Redacción Canal Abierto | En estos tres años de gestión a nivel nacional, el macrismo se ha esforzado por construir símbolos, imágenes y gestos en su estrategia por edulcorar los fracasos gubernamentales, en particular aquellos que conciernen a la política económica.

Y al igual que en encuentros bilaterales previos con líderes del mundo, el aparato comunicacional del Gobierno pretendió sacar provecho colgándose de los laureles de una organización aceptable (con una ciudad de Buenos Aires sitiada y marchas en rechazo) y resoluciones consensuales, pero un tanto generales y vacías. Así, Mauricio Macri buscó convencer a los argentinos de un supuesto “retorno al mundo” y el ejercicio de un rol protagónico en el concierto de las naciones.  

“Estas más de 60 reuniones nos sirvieron a todos, no solo al Gobierno. Eso nos nutrió. Los argentinos no somos los mismos que éramos hace un año atrás”, señaló en tono triunfalista el mandamás de Cambiemos durante una conferencia post Cumbre.

«En las bilaterales hablamos de temas concretos; hemos firmado cosas valiosas. Con (el presidente de Rusia, Vladimir) Putin, por ejemplo, que van a participar en la licitación de construcción del ferrocarril a Vaca Muerta. O con Xi Jinping (presidente de China), firmamos el acceso de la cereza argentina a China», agregó Macri.

Es cierto que, en comparación con la última y conflictiva reunión del G20 en Hamburgo, el cónclave de Buenos Aires dejó al menos una imagen de cierta armonía con la firma de una declaración final consensuada y fotografías protocolares de envergadura, como la que protagonizaron Donald Trump y el líder chino. “Eso no significa que el organismo tenga signos vitales importantes, y que en él hayan surgido acuerdos o avances que puedan resultar en cambios sustantivos para la política económica o comercial a nivel global”, señala a Canal Abierto el politólogo y ex delegado argentino en el Consejo de Defensa Sudamericano de la Unasur, Alejandro Frenkel.

La primera cumbre de mandatarios del G20 (países industrializados y emergentes) surgió en medio de la crisis económica y financiera del 2008, con una agenda específica y objetivos concretos. No obstante, con el correr de los años, el cónclave devino en una cita con preponderancia diplomática y acuerdos con fuertes grados de abstracción, declaraciones de intención y reuniones protocolares.

En este escenario, incluso los desastres organizativos de las últimas semanas -como los varios intentos fallidos de disputar la final de la Copa Libertadores entre River y Boca- terminaron jugando a favor del Gobierno, dejando una sensación de tarea cumplida tras la concreción de la Cumbre sin escenas de represión.

De hecho, quizás haya sido la declaración final -aunque escueta, con generalidades, sin proyecciones concretas y con un fuerte grado de abstracción- el signo más positivo del encuentro para el Gobierno argentino.

“Es algo que el macrismo intenta capitalizar, sobre todo de cara a la política interna, pero que de ninguna manera lo tuvo como protagonista, aún siquiera en su rol de anfitrión -explica el investigador del CONICET y docente universitario-. Como país anfitrión, Argentina no utilizó su potestad de incluir temas en la agenda, sino mas bien buscó no sumar temas sensibles, y sí abordar cuestiones mas lavadas que no generen rispideces. Como aspecto positivo, esta actitud facilitó el consenso que desprende la declaración final; pero desde otro punto de vista, demostró una resignación a proponer agendas propias o cuestiones sustantivas de las dinámicas internacionales”.

Una de las novedades que sí marcó esta Cumbre del G20 fue la política más agresiva por parte de los Estados Unidos hacia Latinoamérica en su intento por bloquear las relaciones bilaterales de los países de la región con China.

De acuerdo a un informe del Instituto de Pensamiento y Políticas Públicas, el conjunto de países integrantes del G20 representan el 85% del producto bruto global, dos tercios de la población mundial, 80% de las inversiones globales y el 75% del comercio internacional. Es en este último eje donde se esconde la disputa de potencias que representan la rivalidad protagonista del siglo XXI: Estados Unidos y China.

Nuestro país, frente a esta rivalidad comercial, está alineado bajo la órbita de Estados Unidos y en un eje de complementación y coordinación del gobierno de Macri con el de Donald Trump. “Cuando asumió, Macri buscó priorizar sus vínculos con el gobierno norteamericano en detrimento de las relaciones con China (apenas asumió, el Presidente aseguró que iba a revisar los acuerdos entre el kirchnerismo y el gigante asiático). Aún sin abandonar la idea de alinearse con Trump, el Gobierno después tuvo que recular frente a una presión de China respecto de varias operaciones y acuerdos financieros y comerciales”, señala Frenkel.

Por otra parte, además del exámen general de pleitesía para con las grades potencias, el macrismo trató de apuntar sus cañones a un objetivo central que persigue desde diciembre de 2015: avanzar en un acuerdo comercial Unión Europea-Mercosur.

“Por afinidad cultural, política y por historia, es algo que tiene que salir adelante, lleva muchos años de retraso”, había asegurado Macri en una conferencia de prensa conjunta con el mandatario francés Emmanuel Macron. Este último, hacia el final de la exposición y ante la consulta de los periodistas, ponía un freno: “Yo no soy favorable a que se firmen acuerdos comerciales amplios con potencias que no respetan el acuerdo de París (en una referencia indirecta a Brasil). Sí creo que podemos avanzar hacia una mayor integración de nuestras economías (entre Argentina y Francia) y acompañar nuestros intereses mutuos”.

La respuesta evasiva y el mensaje alusivo a Bolsonaro (el próximo ministro de Relaciones Exteriores de Brasil, Ernesto Araújo, calificó el acuerdo por el cambio climático y el calentamiento global como un “complot de marxistas culturales”) refleja el desinterés de Macron en respaldar el acuerdo. Pero por sobre todas las cosas, expresa una reconfiguración política que -tras el ascenso fascista en el país vecino- relegó a la Argentina a un segundo plano en cuanto al liderazgo de los procesos neoliberales de la región.

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