Por Denis Vilardo | Hace dos años nos preparábamos para marchar caminando desde Ensenada a la Plata, en una masiva asamblea donde habíamos resuelto profundizar las medidas de un plan de lucha para poder sacar a nuestro Astillero de la parálisis que lo había llevado la intervención impuesta por el gobierno de Cambiemos.

Semanas antes, el entonces presidente de la Nación Mauricio Macri había viajado a Mar del Plata para reunirse con los empresarios del sector pesquero. También había mantenido una reunión con los familiares de las víctimas de las recientes tragedias navales ocurridas en nuestro Mar Argentino, producto de los hundimientos de los buques pesqueros: San Antonino, Repunte y Rigel. Promediando el encuentro, los familiares le cuestionaron a Macri la compra de buques en Francia, al tiempo que Astillero Río Santiago sigue semiparalizado por falta de insumos para la terminación de grandes buques que se encuentran en el tramo final de su construcción.  El primer mandatario se mostró molesto con la consulta de los familiares y respondió, contundente, con una recomendación que le hizo el Armador pesquero Contessi (dueño de la empresa Veraz y de un Astillero), afirmando que al Astillero Río Santiago había que “dinamitarlo”.

La etimología de la palabra dinamitar proviene del griego “dynamis”, que significa fuerza, potencia y comparte la misma raíz que la palabra “dinámica”, que implica movimiento. El primero en acuñar la palabra fue Alfred Nobel, el inventor de la dinamita y con el paso del tiempo, el término fue recibiendo otras acepciones desde “hacer explotar por los aires” a “hacer fracasar un plan”.

El intelectual español Juan Carlos Monedero ha dedicado el libro El gobierno de las palabras justamente al poder que tienen las palabras para gobernarnos. Allí discute cómo las palabras se cargan de un significado según la época, el lugar, la ocasión y cómo operan sobre la realidad. Para muestra basta un botón. Mientras en la Península Ibérica el grito de “Sí, se puede” es la bandera de un movimiento social que irrumpió poniendo límites a los planes de ajuste, de este lado del mundo el “sí se puede” fue el slogan del gobierno de cambiemos, el cual implementó un ajuste sin límites.

El 21 de agosto del 2018 era un miércoles de una mañana fría, llegamos al Astillero dispuestos a caminar los 9 kilómetros que separan la ciudad de Ensenada de La Plata. Optamos por comenzar la jornada haciendo una primera concentración en la bajada de la autopista a la espera de ser convocados a una reunión paritaria que se postergaba interminablemente. Como la respuesta no llegaba, seguimos caminando adentrándonos por la avenida 32 hasta calle 7 y por la misma avanzamos hasta el Ministerio de Trabajo. Fuimos recibidos por una nutrida presencia policial que ocupaba no solo el Ministerio sino los alrededores.

Nuestra estadía en Trabajo no duró mucho. Ante la falta de respuesta y la abundancia de fuerza policial, nos pareció prudente avanzar por calle 7, hacia la gobernación. Al llegar a la Plaza Italia recibo un llamado de una compañera de la FULP que me dice que en el rectorado estaban velando a Chicha Mariani fundadora de las abuelas de plaza de Mayo de la ciudad de la Plata. Fui rápido hasta la cabecera de la Marcha y mientras cruzábamos la Plaza Italia decidíamos realizar un acto en la puerta del rectorado. Al llegar la columna era inmensa, se hizo un silencio y de repente los aplausos comenzaron a retumbar salieron sus familiares y amigos con los cuales les rendimos homenaje en un acto que a quienes compartimos las calles innumerables veces con las Madres y Abuelas nos emocionó.

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Al llegar a la gobernación nos paramos frente a las rejas se nos acercó el jefe de la Policía y nos dijo que iba a gestionar una reunión. No sé si alcanzaron a pasar un par de minutos que se comenzó a desplegar un hidrante. Antes de que asomara el primer chorro de agua escuchamos los estruendos y la plaza de cubrió del humo de los gases lacrimógenos.

