Violencia digital de género en las escuelas: ¿Qué hacer?

En las últimas semanas, se conocieron distintos casos de difusión no consentida de imágenes íntimas o generadas con IA de adolescentes por parte de sus propios compañeros de aula. El caso de Ema y la ley para que no vuelva a pasar que impulsa su familia.
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violencia digital

Por Nahuel Croza | Ema Bondaruk era “una adolescente de casi 16 años, llena de sueños, anhelos y proyectos, amante de la música, los animales, la playa y las cosas dulces”, describe su madre. “Ema confió en la persona equivocada que traicionó su confianza y difundió imágenes íntimas sin su consentimiento… 24 horas después de la viralización de este video en el colegio al que asistía, se quitó la vida. Nadie supo cómo ayudarle, nadie tenía las herramientas necesarias para abordarla en ese, el peor momento de su vida”, explica Laura Sánchez en las palabras de apertura de la Guía Ema, un material elaborado por ella y su familia junto a ONGs que trabajan la temática con la intención de “brindar herramientas para que nadie tenga que pasar por lo que Ema y otras tantas víctimas anónimas pasaron”. 

Lejos de ser único, el caso de Ema -ocurrido el 18 de agosto de 2024- en estos días se multiplica dentro y fuera del ámbito educativo, sin esta trágica consecuencia. Compañeros de escuela que circulan, en redes sociales y foros, imágenes y videos de sus compañeras obtenidas en la intimidad o elaboradas mediante Inteligencia Artificial, y que incluso las comercializan, se reportan en secundarias de distintos puntos del país, afectan a niñas y adolescentes y preocupan a madres, padres, docentes y directivos.

Cómo trabajar sobre la violencia digital en las escuelas

Como docentes, para trabajar la prevención de la violencia digital en las escuelas, nos tenemos que apoyar fuertemente en la ley de Educación Sexual Integral (ESI). La ESI, desde hace más de 20 años, nos propone un marco para trabajar la desnaturalización de la violencia. En una primera instancia, para poder identificar esa violencia para luego poder prevenirla”, propone Cecilia Segovia, docente en escuelas medias de la Ciudad de Buenos Aires y referente de ESI en su institución, en diálogo con Canal Abierto.

Este tipo de violencia no es nueva, se incorporó hace algunos años a la Ley contra la Violencia de Género, y nos presenta un desafío porque cada día aparecen matices nuevos que nos llevan a tener que reconfigurar nuestra práctica, a revisarla permanentemente”, advierte la profesora.

Para prevenir hay que identificar. Si pensamos en la metáfora del iceberg de las violencias, en la punta están aquellas violencias más fáciles de identificar y en lo profundo aquellas más difíciles. La viralización de imágenes sin consentimiento, por ejemplo: un video con contenido sexual de una estudiante, es la punta del iceberg. Pero después hay un montón de violencias que aparecen en las redes sociales, en las prácticas en los medios digitales que manejan las y los estudiantes y también la comunidad en su conjunto. Hay que trabajar en identificar esas otras violencias que pueden estar siendo ejercidas y de las que pueden estar siendo víctimas nuestros estudiantes”, explica Segovia. 

El consentimiento es un concepto que trabaja fuertemente la ESI. Es la base para construir relaciones sanas, libres de violencia y basadas en la autonomía personal.

La Guía “ESI con Todes”, elaborada por GPESI y ELA (Equipo Latinoamericano de Justicia y Género), define que “en el marco de las relaciones sexo afectivas, un concepto fundamental para mitigar las violencias en los vínculos es el de consentimiento. Consentir es poder aceptar libremente sin que se ponga en juego ninguna opresión”.

El consentimiento se puede definir como el acuerdo mutuo y claro para cualquier acción física o sexual. Debe ser libre, afirmativo (el silencio o la falta de respuesta nunca significan un sí); específico -dar permiso para una cosa (por ejemplo, un beso) no significa dar permiso para otra-; y reversible -uno puede cambiar de opinión y retirar su consentimiento.

