Por Diego Leonoff | A Claudio Lepratti lo mató la policía el 19 de diciembre de 2001. Sin embargo, las calles y paredes de Rosario –en particular las de Ludueña, uno de los barrios donde realizaba su labor social– dicen, demandan lo contrario. Los graffitis “Pocho vive” con su cara, la hormiga y la bicicleta alada recuerdan a ese joven barbudo que dedicó su vida a trabajar junto al pobrerío. Es un homenaje, pero también un grito de guerra y una bandera política, un manifiesto de compromiso y abyección.

“Hormiga” es como todavía se describe el trabajo de Claudio “Pocho” Lepratti en Rosario, donde llegó desde su natal Concepción del Uruguay, Entre Ríos. “Se ocupa solidariamente junto a sus pares y vive en comunidades perfectamente organizadas” es una de las definiciones del insecto que arroja el diccionario. Y si bien es un tanto fría, quizás ilustra de forma inequívoca las prácticas que “Pocho” aplicaba día a día. Al menos de esa manera veían sus compañeros y vecinos al militante social, y con esa imagen se nos presenta a quienes no lo conocimos.

Previo a ser mito, canción o símbolo, “Pocho” fue hincha de Racing, hermano mayor de Laura, Osvaldo, Celeste –actual concejal de Rosario por el Frente Social y Popular–, Martín y Camilo, estudiante de Derecho, seminarista sin pretensiones de cura, trabajador estatal, militante de la Central de Trabajadores de la Argentina (CTA) y un precario guitarrista. Pero por sobre todas las cosas fue –recuerdan amigos y familiares–  un joven con una mirada profundamente sensible respecto de las injusticias, esas que tanto abundan en Argentina y el mundo entero.

Tras abandonar la localidad entrerriana que lo vio crecer y luego de un breve paso por la UNL (Universidad Nacional del Litoral), en 1986 ingresó como seminarista en el Instituto Salesiano de la localidad de Funes, provincia de Santa Fe. Eligió la carrera de “hermano coadjutor” y tomó los votos de pobreza y castidad, aunque nunca de obediencia. Por aquel entonces, a través de la congregación religiosa comenzó a hacer cotidiano un trabajo social emparentado con la teología de la liberación: una corriente cristiana caracterizada por considerar que el Evangelio exige la opción preferencial por los pobres.

La perspectiva cristiana de solidaridad y amor por el prójimo caló hondo y marcó un instinto que ya brotaba en Claudio Lepratti. Sin embargo, su ideario no se basaba en una interpretación piadosa y caritativa de la pobreza y las desigualdades, sino más bien en una lectura revolucionaria. “Si quería bajar a tierra el concepto de clase, él ponía de ejemplo a María y José como dos humildes trabajadores que debieron exiliarse de Nazaret a Belén para proteger a Jesús”, recordaba Edgardo Montaldo (fallecido en 2016), el cura salesiano de 86 años con quien Lepratti trabajó en Encuentro “Betania”, un comedor del barrio Ludueña que todavía hoy asiste a casi 400 niños.

“En aquel entonces en los grupos de pibes y adolescentes con los que trabajábamos, la mayoría tenían padres que no conseguían laburo. Por eso hacía hincapié en que, como consecuencia de ese exilio, José no podía estar cerca de su carpintería, y por lo tanto él también era un desocupado”, recuerda Montaldo.

En 1989, quizás viendo agotada la experiencia del seminario, abandonó el Instituto Salesiano. “Se rebelaba contra las jerarquías y ordenes de ir al barrio cada diez días a llevar alimento para las familias pobres e irse. Él entendía que no era suficiente, sino que era necesario instalarse ahí, que ese era el ejemplo que debían tomar de Jesús”, recuerda Celeste Lepratti, docente y Concejala de Rosario por el Frente Social y Popular. Como tantos otros, la muerte del “Pocho” contagió a su hermana menor de la misma necesidad de caminar los barrios para, desde la política, ayudar a los más humildes.