Mientras retrocedíamos hacia Calle 7, veíamos cómo salían cordones policiales de todos los costados, a esa altura no quedaban dudas de que habían preparado un emboscada. Crucé toda la plaza intentando ayudar a compañeras y compañeros para que se replegaran y no fueran alcanzados por los cordones policiales que disparaban gases y avanzaban. Al cruzar la Calle 7 casi me atropella un colectivo; cuando el mismo pasó veo que habían atrapado a un compañero y lo tenían en el suelo. Corro y empujo a uno de los que lo golpeaba al tiempo que me agarraron por la espalda y antes de tirarme al piso siento un golpe fuerte en la cabeza.

Los que nos detuvieron eran policías de civil, nos esposaron y nos trasladaron a la Comisaría Primera. En mi caso iba todo ensangrentado por la herida en la cabeza. Cuando llegamos nos metieron a un calabozo y a los pocos minutos llegaron otros compañeros. Mientras iban llegando policías que habían participado del operativo, ingresaban al calabozo y nos pegaban patadas y piñas; no sé exactamente cuánto tiempo duro la tortura, pero en un momento cerraron la puerta del calabozo y no entraron más. A las horas, ingresó uno para pedirnos los datos y comenzó el traslado, primero al hospital y luego a la fiscalía.

Afuera la resistencia fue heroica. Durante horas, nos dispararon balas de gomas y gases, pero no pudieron sacarnos de las calles; la columna retrocedió por calle 7 y se concentró a una cuadra del rectorado. Si pensaban que con la represión iban a lograr diezmarnos, se equivocaron. Pasaban las horas y la columna se iba nutriendo de solidaridad. Cada vez éramos más. Finalmente la represión cesó y las calles siguieron copadas por la movilización, que se trasladó hasta la fiscalía y se extendió hasta las 11 de la noche, cuando fuimos liberados.

Al otro día, hubo un paro regional de hecho: Ensenada y Berisso se plegaron al repudio de manera contundente y en La Plata paró toda la administración pública y también los docentes. La movilización de repudio fue de las más grandes de los últimos tiempos en la capital de la provincia de Buenos Aires.

Señalábamos, al principio, la importancia de las palabras, y decíamos que en algún momento cobran materialidad. Aquel 21 de agosto de 2018, la violencia con la que fuimos reprimidos estuvo a la altura de la idea expresada por el ex presidente: hay que dinamitar al Astillero Río Santiago. ¡Resulta que dicho objetivo no era posible sin antes derrotar a los trabajadores!

Para la subjetividad neoliberal, el Astillero Rio Santiago condensaba todo lo que estaba mal. Un bien estratégico para ejercer la soberanía marítima y fluvial no tiene lugar en un gobierno que firmó la entrega de la entrada al estuario del Río de la Plata a las corporaciones que operan en el puerto de Montevideo, y que también colaboró con el Reino Unido en la ocupación de nuestros espacios Marítimos. Una industria que fabrica uno de los bienes de capital más complejos que puede realizar un país no tiene lugar en una economía que privilegió la timba financiera y el endeudamiento. Trabajadores bajo convenio colectivo con derechos consagrados chocaban de frente con el objetivo de llevar adelante una flexibilización laboral exigida por el FMI.

Finalmente un gremio democrático que toma decisiones en asambleas está reñido con un modelo de país donde las decisiones están en manos de los CEOs de las principales empresas.   Y sobre todo, están afuera los trabajadores con memoria. El Neoliberalismo necesita el aquí y ahora, mientras que los trabajadores encontramos razones en las luchas que se dieron anteriormente. Por eso una bisagra en nuestra lucha fue cuando nos juramentamos dejar “el cuero en los portones”, tal cual lo hicieron los compañeros que enfrentaron la privatización en los años 90: Los derechos de hoy son las luchas de ayer y las luchas de hoy son los derechos del futuro. 

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