La Guía Ema: para que nadie tenga que pasar por lo que ella pasó

La Guía Ema, elaborada por la familia de la adolescente junto con las organizaciones Faro Digital, Ley Olimpia Argentina, Gentic, Defensoras Digitales de México, Fundación Encuentro por la Participación Ciudadana y la Ampliación de Derechos, y los despachos de la diputada nacional Mónica Macha y la senadora provincial Laura Clark, forma parte de un proyecto de ley nacional que busca dotar a las escuelas de protocolos de prevención y acompañamiento, bajo la premisa de que lo que sucede en la virtualidad tiene consecuencias devastadoras en la vida real.

MONICA MACHA LAURA SÁNCHEZ
La diputada nacional Mónica Macha y Laura Sánchez, mamá de Ema Bondaruk, promotoras de la Ley Ema

La proposición es que el entorno digital es tan real como cualquier otro y, por lo tanto, las violencias que allí ocurren deben ser reconocidas, nombradas y abordadas desde la comunidad educativa, con marcos legales, estrategias de prevención, redes de acompañamiento y una mirada ética sobre los vínculos y la privacidad.

La guía EMA se centra en la difusión de imágenes íntimas sin consentimiento como modalidad particular de violencia por motivos de género. En este sentido, las violencias digitales sexuales se producen en un marco de profunda desigualdad de género.

El marco normativo para abordar esta problemática incluye: la Ley Olimpia (Ley 27.736); la Ley 26.061 (Protección de Niños, niñas y adolescentes) reconoce el derecho a la intimidad, la vida privada y la protección contra toda forma de violencia; la ley de ESI (de Educación Sexual Integral, 26.150), también aplica al entorno digital; y la Convención sobre los Derechos del Niño y el Comité para la Eliminación de la Discriminación contra la Mujer obligan a los Estados a intervenir, prevenir y proteger a infancias y adolescencias en los entornos digitales.

Presentación del proyecto de Ley y la Guía Ema en el Congreso.

Tanto la familia de Ema como las organizaciones involucradas en la creación de la guía, impulsan la Ley Ema que busca crear un Programa Nacional de Prevención y Abordaje Integral de la Violencia Digital en Ámbitos Educativos.

Violencia de género 

En octubre de 2023, fue promulgada la Ley Olimpia (27.736), que incorpora a la violencia contra las mujeres en entornos digitales y la encuadra dentro de la Ley 26.485, de erradicación, prevención y sanción de las violencias de género.

Los entornos digitales y su acelerado crecimiento desafían a la escuela en términos pedagógicos, relacionales e institucionales. Las tecnologías de la información y la comunicación (TICs) modifican nuestros modos de hacer y vivir dentro y fuera de la escuela. Junto a las potencialidades también aumentan los riesgos, sobre todo para infancias y adolescencias, más expuestas a este “nuevo” mundo que se presenta sin límites y al alcance de la mano.

Abordaje preventivo en la escuela

La prevención requiere la incorporación de la Ciudadanía Digital en los contenidos curriculares. Esto implica desarrollar en los estudiantes habilidades críticas, éticas y eficaces para desenvolverse de forma segura y responsable en el entorno digital que, cómo dijimos previamente, es tan real como cualquier otro.

Hay contenidos esenciales a integrar transversalmente: el consentimiento, el respeto por la intimidad propia y ajena, el cuidado de la identidad digital y la privacidad.

Es indispensable que la docencia reciba formación continua y regular sobre violencias digitales y normativas vigentes. Se debe problematizar y cuestionar la persistencia de discursos que normalizan o minimizan como “chistes” o “cosas de adolescentes” estas violencias.

La Guía Ema propone el siguiente protocolo de actuación en las escuelas:

  • Detección temprana: Fundamental para garantizar una respuesta oportuna. Estar atentos a señales de alerta como cambios bruscos de comportamiento, angustia, aislamiento, reticencia a asistir a clases, o ideación suicida en casos graves.
  • La primera intervención debe centrarse en la escucha activa y el cuidado. Es fundamental crear un entorno seguro, evitando prejuicios y comentarios revictimizantes.
  • No revictimizar: Evitar frases como “¿por qué lo enviaste?” o “eso te pasa por confiar en alguien que no conocías”. El foco debe estar en que la responsabilidad nunca es de la víctima. 
  • Entrevistas: Realizar las entrevistas a las personas involucradas de manera separada, garantizando privacidad y confidencialidad.