Las ironías del destino hicieron que Claudio Lepratti llegue a Rosario, Provincia de Santa Fe, en un contexto similar al que lo encontraría la muerte doce años más tarde: entre mayo y junio de 1989 una crisis social con saqueos desencadenó la salida apresurada del Presidente Raúl Alfonsín.

Primero se instaló en el barrio Empalme Graneros y un año después en el vecino Ludueña, un suburbio que en alguna época se caracterizó por acoger a familias de trabajadores ferroviarios, hoy devenido en barrio de emergencia. Allí comenzó a participar activamente de las organizaciones de base que promovía desde hace más de veinte años el cura Edgardo Montaldo.

A principios de 1995 la campaña para elecciones a Presidente del 14 de mayo ya estaba en un punto caliente. La reforma constitucional del año anterior había abierto la puerta para la reelección de Carlos Menem, quien se perfilaba como ganador pese al 19 por ciento de desocupación y los altos índices de pobreza e indigencia. Las promesas de “salariazo” y “revolución productiva” con que asumió el caudillo riojano en 1989 no sólo no se habían vuelto realidad, sino que a esa altura eran más bien una mofa para quienes vivían para ayudar a los humildes.

En ese contexto, un jueves de abril por la mañana Claudio Lepratti y su amigo de la infancia y de militancia, Varón Fernández, decidieron caminar –no tenían dinero ni para el colectivo- los casi 14 kilómetros que separan Rosario de Villa Gobernador Gálvez. La idea era participar de una asamblea de trabajadores del frigorífico Swift, que por aquel entonces se encontraba en conflicto por las decenas de despidos y el proceso de vaciamiento patronal de la empresa. A mitad de camino, en una zona descampada cercana a un barrio de pescadores, una camioneta Trafic blanca iba pegando afiches con la cara del candidato del Partido Justicialista y la consigna “Garantía de futuro”. Detrás, a menos de cien metros, “Pocho” arrancaba uno a uno los carteles. “De pronto la camioneta paró e hizo un giro brusco en dirección nuestra. Yo era un pibe y estaba cagado en las patas porque sabía lo pesados que eran los ‘nenes’ que hacían campaña para Menem en la zona”, recuerda Fernández. En esa época, el Presidente contaba con soldados fieles y sectores “ultra” que le pedían que se quede, como mínimo, “hasta el año 2050”. Advirtiendo un posible encontronazo, Lepratti esperaba impasible apoyado contra uno de los pocos postes de luz de ese camino de tierra despoblado. Al pasar por delante de los dos jóvenes, la camioneta redujo la velocidad y los insultos y amenazas de los “nenes” comenzaron a oírse. La respuesta del Pocho fue tan desconcertante como contundente: “Un gobierno sin doctrina es un cuerpo sin alma… El peronista trabaja para el Movimiento. El que en su nombre sirve a un círculo, o a un caudillo, lo es sólo de nombre… El Peronismo es esencialmente popular….”

“No estaba loco: el tipo les respondía con la 20 verdades peronistas”, cuenta Varón, y recuerda con una sonrisa: “Entre ellos, que amagaban a bajar, y yo, que pensaba nos iban a sacar un arma o darnos un puntazo, él se plantaba de frente y les bajaba línea con una tranquilidad asombrosa”. Desconcertados, los hombres de la camioneta dejaron que “Pocho” termine con su perorata, lanzaron sus últimos insultos y siguieron camino a toda velocidad.

El barrio Ludueña está lleno de pibes que juegan al fútbol. Al mediodía abundan los picaditos con los que niños y niñas se adueñan de las calles de tierra, o al menos de alguna planicie donde no sobresalgan las viejas vías del ferrocarril que transportaba cargas hacia el puerto. Están acostumbrados a que cada tanto lleguen periodistas para contar la historia del “Ángel de la bicicleta”, canción con la que el cantautor León Gieco inmortalizó a Claudio Lepratti y su trágico desenlace. Al ver la cámara de fotos, uno de ellos –Martín, de 10 años– se acerca curioso, sin miedo. Ante la pregunta sobre si conoce quién era aquel muchacho barbudo dibujado en la pared, responde con picardía: “¿El Pocho? No lo conozco, pero vive”.

