Por Pablo Bassi | Durante dos semanas, más de 200 personas -incluidas el exgobernador radical Miguel Saiz- testificarán en el juicio oral y público al exsecretario de Seguridad de la provincia de Río Negro, Víctor Cufré; el exjefe de la Policía de la provincia, Jorge Villanova; y el exjefe de una de las tres unidades regionales, con asiento en Bariloche, Argentino Hermosa. Se les imputa ser responsables del homicidio culposo -lo que supone que no fue intencional, sino que medió la negligencia o imprudencia- de Nicolás Carrasco y Sergio Cárdenas.

La pelea que dio una multisectorial contra el aparato político de impunidad fue heroica. Para encontrar un juicio de esta importancia, habría que remontarse a las condenas del ex secretario de Seguridad de De la Rúa, Enrique Mathov, por los asesinatos el 20 de diciembre en Plaza de Mayo; y del exjefe de la Policía Federal, Rubén Santos, en iguales circunstancias. Según aseguraron a Canal Abierto fuentes cercanas a la causa, los imputados correrían la misma suerte.

 

El disparador

Cuando a las nueve menos cuarto de la mañana el 10 surcoreano abrió el marcador con un gol en contra, Diego Bonnefoi ya estaba muerto. Aquel 17 de junio de 2010, Argentina jugaba el segundo partido de grupo del mundial de Sudáfrica. El cuatro a uno final le aseguró la clasificación a octavos.

Seis chicos del “169 viviendas”, barrio obrero del Alto de Bariloche, se habían juntado desde la madrugada temprana en la calle a hacer la previa. A las cinco, una vecina asustada llamó a la Policía y el joven cabo Sergio Colombil dio la voz de alto, los pibes –que eran seis- salieron corriendo para todos lados y Colombil, en vez de neutralizarlos de alguna manera, fusiló a Bonnefoi por la nuca a seis metros distancia, en plena plaza.

La noticia comenzó a circular rápido hasta escurrirse pasadas las 10.30, con el final del partido. Indignados, los vecinos y el piberío rodearon la comisaría N° 28. Diego Bonnefoi –de quince años- era hijo de una familia muy querida.

Una lluvia de piedras fue contrarrestada con gases y balas. Los barrios aledaños Ceferino y Boris Furman se convirtieron en escenario de una batalla desigual. Cientos de policías rionegrinos iniciaron una casería que se prolongó hacia la noche y descendió 20 cuadras, hasta el centro. Vidrieras rotas, inocentes detenidos, neumáticos incendiados. Ira. Los vecinos ya no querían venganza, sino trasladar la comisaría.

A las 15 del otro día, decenas de hombres y mujeres se movilizaron a la 28 y metros antes de llegar volvieron a ser reprimidos. Horas más tarde, otras 300 personas llegaron a las puertas del destacamento de la Unidad Regional, donde volaron bombas molotov y otra vez, fueron reprimidas.

El gobernador radical de Río Negro, Miguel Saiz, sólo atinó a pedir refuerzos de Gendarmería Nacional y a movilizar tropas desde el norte de la provincia hacia la zona andina. 

 

El resto de los crímenes

Tal vez Nicolás Carrasco estuviese en estos días definiendo algún pase gol de Messi en Rusia, si no fuese porque cuatro tiros le robaron el sueño. Alto y ancho como Palermo, morocho y habilidoso como Agüero, Nino jugaba en la quinta división del club Chicago de Bariloche. Tenía 17 años y trabajaba con su padre, de albañil.

Vivía con la mamá, Carmen, y su hermano un año mayor, Ricardo, que esa tarde se sumó a descargar la bronca contra quienes le piden documentos en cualquier contexto.

“Siempre me acuerdo de eso. No se me va de la cabeza”, nos dice Ricardo, al contarnos que Nino fue a buscarlo, que fueron encerrados por decenas de policías a dos cuadras de donde cayó Diego Bonnefoi, que su hermano se desplomó a las 16.30.