Estos, como otros casos de violencia de género, deben ser abordados por toda la comunidad educativa: estudiantes, docentes, directivos, adultos a cargo de los y las adolescentes. “Cuando hay alguna situación puntual que emerge en la escuela, también nos tenemos que apoyar en la ESI”, reflexiona Segovia. “Se trabaja en ese momento puntual, pero también se puede trabajar previamente en talleres con las madres y padres, con las familias, con las y los docentes. Es importante que una situación así, sea encarada con perspectiva de género, de forma de no revictimizar y poner a la afectada en el lugar que le corresponde y de ninguna manera culpabilizarla”.

El proyecto de Ley Ema propone formas de reparar a las chicas que sufrieron las violencias, sin expulsar a los varones que las ejercieron. La Guía EMA propone que el abordaje institucional en las escuelas debe apuntar “no sólo a contener a las víctimas y sancionar a las personas agresoras, sino también a generar condiciones reparatorias que promuevan aprendizajes, reconocimiento del daño causado y prevención de nuevas violencias”. 

“Los procesos restaurativos”, sostiene, “son una herramienta valiosa para restituir vínculos, reconocer responsabilidades y construir comunidad, siempre y cuando las condiciones estén dadas (voluntariedad, resguardo de la víctima, no revictimización)”.

  • proporcionales al daño causado; 
  • que estén acompañadas de procesos formativos (talleres, espacios de reflexión, trabajos de reparación comunitaria, etc.); 
  • que la responsabilidad no recaiga únicamente sobre quién cometió la acción directa, sino también sobre el entorno que la avala o no la detiene (complicidad digital, difusión del material, silenciamiento, burlas, etc.).
  • No reproduzcan violencia ni estigmatización.

En el sentido de las acciones de prevención y convivencia luego de producidos los hechos y la intervención institucional propone: cambios de grupo o modalidades de cursada si hay riesgo para la víctima; limitación de la presencia de la persona agresora en espacios comunes o virtuales compartidos; acompañamiento psicológico, jurídico y digital; restricción del acceso o circulación del contenido violento; monitorear el estado emocional de la víctima y del grupo afectado; rever constantemente las estrategias institucionales para prevenir situaciones similares.

Criterios de cuidado

Frente a situaciones de violencia digital como las que venimos describiendo la prioridad es proteger el derecho a la intimidad, la integridad y al desarrollo libre de la personalidad de todas las chicas y chicos involucrados.

Una primera advertencia, para los adultos implicados, es no circular información ni imágenes. Lo que se comparte puede revictimizar y volver a dañar a las víctimas.

  • No reenviar imágenes, capturas, audios, conversaciones, archivos ni documentos sensibles.
  • Hablar con hijos e hijas para que no compartan ni hagan circular material vinculado a esta situación.
  • Cuidar la intimidad, privacidad y dignidad de todos los menores, sin excepción.
  • No nombrar ni señalar públicamente a menores involucrados.
  • No escrachar en redes ni grupos de WhatsApp.
  • Guardar evidencia sólo si es necesario y siempre de forma privada.
  • Canalizar dudas e información por vías acordadas y responsables.
  • No incentivar la exposición mediática ni acciones que puedan vulnerar la privacidad de menores.
  • Priorizar protección, reparación, acompañamiento y prevención.

La “huella digital” 

“Todo lo que hacemos en las redes queda ahí y es imposible de ser eliminado y borrado”, explica Segovia. “Todo ese historial que tiene mi vida en las redes, puede tener y tiene consecuencias en la vida analógica”.

“Si yo en determinado momento soy parte de alguna violencia digital, ese registro queda y puede impactar en mi vida a futuro y en mi vida fuera de las redes actual”, advierte la docente. 

La huella o rastro digital es el registro de toda nuestra actividad, datos y comportamiento en internet. Incluye desde el contenido que compartimos de forma activa, hasta la información pasiva que recopilan sitios y plataformas. Debemos aprender a proteger nuestra identidad en línea, y formar a las niñeces y adolescencias en esta nueva arista de la vida “real” que son las redes. 

“Tenemos que empezar a mirar no con un dedo acusatorio a los adolescentes sino con una mirada reflexiva hacia lo que el mundo adulto está haciendo con las tecnologías y con el uso del celular y empezar a ver cómo podemos ofrecer otros estímulos para que los y las adolescentes no tengan que estar siempre recurriendo al celular para todo”, concluye Segovia.