Por Mariano Vázquez | Hora cero: 7 de agosto. La multitud formada en dos largas filas comienza a entrar a la iglesia. Desde hace días y más días han esperado este momento. Es San Cayetano. Un día pueblo. Un pueblo fe. La apasionada simbiosis entre los peregrinos y el santo patrono del trabajo.

Creer o reventar. Y los miles y miles de fieles que año a año llegan a San Cayetano, creen. Creen con devoción.

Hora cero: 7 de agosto. La multitud formada en dos largas filas -desde hace días y más días-, que ocupan unas 20 cuadras en los alrededores del barrio de Liniers, comienza a entrar a la Iglesia de San Cayetano. Los últimos en traspasar los escalones del santuario, lo harán casi un día después. Tal la multitud. Tal el fervor.

Un mar de gente, un mundo heterogéneo, atravesando edades, orígenes, tesoros e ideologías. Traen historias. También agradecimientos, pedidos, promesas. Una trilogía presente en los fieles al santo del pan y el trabajo.

Un millón de personas pasan delante de la imagen de San Cayetano, lo miran, tocan el vidrio donde está él o le encienden una vela. “Trabajo para mis hijos”, “pan y bienestar para mis nietos”, “que le devuelvan el trabajo a mi yerno; lo echaron injustamente”, ruegan sin fastidio, con esperanza, con apagado misticismo. Peticiones multiplicadas. Peticiones de dignidad. “Vengo a agradecer porque mis hijos han salido de la mala”, “le prometo a Cayeta venir siempre si salgo de esta”, le susurran al benefactor de los pobres. “Vengo porque creo en ti, necesito de ti”, piden, en silencio, al protector de los sin nada.

Plegarias, apenas un murmullo, una convicción atrincherada en el cuerpo. Fe. ¿Dónde está el misterio?

Los días previos a la hora cero del 7 de agosto, las dos filas comienzan a tomar forma, a zigzaguear en torno a la estación de trenes. Los negocios y puestos ambulantes con la imagen del santo brotan. Serpentean por Liniers. Reposeras, banquitos precarios, sillas, carpas, frazadas y hasta casas rodantes ya son, en este gélido julio, parte del paisaje cotidiano en estas calles del oeste. Para boxear el frío antártico se improvisan braseros en latas de dulce de membrillo, de pintura o de duraznos ¿Qué se compra más, estampitas de San Cayetano o carbón? La imaginación al poder. O creer. Mate, café, pero sobre todo el mate cocido que circula de mano a mano para combatir este invierno ruso; crudo como nunca. Tampoco falta por ahí, casi clandestina, una caña con ruda o una ginebra.

A las 6 de la tarde del 6 de agosto del templo salió una imagen de San Cayetano que recorrió la espera de los peregrinos, recién dos horas después esa procesión retornó a la iglesia. A su paso, los fieles elevan sus espigas, sus estampitas o sus objetos sagrados para ser bendecidos.

 

La pionera

Frente a Cuzco 150 sentada en una silla playera está ella, junto a una imagen del patrono de casi un metro del que le cuelga una foto de un niño de unos 7 años. Llega antes que nadie. Es la primera. Desde hace 24 años cumple este rito ya institucionalizado de ser la iniciadora. Es Delia Noris Lencina -64 años- que desde hace más dos décadas cumple con el ritual de recorrer de rodillas el trayecto que va desde el pórtico del templo hasta el altar donde está emplazada la imagen del santo patrono de los trabajadores. Esta vez, llegó el 25 de mayo para encabezar esa fila que se prolonga desde la esquina del templo hasta el acceso principal del polideportivo de Vélez Sársfield, sobre la avenida Juan B. Justo.

“Cuando llegué de Entre Ríos, de Concepción del Uruguay, hace 50 años, me paré enfrente de San Cayetano y le pedí trabajo de sirvienta. Y enseguida me dio: en un negocio del barrio, de por acá, estaba la mamá la señora Ethel Rojo poniendo un cartel en el que pedía empleada doméstica y yo le pregunté si podía ser yo. Y empecé pegando lentejuelas y haciéndole arreglos para la ropa que usaba la señora Ethel para el teatro, después me quedé cama adentro. Y después me enamoré del señor de la mercería. Tuve dos hijos y ahora vino un nieto, San Cayetano es el que me dio el trabajo sin conocerlo, yo venía de Entre Ríos, pobre, porque allá lo máximo que me podía comprar eran zapatillas, que se llamaban boyeros, que eran como alpargatitas y era un lujo para mi, y acá me dio para vivir dignamente”.

Creer o reventar ¡Y cómo no creer!: “A mi hijo mayor le dio un tumor en el testículo derecho, se lo sacaron y mientras que él se hacía la quimioterapia se consiguió una novia, que estaba ahí porque tenía leucemia, ella es la mamá de mi nietito, el que ves ahí en la estatua de San Cayetano; mi hijo no perdió la fe, seguía viniendo, rezando a pesar de que en el hospital le habían dicho que él no podía tener hijos. Ella perdió la fe. Pero durante San Cayetano se escaparon de la fila y se fueron a un hotel alojamiento y así me dieron el nietito. Le pusimos Cayetano, por insistencia mía; nació un 7 de abril a las 17.30 horas en el hospital de los Metalúrgicos ¡Cómo no le vamos a agradecer al señor”, relata Delia, sin poder evitar las lágrimas y mirando de reojo a su nieto en la foto colgando del patrono y a su nieto parado a unos metros mientras toma mate.