El trabajo en el comedor de niños de la escuela número 756 José M. Serrano de Las Flores acercó a “Pocho” a la militancia gremial, específicamente en la “cocina centralizada” de Rosario, una repartición administrada por la Federación de Cooperadoras y el Poder Ejecutivo provincial donde se producían 30 mil raciones de comedor y 60 mil de copa de leche. Precarizados y con sueldos de miseria, los cerca de 200 trabajadores de la cocina se organizaron para pelear por reivindicaciones laborales y contra un Gobierno que ajustaba cada vez más las políticas de corte social. En ese contexto fue elegido como delegado de la Asociación Trabajadores del Estado (ATE).

“Él venía con esta línea cristiana, que en un principio parecía extraña o distinta a otras corrientes políticas que existían en el gremio o los espacios de militancia que integrábamos. Sin embargo, más allá de los términos religiosos, al final “Pocho” ponía en el centro la problemática social o la democracia sindical de base”, asevera Gustavo Martínez, quien fuera amigo y compañero de militancia sindical de Lepratti.

En el sindicato lo recuerdan como un tipo incansable que pedaleaba los 18 kilómetros de ida y vuelta desde su casa hasta el trabajo en el comedor de Las Flores, un humilde suburbio del sudoeste rosarino. “Desordenaba lo que era la militancia clásica al darte vuelta los conceptos. De pronto lanzaba una frase que te descolocaba como, por dar un ejemplo: “Dios es negra”. Lo que hacía era romper imaginarios, desatar nudos y generar una forma de construcción mucho más fuerte. Era un provocador”, explica Martínez.

Todo el día de acá para allá en bicicleta, con bermudas o jeans recortados, durante casi una década fue incursionando y participando en numerosos espacios de militancia: Fue promotor de la Coordinadora Juvenil de la Vicaría Sagrado Corazón del barrio Ludueña y de los grupos La Vagancia, Los Gatos, Los Pelos Duros, San Cayetano, los Piqueteros de Lourdes, la Murga de los Trapos, el Movimiento Chicos del Pueblo y comunidades eclesiales de base.

La casa de Claudio Lepratti en Gorriti 5559, Ludueña, era un espacio abierto, colectivo, un lugar de encuentro para los distintos grupos de jóvenes con los que trabajaba cotidianamente. Se trata de una pequeña construcción al fondo de un pasillo angosto que, tras su muerte, devino en el Bodegón Cultural “Casa del Pocho”, un espacio donde hasta hoy se organizan y llevan a cabo talleres, actividades culturales y artísticas.

Como casi todos los días, aquel caluroso 19 de diciembre de 2001 lo vio atravesar Rosario para ir a su lugar de trabajo. El camino de Circunvalación que rodea la ciudad, y que linda la escuela número 756 ‘José M. Serrano’, estaba plagado de barricadas. El gas lacrimógeno provocaba una tos seca insoportable, sobre todo cuando una pizca de viento lo empujaba hacia el interior del barrio. Cada vez que pasaba un patrullero tronaban los disparos que, hasta ese momento, se presuponía era con balas de goma.

Luego –cerca de las 18 horas– la historia que años más tarde sería canción y quedaría grabada en la memoria popular: “Pocho” sube al techo, los disparos, el grito “paren de tirar, hijos de mil putas, hay chicos comiendo”, una frenada brusca del móvil policial 2270 del Comando Radioeléctrico de Arroyo Seco y la bala de plomo que entra en la garganta del joven barbudo. A los pocos minutos, Claudio Lepratti, de 35 años, muere desangrado.