Justo a esa hora, Sergio Cárdenas almorzaba con su compañera, Carina Riquelme, que había regresado del trabajo en la municipalidad. De fondo lloraba la beba de un año, mientras el mayor de cinco hacía preguntas curiosas sobre el partido que miraban en la tele: México versus Francia. Cárdenas había pedido licencia en la cocina del hotel Llao Llao, para poder ver el Mundial.

De pronto sonó el teléfono, atendió Carina, del otro lado su hermana le pedía que fuesen a la casa, que se oían tiros, que el gas lacrimógeno llegaba al comedor, que se enteró que habían matado a un pibe por la mañana, etcétera. Así fue como Cárdenas y señora subieron al auto, hicieron cuatro cuadras, bajaron, ella fue al primer piso, él se quedó afuera del coche viendo las corridas, escuchando los estruendos, hasta que reconoció a un amigo, se adelantaron unos metros y, de espaldas a un paredón, un perdigón de plomo alcanzó su arteria. A la noche moriría en el hospital zonal.  

“Vivo en un país y una provincia que a lo largo de estos ocho años han provocado en mi una sensación de desprotección y desamparo total, donde la Justicia no es igualitaria; porque favorece a los más ricos y poderosos. Hoy ya no soy ingenua: siempre nosotros, la gente pobre, la gente humilde, menos justicia tenemos”, nos dice Carina.

En este tiempo se mudó cuatro veces. Al principio a un edificio. Pensaba que era más seguro.

Responsabilidades históricas

Aquella fatídica madrugada de jueves, el por entonces fiscal de Instrucción, Martín Lozada, se dirigió a la plaza de Onelli y Oseés a recoger el cadáver de Diego Bonnefoi. Estuvo sólo ocho meses al frente de la causa, porque la Cámara Criminal lo desplazó por entender que había parcialidad en declaraciones que vertió en Página/12.

Luego del asesinato de Bonnefoi y las primeras horas de la represión a la furia desencadenada, el ex secretario de Seguridad y Justicia de la Provincia, Víctor Cufré, se fue rumbo a El Bolsón, 120 kilómetros al sur. No lo hizo solo, sino acompañado de Jorge Villanova, exjefe de la Policía de Río Negro, y Argentino Hermosa, a cargo de la Unidad Regional con asiento en Bariloche. Dicen haber tenido una audiencia con la viuda de un médico de policía antes asesinado.

Por su parte, Edelmiro Veroiza, comisario de la 28, no sólo no asumió el mando de la Unidad Regional, sino que tampoco habría ido a su lugar de trabajo, ni comandado la tropa, ni racionalizado el uso de la fuerza, ni evitado la comisión de los crímenes de Carrasco y Cárdenas, doce lesiones leves y una grave.

Finalmente tras maniobras de dilación orientadas a emplazar impunidad, la máxima jerarquía de la que fue la Policía de Río Negro irá a juicio a partir del próximo lunes. Se los acusa, en otras palabras, de haber abandonado el barco ante tamaña conmoción.

Por otro lado, a cuatro policías se les atribuye ser autores materiales de la muerte de Sergio Cárdenas: Víctor Pil, Marcos Epullán, Hugo Sobarzo y Jorge Carrizo. Se los juzgará por Omisión de Deberes del oficio, Homicidio Culposo agravado, Lesiones Culposas graves y leves, y Homicidio en Agresión calificado por el uso de arma en concurso ideal. La muerte de Nino Carrasco, en tanto, no pudo ser esclarecida. En cambio, el cabo Colombil  fue condenado a prisión perpetua en 2011, por la muerte de Diego Bonnefoi.

“Estos ocho años fueron complejos, por el involucramiento de muchos policías provenientes de diferentes unidades de Bariloche, algunos de civil, porque hubo participación de seguridad privada. Fue complejo por la responsabilidad penal de los funcionarios públicos y policiales con lo que eso trae aparejado: se defienden con todos los medios a su alcance. Hay muchas víctimas, muchos testigos, muchos testigos que no quieren declarar, dificultades probatorias, etcétera”, enumera Martín Lozada quien, paradójicamente, se revinculó con la causa en representación del Ministerio Público Fiscal.

 

Foto: Diario Río Negro

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