Quienes ocupan como Delia los primeros lugares sobre Cuzco ya son como una familia, o como viejos vecinos. Se cuentan las novedades, se ponen al día y comparten todo lo que tienen. Ahí están Rosa y Oscar charlando, relojeando el cielo, rodeando con las dos manos un humeante taza de mate cosido; allí está Horacio repartiendo el pan de San Cayetano, transitando desde hace 31 años esta creencia. Sobre las calles Bynon, Barragán y hasta la cancha de Vélez, las filas siguen y se engrosan. Y a cada paso hay un relato conmovedor, una historia para ser contada en esas miradas desangeladas. El 7 de agosto todos los destinos conducen a Liniers, llegados desde el Litoral, desde los cordones urbanos, desde los barrios azotados, desde el campo flagelados; no hay patria que no esté representada aquí. Juanita, oriunda de Tucumán, sentadita en un banqueta plegable, emponchada, ríe todo el tiempo, dice “hace añares que vengo, tantos que ya me olvidé”, y cuenta que espera con alegría esta fecha porque “uno acá se hace amigos y es feliz, es una felicidad que el que tiene todo no entiende, es la felicidad del pobre que valora de verdad cuando consigue algo”. Cerca, Faustino, apura unas brasas para mitigar la helada, “vine a pedir por los chicos de mi barrio, a los que ayudo en Aldo Bonzi, allá tengo unas changuitas y el resto del tiempo los cuido, los entreno, les enseño, quiero que siempre estén bien, ruego por ellos”. Liliana tiene 18 años y convida mate a quien pida; dos filas atrás, Ariel de 32, arrastra de su abuela esta tradición: ya pasó la mitad de su vida viniendo a San Cayetano. No hay edades para la devoción, ni el frío más cruel les quita la fe. Creen.

Noche cerrada. Horas de tiempo muerto. Los peregrinos chequean relojes, celulares ¿Cuánto falta? Desde la cabecera, la marea humana es puro horizonte. Es un bloque cada vez más compacto. Creer o reventar. O simplemente fe. Una fe que presenta el interrogante: ¿por qué San Cayetano? Para el trabajo. Para la salud, San Pantaleón. Para… Hay una historia detrás de cada santo o santa.

Ya es la hora

El obispo abrió las puertas del santuario a la hora cero. Los ojos ávidos cogotearon hacía esa luz. Dentro del templo habían sido retirados todos los bancos, haciendo espacio para que entren la mayor cantidad de personas. Allí la primera misa, las primeras palabras, todos elevaron sus manos hacia la cabecera y recibieron una nueva bendición. Cantos y llantos se mezclaban en ese aire especial.

La apertura del pórtico se realizó en medio del repiqueteo de las campanas, de los fuegos artificiales y los aplausos prolongados. Los festejos. Antes, y para amenizar, grupos folclóricos, chamamé y canciones de la tierra. Para pasar el tiempo, para cantar un poco. Todavía, para la fanfarria, minutos antes de la apertura del templo, la banda sinfónica del Regimiento de Granaderos a Caballo General San Martín, interpretó marchas y canciones populares.

Para ingresar a San Cayetano hay dos filas. Una de ellas, la que demora más es para quienes deciden tocar al santo (o mejor dicho el vidrio que protege al santo); la otra es para aquellos que acceden al templo por la fila central. Rostros casi beatificados por esa profundidad que anida allí, en el alma. La hilera avanza, se suman ancianas con niños que sostienen velas. Manos, ojos, multitud.

Apenas se abren las puertas los párrocos del lugar hacen una oración al santo y bendicen las espigas y objetos. A partir de las 4 de la madrugada y hasta las 23 del 7 de agosto hay misas cada hora. La celebración principal fue la que se llevó a cabo a las 11, la presidió el cardenal Jorge Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires y primado de la Argentina. Entre los rituales también se reciben alimentos no perecederos y ropa para la Cáritas parroquial.

En otra de las postales habituales, unos 1.500 voluntarios laicos, 200 sacerdotes y 800 scouts asisten a los peregrinos, a quienes reparten pan, caldo y mate cocido. También hay un dispositivo especial del que participan la Cruz Roja, Defensa Civil y la Guardia Urbana. Tal es la magnitud. Tal la demanda.

Por algún lado está amaneciendo

La ciudad, este barrio Liniers que mantiene ese aire de periferia, de provincia. Los pasos lentos. Avanzar. Las filas son inagotables, como renacidas a cada momento. El sol. Y los que van saliendo, festejos de una familia. Lo han logrado. Cientos, miles que se van desparramando por sus destinos. Han cumplido la promesa. Han dejado el pedido.

El próximo 7 de agosto, volverán. Es no solo la esperanza de que se cumpla una plegaria, un trabajo, un deseo o la devolución en el agradecimiento. Una niña va de la mano de una mujer de pelo blanco. Han salido del santuario. Van de la mano. En esas manos entrelazadas, está el misterio.

Texto publicado en agosto de 2007 en el Periódico de la CTA.
Foto principal: Daniel Dabove, para Telam.

Recibí más periodismo de este lado

Archivo historico