Ante los gritos desesperados y el reclamo de los vecinos, el autor material del homicidio, oficial Esteban Velázquez atajó: “Yo no lo maté, se lastimó con un vidrio”. A partir de allí, la otra tragedia: impunidad y encubrimiento. La Policía de Santa Fe falseó el acta sobre la muerte de Lepratti, desacreditó a los testigos y baleó el patrullero para fraguar un ataque previo.

Por el hecho, en 2004 Velázquez fue sentenciado a catorce años de prisión. Sin embargo, a raíz del intento de encubrimiento, la causa tuvo sus idas y venidas hasta que en mayo de 2014 la Corte Suprema de Justicia provincial anuló un falló que absolvía al asesino y sus cómplices.

Menos de un año después, y en vísperas del cumpleaños de “Pocho” que se celebra en Ludueña, la Sala III de la Cámara Penal condenó por el encubrimiento al entonces jefe de la subcomisaria 20ª, Roberto de la Torre, al jefe de la patrulla, Rubén Darío Pérez (quien también disparó contra el militante social aunque no lo alcanzó a herir) y el chofer de la unidad, Marcelo Fabián Arrúa. Estos últimos firmaron el acta falsa sobre el crimen. El cuarto es Carlos Alberto De Souza, condenado por insertar datos falsos en el libro memorándum de la subcomisaría. Según los magistrados, los vecinos “narran espontáneamente que Lepratti sólo realizó un pedido seguido de un insulto, producto de la natural indignación, de que no dispararan”.

Si bien no todas las condenas resultaron en cárcel efectiva y común, la deuda más grande por parte de la Justicia tiene que ver con el costado político de aquella masacre. Es decir que la investigación no alcanzó –o no tuvo voluntad de hacerlo– a los responsables de impartir la orden de tirar con bala de plomo y a matar.

A nivel nacional, la brutal represión dejó un saldo de 39 personas asesinadas, mientras que sólo en Santa Fe se contabilizaron nueve. Uno de los que continúa gozando del marco de impunidad fue el ex gobernador Carlos Reutemann, máximo responsable político por aquellos años en la provincia y –tal como denuncia la Comisión Permanente de Familiares de las Víctimas– responsable de la brutal represión.

Esa misma noche del 19 de diciembre, cientos de amigos y compañeros de militancia despidieron los restos de Lepratti en el comedor Betania de Ludueña. Allí, donde el “Pocho” entraba haciendo barullo con los pibes o haciendo alguna broma, el silencio tronó durante largos minutos.

“De pronto apareció la policía para averiguar qué estaba pasando. En ese momento tuve que advertir al comisario, por medio de un subordinado, para que se retiren los uniformados. El barrio completo estaba en la calle, y a él lo mató la policía en su lugar de trabajo. Así que hay que imaginarse lo que podría haber pasado si pasaba un `cana´ por el lugar donde lo estábamos despidiendo. Con la bronca que había, ¿Quién se hacía cargo de los que podía pasar?”, recordó Edgardo Montaldo. Al tomar dimensión de la tensión que había en el aire, los efectivos de la fuerza se retiraron. Fue entonces que a la tristeza y bronca le siguió el recuerdo tierno de los suyos, las anécdotas y –ante tanto dolor– la aceptación de lo irremediable.

Claudio Lepratti no parece haber sido sólo un hombre de carne y hueso. En su representación, la de la bicicleta alada y la hormiga, se fueron condensando una serie de virtudes y sueños, proyecciones, prácticas y lógicas que enaltecen lo colectivo por sobre lo individual. Lo resume una anécdota de la cuentista y docente entrerriana María Belén Sigot cuando, para una tarea del hogar, uno de sus jóvenes alumnos describió: “El Pocho era –es– como el don Quijote, no por arremetedor de molinos de viento, sino por haber sido –por ser– un hombre transformador de realidades. Don Quijote imaginaba ejércitos en los rebaños, y el Pocho veía justicia y futuro donde nadie quería verlos, y sin embargo bien que podrían, deberían, tendrían que hacerlo”.

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