Por Carlos Saglul | Camilo Ratti es autor de Cachorro, una exhaustiva biografía de Luciano Benjamín Menéndez, el genocida que murió con trece condenas a cadena perpetua por los miles de crímenes, desapariciones y torturas cometidas en los campos clandestinos de detención bajo su mando como jefe del Tercer Cuerpo de Ejército.

Luego de aquella larga noche, que posibilitó instaurar a sangre y fuego el proyecto neoliberal que redistribuyó la riqueza en la Argentina en beneficio de los grupos económicos más concentrados, ni Córdoba ni el país fueron los mismos. El horror dejó sus huellas en la cultura, la solidaridad cedió espació al individualismo, el electorado se fue haciendo más conservador.  Esto es más evidente en la provincia mediterránea que pasó del potencial insurreccional de los setenta a su actual perfil conservador, al punto de que es uno de los principales apoyos del actual gobierno, que representa precisamente a los grupos económicos concentrados, principales beneficiarios y ejecutores del proyecto neoliberal del denominado Proceso de Reorganización Nacional.

– ¿Qué profundidad tuvo la represión en Córdoba?

Hasta el hueso de su cuerpo social. La represión fue muy profunda, directamente proporcional a la fortaleza de la organización popular de una provincia que era la “cabeza de la revolución”, la “capital política” de Argentina, con referentes y luchadores sociales del nivel político y personal de Agustín Tosco, Atilio López, Ricardo Obregón Cano y René Salamanca. Menéndez es un cuadro antisubversivo, un cruzado del mundo occidental y cristiano que vino a arrasar esa Córdoba combativa, revolucionaria e industrial, para refundar la Córdoba conservadora, clerical y autoritaria.

El terror de Cachorro (sobrenombre que le pusieron sus superiores  a Luciano Benjamín Menéndez  cuando ingresó al Ejército por ser hijo de militar) se diseminó por todos los ámbitos de la sociedad, porque él pensaba que la subversión había sido derrotada a nivel militar pero seguía vivía en la universidad, los clubes, la escuela, la cultura. Además, el arzobispo de Córdoba era el principal referente de la Iglesia Católica Argentina, monseñor Raúl Primatesta, que expresaba a la iglesia del integralismo previo al Concilio Vaticano II. Las fuerzas políticas que gobiernan desde el 83 responden a los intereses de los sectores más conservadores, por eso en Córdoba todavía se respira Menéndez, dejó una huella profunda.

-¿De que manera incidió esto en que una provincia con una tradición insurreccional terminara votando fórmulas absolutamente conservadoras?

Aniquiló cualquier expresión popular y progresista. La represión fue hasta la raíz, se buscó hacer desaparecer la Córdoba popular y hasta el momento se logró. La última experiencia de una fuerza progresista fue el Frente Cívico que encarnó Luis Juez, que después de su derrota en 2007 con Juan Schiaretti y de su posicionamiento a favor de las patronales agropecuarias en el 2008, esa fuerza multicolor que había nucleado a lo mejor de las expresiones populares y progresistas se fue deshilachando al compás que su líder perdió la brújula. Fue el único intento de romper con el bipartidismo conservador que se reparte el poder en Córdoba desde 1983 y que se ha expresado con contundencia a favor del neoliberalismo en 2015 y 2017.

-¿Es casual que Menéndez haya sido amigo de quienes gobernaron la provincia después de la dictadura como Eduardo Angeloz, Ramón Mestre, el actual ministro de Defensa, Oscar Aguad? 

A mí no me consta la relación personal de Aguad y Menéndez, sí la que mantuvo con Angeloz, que está muy documentada en el libro, con cuatro fuentes directas de los encuentros entre el ex comandante del III Cuerpo y el líder radical. Angeloz logró que Menéndez nombrara más de cien intendentes o jefes comunales radicales durante la dictadura, y entre ambos diseñaron la Córdoba que surgiría a partir del 83. Se tenían mucho aprecio, y según Mario Benjamín Menéndez, Angeloz había dicho que Luciano era un patriota, un demócrata que había salvado al país de la subversión, que es lo que piensan actualmente los sectores conservadores aunque no se animen a decirlo en público para no quedar pegados con el militar más condenado de la historia.

-La hija de Menéndez dijo que su padre estaba muy feliz con el triunfo de Macri. 

No leí esa declaración, pero tiene lógica. Además de buscar desmontar todas las políticas de Derechos Humanos, de poner en práctica el negacionismo en relación al terrorismo de Estado y el genocidio, el gobierno de Mauricio Macri expresa a los sectores económicos que tomaron el poder en 1976. Es un modelo agrofinanciero, especulativo, al que no le importa el desarrollo industrial, y mucho menos la redistribución de la riqueza. Necesita organizaciones populares débiles, y salarios bajos en términos de dólares para poder ser competitivos a nivel internacional, al costo del bienestar de las grandes mayorías. Un clásico de todos los gobiernos neoliberales que derrocaron proyectos populares. Inclusive el de Illia, que si bien no tenía esta base tan popular y masiva desde lo político, porque asumió con el peronismo proscripto, buscó poner en marcha un proyecto de desarrollo económico, científico y soberano de las grandes potencias.

-El genocidio, según nuestra lectura, es inseparable de la instalación del modelo neoliberal. Los hijos de los autores intelectuales del genocidio tienen más poder que nunca. ¿Vos estás seguro de que el modelo Menéndez fue totalmente derrotado? 

Fue derrotado en términos culturales, en el sentido de que hoy valoramos la democracia como sistema de gobierno y hemos desnaturalizado la participación de las Fuerzas Armadas en la vida política, algo que era normal en el siglo XX. También avanzamos en muchos aspectos en lo que hace a la concepción de los derechos humanos y la crítica al autoritarismo, en el juzgamiento a responsables de crímenes de lesa humanidad. Pero sin dudas queda seguir dando la batalla para transformar las estructuras económicas, muchas de las cuales siguen vigentes desde la dictadura. Ni los doce años de gobiernos kirchneristas pudieron resolver la concentración económica, y si no se resuelve eso cualquier gobierno popular nace débil. Sobre todo ahora, que los medios son parte de esas corporaciones y controlan o influyen de manera decisiva en la opinión pública.

-¿Necesitamos un debate más profundo de las máculas que dejó la dictadura en el cuerpo social de la Argentina?

Sí, es una batalla cultural que hay que seguir dando. No hay que bajar la guardia, porque aunque pienso que la mayoría de la sociedad condena lo que pasó en la dictadura, el acento está puesto en el plan represivo, en la monstruosidad del aparato de aniquilamiento, pero eso no se explica en sí mismo: se llevó a cabo para aniquilar la organización popular en un país que tenía al movimiento obrero más desarrollado e importante de América Latina. A una sociedad formada, culta, con una clase media importante, con un incipiente desarrollo industrial. Y se hizo para instalar un modelo económico concentrado, para pocos, donde la fuerza de trabajo no tenga fuerza ni expresión política. O que sea mínima.

En una sociedad movilizada, de cultura callejera, la dictadura buscó destruir esos comportamientos cortando los lazos sociales, transformando de raíz la cultura militante para construir una sociedad egoísta, individualista, meritócrata, que son los valores del neoliberalismo. Pero soy optimista, hay una resistencia política y social importante, significativa, que forma parte de nuestro ADN. Hay una acumulación de cien años de lucha popular que invita a pensar que es posible si se dejan de lado las mezquindades dirigenciales.

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