia de Buenos Aires, donde vivimos casi 18 millones de personas, ajetreadas, donde nos tapa la basura y el colapso es inminente. Hablamos de toneladas y toneladas de basura, montañas enormes, de varios metros de altura. Ahí, bajo tierra, o a la vista de todos, entre las bolsas con residuos domiciliarios puede haber lo que se les ocurra: materia orgánica, papel y cartón, plásticos, vidrios, metales. Madera, medicamentos, ropa y calzado. También residuos industriales y patogénicos, peligrosos para la salud y la vida.

En diciembre de 2005, vecinos y vecinas hicieron una denuncia en el Juzgado Federal Nº3 de Morón por la presencia de residuos peligrosos. El juez Juan Pablo Salas ordenó tomar muestras para analizar el agua de la zona. Encontraron mercurio, cadmio, cromo, arsénico y plomo. “Nos dijeron que el agua no era apta para el consumo humano, ni siquiera para cepillarse los dientes. Con esta resolución el gobierno provincial se vio en la obligación de proveer de agua potable a varios  barrios de González Catán. Crearon el programa ‘Agua Más Trabajo’, que consistió en la instalación de una bomba sumergible a 80 metros de profundidad, que alimentaba a 20 manzanas. El problema era que seguía siendo agua de pozo, es decir agua contaminada con metales pesados”, señala Hugo.

Con el correr del tiempo los mismos vecinos hicieron relevamientos de salud, juntaron evidencias y datos. Entre 2014 y 2015 censaron a más de 500 personas en los barrios Nicole y San Enrique, y en los resultados observaron distintas patologías: manchas en la piel, alergias, trastornos respiratorios, gastrointestinales, renales, cardíacos, forúnculos y cáncer, entre otros.

En 2007, el por entonces gobernador bonaerense Felipe Solá, le prometió a los vecinos que el Ceamse de González Catán cerraría sus puertas. Pasaron 15 años y todavía reclaman el cierre definitivo.

Darío, vecino afectado por la contaminación, suma su experiencia después de haber vivido 32 años frente al Ceamse de González Catán: “A veces es imposible estar afuera de tu casa, no se banca el olor, ni siquiera estando adentro. Mi mamá tuvo que mudarse porque vivía con asma. Vivíamos con granos por el agua que consumimos. Es horrible. Me fui a vivir un tiempo a zona sur y no tenía estos problemas, estaba sano. A mis hermanos les pasó lo mismo. El agua del pozo no se puede tomar, la dejas quieta y enseguida se ve como si fuese aceite, está turbia. A veces hay que tomarla porque no hay plata para comprar agua”.

 

*Publicado originalmente en IDEP Salud

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